Opinión

No fue una desaparición forzada sino la fuga de un procedimiento policial

Hace mucho tiempo que las organizaciones vinculadas con la defensa de los derechos humanos en nuestro país, están haciendo agua.

Y con ridículas actitudes donde el objetivo principal es atacar al Estado, ha ido perdiendo lentamente pero sin pausas, el prestigio y reconocimiento internacional que supo ganarse en aquellos oscuros tiempos del sanguinario enfrentamiento entre las Fuerzas Armadas y la subversión que jaqueaba al gobierno constitucional de Isabel Martínez de Perón y sembraba el terror en todo el territorio nacional con muertos inocentes, secuestros y delitos de toda naturaleza. Ese desvío conceptual de objetivos tan claros y precisos se ha consolidado, y en su nombre se cometen garrafales errores, carentes de toda ecuanimidad, que les ha significado que la pérdida de credibilidad también está consolidada.
En estos días esa deleznable conducta ha recibido un sonoro cachetazo que les marcará el rostro. Se conoció el peritaje sobre la muerte de un joven ciudadano argentino a quien consideraban víctima de una desaparición forzada, cuando en realidad se trataba de quien moría ahogado en el Río Chubut cuando trataba de evitar la detención por haber participado del corte de una ruta nacional, cuyo desalojo estaba a cargo de Gendarmería Nacional en cumplimiento de una orden del juez competente. Como debe saberse, el corte de calles y rutas es un delito. Y en ese delito participaba dicho ciudadano, que se había sumado al insólito reclamo de una porción del Chubut para formar la «nación mapuche».
Contrariamente a lo que podrían pensar que ésa sería una idea nacida en una noche de copas en exceso, se equivocan. Lo prometía un pintoresco y pícaro personaje de apellidos indígena y galés, que se adjudicaba la representación de los descendientes de los primeros habitantes de la Patagonia a los que el general Roca había desalojado, con escasa observancia de normas diplomáticas.
Como dicho ciudadano había desaparecido durante ese procedimiento de Gendarmería, los representantes de la impresentable Ebe de Bonafini, más ociosos intelectuales de «sobaco ilustrado», como los llamaba Jau-retche, por llevar siempre un libro bajo el brazo, que a lo sumo leían el prefacio, y jóvenes «guerrilleros» de pacotilla, que reemplazan el fusil por el aerosol y a los que nunca les faltan los «idiotas útiles», recitaban a coro la «desaparición forzada» y comparaban a Macri con Videla. En esa repudiable empresa estaban cuando se comprobó que el desaparecido, aparecía ahogado en el río donde cayó, escapando de la Gendarmería. Llegaba el fin de la novela en la que lo habían convertido en bandera para desprestigiar la democracia argentina. Un papelón. Un verdadero papelón, que recorrió buena parte del mundo. Pero la inescrupulosidad, la audacia y fanatismo de los devotos de la violencia y confesos enemigos de la democracia, no tiene límites. No obstante que la pericia sobre las causas de esa muerte ha sido suscripta por más de cincuenta especialistas en la materia, entre quienes estaban representantes de la familia de la víctima que también la firmaron sin objeción alguna, todavía hay quienes dudan de su veracidad. No aceptan el fracaso del objetivo propuesto.

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