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Una maravillosa historia familiar
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Una maravillosa historia familiar

Sigo pensando rotundamente, que una fotografía o una publicación pueden despertar muchísimas sensaciones en una persona, alegrías, nostalgias y recuerdos. 

Angel Polli.
Por REDACCIÓN CHUBUT

Y este fue el caso de Viviana Polli, quien actualmente reside en la ciudad de Comodoro Rivadavia, comentó a través de la página donde suelo publicar diversas imágenes y notas sobre la localidad de Gaiman lo siguiente:     
“Ahí viví todos los veranos, mi abuelo fue el creador de los quesos Chubut y su fábrica estuvo donde funcionó después la de algas, Gaiman es mi segunda casa, tengo maravillosos recuerdos”.
Y así fue cómo surgió esta valiosísima historia que transcribo y que me enviara Viviana.
Historias de vida de dos pobladores italianos en Gaiman, Chubut: Angel Polli y Antonieta Lacomusio de Polli.
Gaiman es sin duda, parte de mi infancia y adolescencia y, por tanto, de mi vida.
Representa aún hoy veranos compartidos con mis abuelos en esa casa grande, fresca, llena de olores y sabores mágicos, que se entremezclaban en esa esquina donde se reunían el aroma de los dulces, las pastas y risottos, las mermeladas con las tortas negras, sabores de las comidas de mis abuelos italianos con los del famoso Plas y Coed, y de la casa de Missis Williams, vecina y competidora en coquetería con mi abuela, cuando se quitaban algún año a los muchos que tenían. 
 Mis abuelos paternos llegaron de Italia. Primero lo hizo mi abuelo, Angel (Angulin) Polli.  
Venía de una Lombardía que ya había empezado a expulsarlo y que, ante la inminencia de una guerra a la que seguro enviarían; decidió probar suerte en “L´Amèrica”.  
Primero vino solo, quedando en Italia mi abuela Antonieta y sus tres hijos. Dos mujeres y un varón, mi papá. No quisieron someterlos a más riegos. 
 En Argentina, Angel trabajó en donde pudo y como pudo. Tenía una profesión: era quesero, pero ni siquiera pensó en buscar ‘por ese lado. El trabajo que aparecía era el que había que hacer.
 Y así anduvo de aquí para allá, hasta llegó a trabajar en el norte chaqueño, en la construcción de un ferrocarril, allí enfermó de malaria y, como no se podía gastar en médicos, (porque lo que se recaudaba iba para la familia en Italia), en la primera farmacia que encontró compró quinina.  ¡Y se curó…!
Pasaron cuatro años, los de la primera guerra, con él trabajando en Argentina y mi abuela sobreviviendo con el dinero que le llegaba. 
Cuando terminó la guerra, mi abuelo fue a buscarlos, con una decisión madurada a través de las cartas; se iban a vivir a Argentina.
Llegaron un día del año 1920, y ya se vislumbraba la posibilidad de que mi abuelo pudiera trabajar en su profesión. 
Primero fue a Ucacha, en Córdoba, luego a Urribelarrea, en la provincia de Buenos Aires, hasta que en el diario de la época titila un aviso: “se necesita quesero suizo o italiano”. 
Era el trabajo soñado, generado por la Compañía Mercantil del Valle Inferior del Río Chubut en Gaiman. 
 Llegar a Gaiman fue como llegar a la tierra prometida, era lo que buscaban. Parecida a la tierra que dejaron, mucho espacio, tranquilidad, mucho verde, otras culturas, un río hermoso y escuela para los hijos Lina, Cesarina y Osvaldo.  
Se instalaron en una chacra (no recuerdo si la compraron o a alquilaron) que tenía un nombre. Ese nombre sería repetido con enorme cariño por años por mis abuelos. Su italiano mezclado con el castellano no les impedía decir con nostalgia: “qué linda era Maes Mill” (escribo como ellos lo decían). Allí se trabajó de sol a sol, mi abuelo como quesero y la familia cuidando toda clase de animales para sustentarse, porque nada se compraba, solo el pan que vendía alguna familia galesa.
