Opinión

Chubut, un incendio que quieren apagar con nafta

Cuando Sergio Mammarelli, el polémico ministro coordinador del gabinete, dijo que la situación económica del Chubut tenía cierta similitud como la que estaba padeciendo Santa Cruz, como consecuencia del nefasto paso del matrimonio Kirchner-Fernández por su gobierno, y que seguramente la historia juzgará con la misma severidad que lo hará con su estancia durante doce años en la Casa Rosada, no pocos allegados al oficialismo pusieron el grito en el cielo.

Lógicamente hería susceptibilidades, habida cuenta de que lo que está pasando en nuestra provincia se había originado durante la gestión de Mario Das Neves, y agravada en el breve lapso que Mariano Arcioni se hizo cargo del gobierno como consecuencia de su fallecimiento. A medida que fue pasando el tiempo, lo que parecía una exageración de Mammarelli, dejó de serlo. La situación de la provincia es realmente caótica y el gobierno se muestra más desorientado que el director técnico de River. El heredero del gobierno del extinto mandatario que, como diría un paisano, «ha perdido los estribos», y aportó con su comprensible ofuscación a empeorar las cosas, calificando groseramente a legisladores de su propio partido, con quienes tarde o temprano tendrá que sentarse para encontrarle una solución al presente griego que ha recibido. Evidentemente, el escribano comodorense está pagando derecho de piso. Su inexperiencia lo ha llevado a cometer errores que son muy bien aprovechados por sus adversarios internos, que no le dejan pasar una. Su falta de cintura política es comprensible. Debutó en esa actividad -como decíamos en una nota anterior-, jugando directamente en primera. No conocía potreros ni había pasado por las categorías inferiores. Y en primera, es harto sabido que siempre hay camarillas que miran de reojo a quien llega recomendado por el presidente del club. El temor al desplazamiento cunde. Algo de eso le está ocurriendo a Arcioni y está en la mira de los cañones de su propio entorno. En ese pesado clima le está costando mucho ubicarse y es fácil presa de la inocultable codicia de quienes dejaron de ser sus aliados y parecen empeñados en dificultarle la gobernabilidad de la provincia, a la que mantienen postrada por esos insólitos enfrentamientos. Por supuesto que no todo lo que pasa es responsabilidad del novel mandatario. Pero recibió una herencia sin beneficio de inventario y debe hacerse cargo de la misma.
Debe reconocerse que no escatima esfuerzos para revertir la situación, pero el desconcierto lo confunde. No encuentra el puerto. Y navega a la deriva en un navío muy calafateado, cuya tripulación es remisa en tapar los agujeros de su casco para que no entre más agua. Más bien diríamos que los agrandan.

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