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«Gracias a la vida que me ha dado tanto»
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«Gracias a la vida que me ha dado tanto»

Rosendo Rodríguez Labat

La vida es una maravillosa aventura que se transita por caminos donde las sinuosidades, baches, bajadas y subidas, se alternan en similares proporciones. De la fuerza y habilidad que se tenga para superarlas, dependerá el destino de cada uno. Por supuesto, que no siempre se llega a la meta anhelada en el primer intento. Pero esa frustración no debe tomarse como un fracaso, mientras la fe y las convicciones se mantengan inalterables.

Sólo fracasan los pobres de espíritu. Quienes pasan por la vida sin haber intentado superarse. Sin soñar, que por largo y oscuro que sea el túnel por el que se está transitando, siempre aparecerá una lucecita que le indicará la salida. La historia de la Humanidad es pródiga en ejemplos donde los triunfos no siempre estuvieron precedidos de fracasos.

Estamos convencidos de que, mientras en la mochila que cada uno carga sobre su espalda, haya un lugarcito para los sueños, la esperanza de concretarlos estará siempre latente. Concretarlos, aunque sea a medias, será la reafirmación de la importancia de la perseverancia. De no bajar nunca los brazos. De no darse por vencido ni aún vencido, como decía Almafuerte. No importa la edad que se tenga. El hombre tiene fecha de nacimiento pero no de vencimiento. No importa si sus padres no pudieron o no quisieron darle la instruccción requerida. La encontrará en los libros. La encontrará en la calle.

La calle es una Universidad que no dará títulos honoríficos, pero sí el de buena persona. Y ésa debe ser la suprema aspiración del hombre. Los sueños no saben de almanaques ni de convencionalismos creados por una sociedad, no siempre justa, para ponerle rejas al espíritu, calificando a los seres humanos como si fueran bienes materiales, en nombre de un Dios que no siempre está donde tendría que estar. De ahí entonces, que mientras no se haya perdido la capacidad de descubrir la belleza aún en una rama seca, o de conmoverse ante la majestuosidad del vuelo del cóndor, nadie podrá sentirse solo ni exceptuado del derecho a la felicidad.

Pero debe saberse que la felicidad no asegura perpetuidad. Quizás sea eso, precisamente, lo más apasionante de esta hermosa aventura en la que estamos inmersos. Por lo tanto, cuando la felicidad está al alcance de las manos, hay que aferrarse a ella, con la misma fuerza y las mismas convicciones que un náufrago se aferraría, aunque sea a un carcomido madero, con la esperanza de que lo acerque a la playa.

Disculpas pido a los lectores, por haberme tomado la licencia de hacer pública estas personales reflexiones que me han dejado los 91 años de edad cumplidos ayer, y 73 de ejercer el apasionante oficio de «escriba», en los que he tenido como principales y siempre recordados maestros: Luis Enrique Sicardi, Roberto Justo Ezpeleta, Luis Feldman Josín y Pablo Dratman. 

En este reconocimiento, no puede estar ausente la familia propietaria de este matutino, que siempre me dio un espacio para la publicación de mis notas. Y, especialmente, a Lilí y José María Sáez.


     
 

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«Gracias a la vida que me ha dado tanto»

La vida es una maravillosa aventura que se transita por caminos donde las sinuosidades, baches, bajadas y subidas, se alternan en similares proporciones. De la fuerza y habilidad que se tenga para superarlas, dependerá el destino de cada uno. Por supuesto, que no siempre se llega a la meta anhelada en el primer intento. Pero esa frustración no debe tomarse como un fracaso, mientras la fe y las convicciones se mantengan inalterables.

Sólo fracasan los pobres de espíritu. Quienes pasan por la vida sin haber intentado superarse. Sin soñar, que por largo y oscuro que sea el túnel por el que se está transitando, siempre aparecerá una lucecita que le indicará la salida. La historia de la Humanidad es pródiga en ejemplos donde los triunfos no siempre estuvieron precedidos de fracasos.

Estamos convencidos de que, mientras en la mochila que cada uno carga sobre su espalda, haya un lugarcito para los sueños, la esperanza de concretarlos estará siempre latente. Concretarlos, aunque sea a medias, será la reafirmación de la importancia de la perseverancia. De no bajar nunca los brazos. De no darse por vencido ni aún vencido, como decía Almafuerte. No importa la edad que se tenga. El hombre tiene fecha de nacimiento pero no de vencimiento. No importa si sus padres no pudieron o no quisieron darle la instruccción requerida. La encontrará en los libros. La encontrará en la calle.

La calle es una Universidad que no dará títulos honoríficos, pero sí el de buena persona. Y ésa debe ser la suprema aspiración del hombre. Los sueños no saben de almanaques ni de convencionalismos creados por una sociedad, no siempre justa, para ponerle rejas al espíritu, calificando a los seres humanos como si fueran bienes materiales, en nombre de un Dios que no siempre está donde tendría que estar. De ahí entonces, que mientras no se haya perdido la capacidad de descubrir la belleza aún en una rama seca, o de conmoverse ante la majestuosidad del vuelo del cóndor, nadie podrá sentirse solo ni exceptuado del derecho a la felicidad.

Pero debe saberse que la felicidad no asegura perpetuidad. Quizás sea eso, precisamente, lo más apasionante de esta hermosa aventura en la que estamos inmersos. Por lo tanto, cuando la felicidad está al alcance de las manos, hay que aferrarse a ella, con la misma fuerza y las mismas convicciones que un náufrago se aferraría, aunque sea a un carcomido madero, con la esperanza de que lo acerque a la playa.

Disculpas pido a los lectores, por haberme tomado la licencia de hacer pública estas personales reflexiones que me han dejado los 91 años de edad cumplidos ayer, y 73 de ejercer el apasionante oficio de «escriba», en los que he tenido como principales y siempre recordados maestros: Luis Enrique Sicardi, Roberto Justo Ezpeleta, Luis Feldman Josín y Pablo Dratman. 

En este reconocimiento, no puede estar ausente la familia propietaria de este matutino, que siempre me dio un espacio para la publicación de mis notas. Y, especialmente, a Lilí y José María Sáez.


     
 

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