Luego, cuando se vinieron al pueblo, a la panadería de González, (ubicada donde estaba la familia Alonso ex parque "El Desafío") la hija menor Herminia González, conocida más como piba González se convertiría en esposa del joven italiano Osvaldo Polli y formarían una familia, teniendo una hija; la que está tratando de recomponer esta historia con los pedazos de memoria.
 Ya en el pueblo mi abuelo necesitaba lograr lo que siempre había querido; “trabajar por su cuenta”. Así nació la Fábrica de Quesos Chubut, que se establecería en un galpón que estaba cruzando el puente del río (luego sería la fábrica de Agar Agar de Soriano). 
En esa fábrica mi abuelo trabajó por su cuenta; se vinieron a vivir al pueblo a esa casa que describo al comienzo (con los años sería una casa de té, “Ty Nain”). 
 El queso Polli, el queso Chubut, hoy es recordado por viejos pobladores tanto del Valle como de Comodoro Rivadavia. Un producto sin aditamentos, hecho con honestidad, con la leche en su justa medida, lo que hacía de ese queso una delicia para muchos. Redondito, amarillo, con un logo en letras color lacre; era celosamente custodiado por un abuelo implacable que no permitía que nadie tocara nada.
Solo él, que sabía cómo y cuándo darlos vuelta, si era un buen lote, porque la pastura para las vacas había sido rica. 
La nona, que en su Italia natal era bordadora, se adaptó a la nueva vida y en verano era quintera, sembradora, cuidadora de animales, elaboradora de manteca, de orejones, realizadora de conservas de tomate, de especies, de pollos y gallinas conservados en tambores, de manteca perfumada de especias. Y en invierno recuperaba su vieja tarea con hilos y lanas haciendo los pullovers, cobertores para los pies, y las alfombras que hoy estarían de moda, con retazos de colores unidos en intrincados laberintos.
 A veces las inundaciones, antes de la construcción del Dique Ameghino, causaban algunos problemas, pero el nono previsor, tenía todo preparado; estanterías casi llegando al techo para los quesos, un poco más abajo para los muebles y un bote para trasladar a la gente que se lo pidiera porque estaba aislada o porque necesitaba reponer alimentos o medicinas, las inundaciones, la humedad y el frío a veces aceleraban las bronquitis. Ser solidario era parte de la vida.
 Con los años, la leche comenzó a escasear en el Valle, lógico era más redituable la siembra. La poca que se conseguía no era de calidad. Eso y la edad avanzada de mi abuelo hizo que vendiera todo, incluso la marca, y se dedicara a la producción solo para el consumo familiar. 
Una sola vez más hizo queso porque le pedimos los nietos, los amigos, y mi papá que lo ayudó. Lo hizo con la misma dedicación de siempre y si bien disimuló ante nosotros, supimos que no estaba conforme porque la leche que le habían vendido no era de la calidad que él quería. Eso lo convenció que dejar todo había sido lo correcto y también haber sido fiel a sus principios.
 Nunca hablaron de volver a Italia, sí mandaron a sus hijas, pero a ellos ni se les cruzó por sus cabezas. 
La felicidad estaba aquí, con lo que habían creado de la nada, con esfuerzo y sacrificio, sin pedir nada, en este lugar. Tampoco hablaban de lo que habían dejado atrás, a veces mi abuela traía algo a la memoria, pero mi abuelo no, esta era su tierra.
 Y así los dos vivieron hasta pasados los 95 años, sin enfermedades falleciendo cuando sus cuerpos dijeron que ya era suficiente.
Viviana Polli.
 

