Opinión

Clima político de preocupante similitud con el caso de Perl

En las movedizas arenas políticas de la convulsionada provincia nuestra, le está costando mucho hacer pie a su gobernador al que «le cascotean el rancho» desde todos los ángulos. Incluso por parte de los que alguna vez seguramente consideraba sus compañeros de ruta.

No son pocos los que suponen que es probable que este arrepentido de haber renunciado a la diputacion nacional, cuya banca había ganado en las elecciones legislativas de octubre último. Prefirió asumir el gobierno, producido el fallecimiento de Mario Das Neves. Conforme lo determina la Constitucion provincial dado su condición de vicegobernador. Se considera que en esa decisión prevaleció un encomiable concepto de lealtad a quien lo impulsó para que participara en una actividad que, aunque hoy devaluada, cuando es ejercida con honestidad y con innata vocación de servicio, generalmente son más las espinas que las flores que se encuentra en su trayectoria. 
Algo de eso le está pasando al activo mandatario provincial. Seguramente hizo un equivocado análisis de la verdadera situación de la Provincia. Y no menos equivocado habría sido el diagnóstico sobre el comportamiento de funcionarios y dirigentes del oficialismo que, no obstante la diversidad de posturas personales, el fallecido gobernante al que reemplazaba, se las ingeniaba para que lo apoyaran sin reservas. Pues es sabido que Mario Das Neves manejó al Chusoto y al gobierno, con escasa observancia de elementales normas democráticas, que la mayoría del pueblo aceptaba. E igual actitud tenía cuando se trataba de elegir candidatos a cargos públicos. Y, como con frecuencia ocurre en esos casos, tuvo aciertos y errores. Ese peculiar concepto de interpretar la democracia, significó que no dejara herederos políticos. Hoy el Chusoto está lejos de ser esa fuerza homogénea donde la obediencia debida era un código no escrito pero que se cumplía inexorablemente. El tiempo dirá si volverá a serlo. La experiencia no lo asegura. Las voces internas son discordantes y cada uno «quiere llevar agua para su propio molino». En medio de esta especie de desbande del partido gobernante, está Mariano Arcioni. Y se ha instalado el tema de la desestabilización como objetivo excluyente de la oposición, cuando en realidad es vox populi que los desestabilizadores están dentro de la propia casa.
Este es el clima político que actualmente se vive en el Chubut. Y preocupa porque tiene demasiada similitud al que imperaba cuando también el justicialista Néstor Perl gobernaba la provincia y debió renunciar ante la amenaza de un juicio político, incoado por la mayoría de sus propios legisladores. Confiamos que esta vez predomine la cordura y el escribano comodorense termine el mandato iniciado por Mario Das Neves. Pero, claro, también es necesario que aporte lo suyo. Y lo suyo debe ser la renovación del gabinete heredado, salvo Pablo Oca que ha demostrado solvencia y seriedad en el manejo de las finanzas provinciales. Y reemplazarlos por hombres de su confianza a quienes se les reconozca los méritos necesarios para encarar, con alguna posibilidad de éxito, la angustiante situación en la que están inmersos la mayoría de los habitantes chubutenses. Esta renovación parece que la hará ahora. Pero debió ser su primera medida de gobierno cuando asumió el cargo. Había dos razones fundamentales para hacerlo. La primera, que cuando Mario Das Neves estaba en el gobierno, todo pasaba por sus manos. La mayoría de sus principales colaboradores, algunos muy cuestionados y otros en la mira de la justicia, era «convidados de piedra» en las grandes decisiones. Ahora el caso es distinto. Arcioni no es Das Neves. Necesita rodearse de funcionarios con la personalidad y la experiencia que le garantice la unión de las dispersas piezas de un oficialismo donde los enfrentamientos internos no serán fáciles de resolver.
A esta altura del debate, Arcioni debe saber que está navegando, como Vito Dumas, en un calafateado barco en medio de un proceloso mar donde escasean las toninas y abundan insaciables tiburones. El brusco golpe de timón debe darlo sin demoras. «Domani troppo tardi», diría un italiano.

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