Opinión

Sin semáforos ni bocinazos pero muchas veredas rotas

Esquel, la hermosa ciudad cordillerana que algún poeta calificaría como la antesala del Paraíso, es todo un ejemplo de que cuando predomina la cultura, no es necesario control alguno para regular el comportamiento de sus habitantes.

En el caso que nos ocupa, el tránsito automotor por sus calles. Esquel no tiene semáforos. No los necesita, no obstante la importancia de su parque automotor y el constante crecimiento de su población. El respeto a los peatones llama la atención a quienes llegan por primera vez a esa ciudad. Unos y otros saben sus derechos y obligaciones.

Los bocinazos no existen. Todo un ejemplo -repetimos-, de una convivencia civilizada de la que legítimamente están orgullosos sus habitantes que también, en muchos otros aspectos, muestran su amor al terruño. A esas bondades se le suma la calidad de su gente, el excelente servicio en hotelería, restaurantes, confiterías y cabañas, que se conjugan para hacer placentera la estadía del visitante.

Pero así como hemos observado esa encomiable conducta humana y la calidad de su comercio, también hemos observado el contraste de la existencia de muchas veredas rotas a muy pocas cuadras del centro. Si bien el mantenimiento en buen estado de las mismas es responsabilidad de los propietarios, también en cierta medida es responsabilidad del Municipio, que debe exigir que se reparen.

Esquel es la tarjeta de presentación de un universo de deslumbrante belleza y, en consecuencia, debe reflejarlo con la mayor fidelidad.

 

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