El zonal del valle

Una historia diferente “de bares y algo más…”

Cuando era adolescente, tuve la oportunidad de vivir durante algún tiempo en una chacra ubicada en la zona de Bryn Gwyn, no recuerdo el numero de ella, pero si al mercadito y  bar “La Criolla”;  para algunos chacareros que no podían ir seguido al pueblo, era la comodidad de comprar comestibles y para otros,  el lugar de reunión o esparcimiento al terminar un día de arduo trabajo en las chacras.

El negocio era atendido por doña Olga y su mamá, la cual manejaba un viejo Citroën;    inquieta, y dueña de una vitalidad increíble a pesar de sus años.
Del bar, se encargaba don Lovel Griffiths  y su hermano Emblin. 
Al llegar al mercado se podían ver los caballos atados de los clientes que seguramente aprovecharían para jugar un truco o al pool.
Hoy, quedarán los recuerdos o contadas de quien lea esta nota y lo haya conocido.              

“UN POCO DE LA HISTORIA DE SU DUEÑO HASTA LLEGAR AL VALLE” 
Actualmente “La Criolla”, no funciona como bar, pero sí el mercado que atiende su dueño Ricardo Chaina.
En el mercado, se conserva aún la vieja balanza que descansa sobre los antiguos mostradores de madera.
Y en el bar, sillas y mesas de madera que parecen haberse quedado en el tiempo, combinadas con botellas viejas y diversos  elementos, como rebenques, espuelas o boleadoras,  que dejan ver el gran apego y cariño que hasta en día de hoy unen a su dueño con el campo forman parte de este paisaje que se ve a través de la viejas ventanas de madera descoloridas.
Mate de por medio, comienza esta charla con Ricardo, que nos cuenta que nació en Ingeniero Jacobaci y se crió en Lagunita Salada, cuando todavía no era Aldea existiendo tal solo el juzgado y una escuela.
Trabajó desde muy joven, en Gastre a los 18 años ya atendía un bar y churrasquería llamado “El Pichón”; era propiedad de una viuda, pero con el tiempo Ricardo lo adquirió y habilitó como bar “El tigre. Allí estuvo muchos años, y además atendía el campo en Lagunita Salada, gran parte de su vida  vivió en el campo.
Recuerda que anécdotas de ese boliche hay muchísimas, porque era muy concurrido por la gente de Mina Angela en la cual había 600 empleados trabajando, también peruanos y chilenos. Todos amanecían allí, jugando al truco, al paso inglés, al cacho, o al rummy (habitué en la zona de Gastre).
Había siete bares en ese tiempo y todos trabajábamos bien. Era otra cosa; la copa valía 50 centavos, se llenaba el boliche. 
A los 30 años fue a Bajada del Diablo, luego a Cona Niyeu. Siempre estuvo muy ligado a las tareas rurales, que desde muy pequeño aprendió.
Ricardo cuenta con orgullo y algo de nostalgia, en el campo fui soguero, y me gustaba amansar tropillas, pero hace 20 años que no monto un pingo (ríe).
Tenía cuatro años cuando aprendí andar a caballo; mi vieja me llevaba al anca, y cuando ella dormía la siesta yo me iba al potrero a pialar los terneros. Cuando era mayor, salía con los lazos escondidos en el cojinillo para aprender a enlazar potrillos o yeguarizos en el campo.
Manejaba  tropillas de doce o trece caballos hoy la gente del campo no lo hace.
Mi primer arreo fue a los doce años,  mi padre dijo “usted se va hacer cargo de la tropa y tiene que hacer esto”, me explicó todos lo que debía hacer. Tardamos dos días en llegar, eran 15 leguas (72 kilómetros) para arrear 400 ovejas del campo de Lefimil en Taquetren hasta nuestro campo en Lagunita Salada, lo hice junto dos compañeros, Pilquiman y Díaz. 
Lo importante del arreo y de la gente de campo es tener buenos caballos. Yo tenía mucha paciencia para amansarlos, ya fueran  para correr carreras, correr en el campo, o  lo que sea.  
Me gustaba hacer lazos, boleadoras, y cuando llegaba esta época en el campo, me sentaba frente al fogón  a la noche  a lonjear, aprendí con un viejo del campo  hacer soga, hacer costuras.
Con el tiempo, al llegar a la ciudad, trabajó en muchísimos lugares como en el Hospital Zonal de Trelew como auxiliar de seguridad, en el Supermercado Casa Tía como guardia de seguridad privada en la recepción, en Dislac, Transpa S.A. y OCA entre otros. Y antes de llegar a Gaiman estuvo el bar de pela “Amore” en el puente San Cristóbal. 

ADQUISICIÓN DEL BAR Y COMERCIO
Mientras trabajaba en Casa Tía, alquilaba la chacra de Silvano Benites padre (f), la cual estaba cerca del bar “La Criolla”, ahí se hizo muy amigo con los “galensos” (por Lovel y Emblin) como dice Ricardo.
Ellos le daban permiso para guardar  los ovinos que luego carneaba para vender  a los comercios de Trelew. 
Pasó un tiempo sin verlos, hasta que un día llega un amigo suyo que quería comprar una chacra y él  decide ir a ver a sus amigos al bar y a tomar una caña.
 Ricardo cuenta “cuando llego, me encuentro a mis dos amigos galensos, que tenían solamente media damajuana de vino en la heladera, y una botella de caña que la tomamos nosotros. Yo no sabía que había fallecido la señora de Lovel.
Entonces me ofrece en alquiler todo el negocio. En ese tiempo ya había salido de Casa Tía. Le pedí unos días para pensarlo y a los tres días hicimos el contrato de alquiler con opción a compra.
 Empecé con cuatro o cinco botellas el bar, el mercado y la carnicería, le compré una potranca a Raúl Sanz hice un asado y un 28 de agosto se reinauguro el bar y el mercado. Mi primer cliente fue Elvio Jones.
El bar tenía pool,  y se jugaba a la taba. El bolichero tiene que ser un pionero, y no estar a la expectativa que llegue alguien para aprovecharse y sacarle dinero con la venta. 
Actualmente el bar no funciona quedando solamente el mercado y la carnicería.
 Ricardo dice que la gente ha ido cambiando y que actualmente, el verdadero boliche, ya no existe.
Hoy, este recordado lugar sirve para que su dueño, reúna de vez en cuando a sus amigos más queridos a compartir un asado, que junto con una guitarreada o partida de truco hacen un encuentro en el que seguramente las historias y anécdotas de cada uno, serán para contar en otra historia.      

El zonal del valle