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Al final no era una desaparición forzada
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Al final no era una desaparición forzada

Como se suponía, finalmente quedó en claro que no fue una desaparición forzada la de Santiago Maldonado, sino que había muerto ahogado en el Río Chubut cuando huía de un procedimiento de Gendarmería Nacional relacionado con la liberación de una ruta en la zona cordillerana, en cuya interrupción participaba junto a descendientes de los primeros pobladores de la Patagonia, que desde hace tiempo han protagonizado violentes hechos en reclamos de tierras con la peregrina idea de fundar en su territorio la nación mapuche.

Rosendo Rodríguez Labat


Como se recordará, con una irresponsabilidad absoluta, los eternos enemigos de la democracia y los profetas de la violencia, enquistados en los partidos de la izquierda criolla, con el apoyo de cuestionadas entidades de derechos humanos conducidas por la impresentable Hebe de Bonafini, durante largas semanas tuvieron en vilo a la población dándole al caso el carácter de una desaparición forzada y responsabilizando al Gobierno de la República de complicidad en el mismo. Y no sólo lo instalan en el exterior, sino que hasta tuvieron la osadía de viajar al Vaticano en procura del apoyo del Santo Pontífice que, con la bondad que lo caracteriza fueron recibidos y les deseó éxito en la lucha por conocer la verdad. Y la verdad llegó. Pero no era la que esperaban. El artesano oriundo de 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires, no era otro desaparecido forzoso como lo fue el albañil López durante el gobierno kirchnerista, de cuyo destino nunca se supo después de haber declarado contra el comisario Etchecolaz por hechos cometidos durante el último gobierno militar.
Hoy, por fin, Maldonado descansa en paz. Y posiblemente quienes intervinieron en ese infernal montaje para desprestigiar a un gobierno democrático, vuelvan al Vaticano, pero esta vez para pedir disculpas por el papelón cometido y el perdón por haber inducido a incautos portadores de apellidos indígenas, a cometer el pecado de la mentira en sus declaraciones judiciales, por las que actualmente serían procesados por falsos testimonios. «Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable» (Voltaire).
 

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Al final no era una desaparición forzada

Como se suponía, finalmente quedó en claro que no fue una desaparición forzada la de Santiago Maldonado, sino que había muerto ahogado en el Río Chubut cuando huía de un procedimiento de Gendarmería Nacional relacionado con la liberación de una ruta en la zona cordillerana, en cuya interrupción participaba junto a descendientes de los primeros pobladores de la Patagonia, que desde hace tiempo han protagonizado violentes hechos en reclamos de tierras con la peregrina idea de fundar en su territorio la nación mapuche.


Como se recordará, con una irresponsabilidad absoluta, los eternos enemigos de la democracia y los profetas de la violencia, enquistados en los partidos de la izquierda criolla, con el apoyo de cuestionadas entidades de derechos humanos conducidas por la impresentable Hebe de Bonafini, durante largas semanas tuvieron en vilo a la población dándole al caso el carácter de una desaparición forzada y responsabilizando al Gobierno de la República de complicidad en el mismo. Y no sólo lo instalan en el exterior, sino que hasta tuvieron la osadía de viajar al Vaticano en procura del apoyo del Santo Pontífice que, con la bondad que lo caracteriza fueron recibidos y les deseó éxito en la lucha por conocer la verdad. Y la verdad llegó. Pero no era la que esperaban. El artesano oriundo de 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires, no era otro desaparecido forzoso como lo fue el albañil López durante el gobierno kirchnerista, de cuyo destino nunca se supo después de haber declarado contra el comisario Etchecolaz por hechos cometidos durante el último gobierno militar.
Hoy, por fin, Maldonado descansa en paz. Y posiblemente quienes intervinieron en ese infernal montaje para desprestigiar a un gobierno democrático, vuelvan al Vaticano, pero esta vez para pedir disculpas por el papelón cometido y el perdón por haber inducido a incautos portadores de apellidos indígenas, a cometer el pecado de la mentira en sus declaraciones judiciales, por las que actualmente serían procesados por falsos testimonios. «Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable» (Voltaire).
 

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