Opinión

El radicalismo, entre abrirse o morir con las botas puestas

Por supuesto que no nos alegramos de haber previsto, en estas mismas columnas, lo que actualmente está pasando en la alianza del radicalismo con el PRO. Como tampoco se alegrará quien quiera al país. Se basaba nuestra presunción en la experiencia. 


Las uniones políticas cuando no se han hecho en torno a coincidencias ideológicas y conforme a un determinado proyecto de gobierno concreto y creíble, sino a circunstancias especiales, no cabe duda de que en el caso de llegar al poder su fracaso estará asegurado porque de inmediato el interés público alegado para unirse, desaparecerá y aflorarán los intereses personales. 
Cada asociado reclamará el derecho a participar en la fiesta. Y, como la mesa no es grande y las sillas son pocas, quienes no logran sentarse se van ofuscados y es frecuente que a partir de entonces se crucen a la vereda de enfrente. 
Si esto suele ocurrir en los mismos partidos cuando llegan al gobierno, cómo sorprenderse entonces cuando ocurre en esas alianzas donde se hablan distintos idiomas. Como ocurre actualmente en el país y especialmente en nuestra provincia, a la que nos referiremos porque nos toca de cerca. Decíamos en el momento mismo de su concreción, que el radicalismo se jugaba una carta brava porque ponía en juego su futuro. 
Con sus aciertos y errores, el movimiento popular yrigoyenista tenía un muy ganado prestigio en la Patagonia, que databa de los lejanos tiempos que formaba parte de los Territorios Nacionales, en la que fue una generosa tribuna democrática en defensa de la libertad y los derechos humanos de sus pobladores, muchas veces avasallados por una policía brava y la indiferencia de los gobiernos nacionales. Intuiamos que en el caso de que el PRO ganara las elecciones, eclipsaría al radicalismo que desde el 2003 estaba en una decadencia de difícil reversión. Y que si perdía, el partido liderado por Mauricio Macri, lo arrastraría en su caída. Nuestro no anhelado pronóstico se cumplió. Llegó a la Casa Rosada, y a los radicales «si te he visto no me acuerdo». Pero eso no es lo más preocupante. 
Lo más preocupante es que en su duro e irresponsable, inhumano proyecto de ajuste parece ensañado con el Chubut y hasta parece burlarse de los radicales cuando les venden «pescado podrido», como lo hizo con el diputado nacional Gustavo Menna y con el diputado provincial Manuel Pagliaroni, cuando un día antes, en la Casa Rosada le habían adelantado a funcionarios de Arcioni, con lujo de detalles, que el ajuste para el Chubut era un hecho, e incluso de una severidad superior a la esperada, que el pueblo todo de la Patagonia repudia con energía. Y todo hace suponer que el optimismo que reinaba en el radicalismo en base al repunte que tuvo en las últimas elecciones se ha convertido en un generalizado pesimismo que solamente un milagro podría revertir. 
En medio de ese revuelo, es evidente que han bajado ostensiblemente las acciones del mencionado diputado nacional y han subido las de Mario Cimadevilla. Como se recordará, el senador nacional, no obstante haber sido uno de los principales promotores de la alianza, cuando advirtió que no era oro todo lo que brillaba en torno a Macri, rompió con el PRO y está convencido de que su partido también debe hacerlo si quiere evitar su ostracismo. 
Sin embargo, tanto Menna como Pagliaroni, que fueron engañados por el macrismo, como a esa costurera del tango que dio el mal paso, parecen dispuestos a morir con las botas puestas y consideran que debe continuarse asociado al PRO, a pesar de que se lo considere una pesada mochila.
 

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