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Una maravillosa historia familiar

Sigo pensando rotundamente, que una fotografía o una publicación pueden despertar muchísimas sensaciones en una persona, alegrías, nostalgias y recuerdos. 

Y este fue el caso de Viviana Polli, quien actualmente reside en la ciudad de Comodoro Rivadavia, comentó a través de la página donde suelo publicar diversas imágenes y notas sobre la localidad de Gaiman lo siguiente:     
“Ahí viví todos los veranos, mi abuelo fue el creador de los quesos Chubut y su fábrica estuvo donde funcionó después la de algas, Gaiman es mi segunda casa, tengo maravillosos recuerdos”.
Y así fue cómo surgió esta valiosísima historia que transcribo y que me enviara Viviana.
Historias de vida de dos pobladores italianos en Gaiman, Chubut: Angel Polli y Antonieta Lacomusio de Polli.
Gaiman es sin duda, parte de mi infancia y adolescencia y, por tanto, de mi vida.
Representa aún hoy veranos compartidos con mis abuelos en esa casa grande, fresca, llena de olores y sabores mágicos, que se entremezclaban en esa esquina donde se reunían el aroma de los dulces, las pastas y risottos, las mermeladas con las tortas negras, sabores de las comidas de mis abuelos italianos con los del famoso Plas y Coed, y de la casa de Missis Williams, vecina y competidora en coquetería con mi abuela, cuando se quitaban algún año a los muchos que tenían. 
 Mis abuelos paternos llegaron de Italia. Primero lo hizo mi abuelo, Angel (Angulin) Polli.  
Venía de una Lombardía que ya había empezado a expulsarlo y que, ante la inminencia de una guerra a la que seguro enviarían; decidió probar suerte en “L´Amèrica”.  
Primero vino solo, quedando en Italia mi abuela Antonieta y sus tres hijos. Dos mujeres y un varón, mi papá. No quisieron someterlos a más riegos. 
 En Argentina, Angel trabajó en donde pudo y como pudo. Tenía una profesión: era quesero, pero ni siquiera pensó en buscar ‘por ese lado. El trabajo que aparecía era el que había que hacer.
 Y así anduvo de aquí para allá, hasta llegó a trabajar en el norte chaqueño, en la construcción de un ferrocarril, allí enfermó de malaria y, como no se podía gastar en médicos, (porque lo que se recaudaba iba para la familia en Italia), en la primera farmacia que encontró compró quinina.  ¡Y se curó…!
Pasaron cuatro años, los de la primera guerra, con él trabajando en Argentina y mi abuela sobreviviendo con el dinero que le llegaba. 
Cuando terminó la guerra, mi abuelo fue a buscarlos, con una decisión madurada a través de las cartas; se iban a vivir a Argentina.
Llegaron un día del año 1920, y ya se vislumbraba la posibilidad de que mi abuelo pudiera trabajar en su profesión. 
Primero fue a Ucacha, en Córdoba, luego a Urribelarrea, en la provincia de Buenos Aires, hasta que en el diario de la época titila un aviso: “se necesita quesero suizo o italiano”. 
Era el trabajo soñado, generado por la Compañía Mercantil del Valle Inferior del Río Chubut en Gaiman. 
 Llegar a Gaiman fue como llegar a la tierra prometida, era lo que buscaban. Parecida a la tierra que dejaron, mucho espacio, tranquilidad, mucho verde, otras culturas, un río hermoso y escuela para los hijos Lina, Cesarina y Osvaldo.  
Se instalaron en una chacra (no recuerdo si la compraron o a alquilaron) que tenía un nombre. Ese nombre sería repetido con enorme cariño por años por mis abuelos. Su italiano mezclado con el castellano no les impedía decir con nostalgia: “qué linda era Maes Mill” (escribo como ellos lo decían). Allí se trabajó de sol a sol, mi abuelo como quesero y la familia cuidando toda clase de animales para sustentarse, porque nada se compraba, solo el pan que vendía alguna familia galesa.
Luego, cuando se vinieron al pueblo, a la panadería de González, (ubicada donde estaba la familia Alonso ex parque "El Desafío") la hija menor Herminia González, conocida más como piba González se convertiría en esposa del joven italiano Osvaldo Polli y formarían una familia, teniendo una hija; la que está tratando de recomponer esta historia con los pedazos de memoria.
 Ya en el pueblo mi abuelo necesitaba lograr lo que siempre había querido; “trabajar por su cuenta”. Así nació la Fábrica de Quesos Chubut, que se establecería en un galpón que estaba cruzando el puente del río (luego sería la fábrica de Agar Agar de Soriano). 
En esa fábrica mi abuelo trabajó por su cuenta; se vinieron a vivir al pueblo a esa casa que describo al comienzo (con los años sería una casa de té, “Ty Nain”). 
 El queso Polli, el queso Chubut, hoy es recordado por viejos pobladores tanto del Valle como de Comodoro Rivadavia. Un producto sin aditamentos, hecho con honestidad, con la leche en su justa medida, lo que hacía de ese queso una delicia para muchos. Redondito, amarillo, con un logo en letras color lacre; era celosamente custodiado por un abuelo implacable que no permitía que nadie tocara nada.
Solo él, que sabía cómo y cuándo darlos vuelta, si era un buen lote, porque la pastura para las vacas había sido rica. 
La nona, que en su Italia natal era bordadora, se adaptó a la nueva vida y en verano era quintera, sembradora, cuidadora de animales, elaboradora de manteca, de orejones, realizadora de conservas de tomate, de especies, de pollos y gallinas conservados en tambores, de manteca perfumada de especias. Y en invierno recuperaba su vieja tarea con hilos y lanas haciendo los pullovers, cobertores para los pies, y las alfombras que hoy estarían de moda, con retazos de colores unidos en intrincados laberintos.
 A veces las inundaciones, antes de la construcción del Dique Ameghino, causaban algunos problemas, pero el nono previsor, tenía todo preparado; estanterías casi llegando al techo para los quesos, un poco más abajo para los muebles y un bote para trasladar a la gente que se lo pidiera porque estaba aislada o porque necesitaba reponer alimentos o medicinas, las inundaciones, la humedad y el frío a veces aceleraban las bronquitis. Ser solidario era parte de la vida.
 Con los años, la leche comenzó a escasear en el Valle, lógico era más redituable la siembra. La poca que se conseguía no era de calidad. Eso y la edad avanzada de mi abuelo hizo que vendiera todo, incluso la marca, y se dedicara a la producción solo para el consumo familiar. 
Una sola vez más hizo queso porque le pedimos los nietos, los amigos, y mi papá que lo ayudó. Lo hizo con la misma dedicación de siempre y si bien disimuló ante nosotros, supimos que no estaba conforme porque la leche que le habían vendido no era de la calidad que él quería. Eso lo convenció que dejar todo había sido lo correcto y también haber sido fiel a sus principios.
 Nunca hablaron de volver a Italia, sí mandaron a sus hijas, pero a ellos ni se les cruzó por sus cabezas. 
La felicidad estaba aquí, con lo que habían creado de la nada, con esfuerzo y sacrificio, sin pedir nada, en este lugar. Tampoco hablaban de lo que habían dejado atrás, a veces mi abuela traía algo a la memoria, pero mi abuelo no, esta era su tierra.
 Y así los dos vivieron hasta pasados los 95 años, sin enfermedades falleciendo cuando sus cuerpos dijeron que ya era suficiente.
Viviana Polli.
 

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