Opinión

Pasa el tiempo, pasan funcionarios y la inseguridad pública continúa

El divorcio que hay entre la Justicia y las fuerzas de seguridad se pone de manifiesto con frecuencia. Con demasiada frecuencia, y el desánimo imperante en la Policía de la Provincia ha dejado de ser puertas adentro.

Han salido a la calle y los lamentos de los uniformados son escuchados por todos, menos por quienes tienen la obligación de escucharlos y resolver los problemas que plantean, que no son pocos. Pero, fundamentalmente, que no están remunerados conforme a la importancia que tienen los servicios que a la sociedad prestan. Están lejos de ganar lo que ganan en otras partes del mundo. Se dirá que en ellos, el ingreso es previo a una severa selección y a una especial capacitación para desempeñarse eficientemente en una función de la complejidad que lo es la de ser auxiliares de la Justicia.
Por supuesto que no toda responsabilidad de la inseguridad pública existente, debe atribuirse a los factores apuntados, porque abundan ejemplos en los cuales la Policía no baja los brazos y actúa con encomiable vocación de servicio y muchas veces arriesgan sus vidas deteniendo delincuentes de pésimos antecedentes, que a las pocas horas de ser llevados a los Tribunales recuperan la libertad. Generalmente, la explicación de los jueces que actúan con esa chocante generosidad, es deficiencia en los procedimientos policiales o en la documentación de cada caso. Lo cierto, lo lamentablemente cierto, es que en la mayoría de los casos la balanza no se inclina para el lado de la víctima.
La reiteración del argumento judicial que, sin duda alguna, se ajustará a la  realidad, nos lleva al convencimiento de la imperiosa necesidad de que aquí, como en otras partes del mundo, también sea rigurosa la selección de personal y que se lo prepare adecuadamente. Mientras no se cumplan con esos pasos y a la institución policial se la siga considerando como una fuente de trabajo cualquiera, no será fácil eliminar la delincuencia. Son demasiados los años que el pueblo la está sufriendo. Ha pasado el tiempo, han pasado funcionarios con generosas promesas de terminar con ese flagelo. Pero ese flagelo está tan arraigado y la gente está tan convencida de que denunciarlos es una pérdida de tiempo, que no lo hace. Preocupante, realmente preocupante.

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