Carta del Lector

QUE SOLA SE QUEDA LA PATRIA

Sr. Director:Estando días pasados en un país extranjero, un amigo argentino que vive allí me invitó a presenciar el acto conmemorativo de la llegada de los primeros colonos al lugar.

Se trataba, básicamente, de un desfile de similares características al que se hace aquí en Trevelin cada 25 de noviembre, con la diferencia de que, en su gran mayoría, el público se hallaba sentado en sillas traídas por cada uno y dispuestas a cada costado de la avenida que sería escenario del espectáculo. Entre ese público, sentados sobre el cordón de la vereda a escasos dos metros desde donde yo me encontraba, habían cuatro o cinco niños no mayores de siete u ocho años, charlando entre sí en espera del inicio del desfile. De pronto, se oyeron los primeros acordes del himno nacional del país, ante lo cual, estos chicos se pusieron de pie, y con la mano derecha sobre el corazón y la vista fija al frente, cantaron su canción patria con entusiasmo y  concentración envidiables, junto a todos sus conciudadanos presentes. Debo decir que me sentí impactado por el episodio, mientras venían a mi memoria los tristísimos ejemplos que, en este sentido, tenemos en nuestro país, que son por todos conocidos y de los que paso a referir el siguiente: el pasado viernes 17 asistí aquí en Trevelin al acto recordatorio del fallecimiento del General Don José de San Martín, y que tuviera lugar frente al busto que guarda su memoria sobre la avenida que lleva su nombre. Tal como ocurre año a año, la locución de protocolo y el discurso alusivo hicieron referencia al Padre de la Patria....Libertador de América...Héroe de los Andes...etc. etc., todo ello ante una concurrencia que, dejando de lado las autoridades y los portadores de las bandera de ceremonia, no superaba las doce o quince personas. Y aún más, aunque parezca increíble, mientras se desarrollaba el acto- inclusive durante la entonación de nuestro Himno Nacional- hubo transeúntes que pasaron por la vereda misma del evento con una mirada de extrañeza que me hizo recordar el cuento del cordobés borracho que tan bien cuenta Landriscina y que, cruzando la plaza principal de la ciudad de Córdoba durante el acto del 20 de junio, creyó que se estaba celebrando el triunfo del equipo de fútbol de Belgrano sobre sobre el de Talleres, su eterno rival. En el mejor de los casos, estos vecinos míos habrán entendido que San Martín le había ganado a Fontana.
Esta experiencia me llevó a recordar la Rima 73 de Gustavo Adolfo Bécquer, cuando, ante la conmoción que le produce la muerte, repite varias veces: «Dios mío, qué solos se quedan los muertos!». Y salvando las distancias, me dije, ¡Dios mío, qué sola se queda la Patria!.
Randal C. Rowlands                                                                 DNI 7.328.683

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