Carta del Lector

NO SOY ANTIMINERO (II)

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Quienes leen estas notas, lo saben. No soy “antiminero”, si soy antinuclear, y por tanto soy antiminero de los minerales radiactivos.

A través de esta Columna de Opinión, vengo divulgando desde el 2020, los aspectos negativos de la funesta energía nuclear y, lógicamente, de la explotación de uranio, basándome en estudios científicos publicados. No soy quien ocasiona temor, en todos casos es la realidad.

 

La energía nuclear y por tanto la explotación de minerales radiactivos, tiene aceptación social baja y genera conflictos territoriales. Hay licencia social frágil y gran oposición local frente a nuevas centrales, a la construcción de repositorios de residuos y a la explotación de yacimientos de uranio. Se genera así en muchos países conflictos sociales prolongados.

 

Las explotaciones de uranio EN TODO EL MUNDO han sido y son contaminantes.

 

En la minería del uranio se agrega, a los grandes impactos ambientales y sociales de cualquier minería, la radiactividad.

 

Al extraer uranio, triturar y lavar la roca que lo contiene se desprende radioactividad y ésta perdura en los desechos. Esa radiactividad, así como otros elementos tóxicos, se filtran en el sistema hídrico, se expanden en el aire, y lo contaminan todo.

 

La minería del uranio realiza un uso intensivo de agua. El agua potable y la cadena alimentaria se suele contaminar por el uranio y sus productos de desintegración radiactiva.

 

Hay países que prefieren importar uranio a explotar sus propios yacimientos.

 

La concentración de uranio en el mineral es muy pequeña, por lo que para separar el uranio se generan enormes cantidades de desechos que contaminan el medio ambiente durante miles de años.

 

Estos desechos exigen una remediación costosa y prolongada que, comúnmente en casi todos los países, no se ejecuta.

 

Además de radiactivo, el uranio es un metal pesado que, al igual que el plomo y el mercurio, es tóxico para los seres humanos y los animales.

 

No es un elemento estable, sino que es radiactivo incluso en su forma natural y, por tanto, radiotóxico. Se desintegra en otros elementos que emiten radiaciones.

 

Por lo tanto, el polvo fino y grueso que se libera durante la extracción de uranio está lleno de partículas radiactivas que, junto al gas radón, contamina el ambiente, una de las principales razones de la alta incidencia de cáncer de pulmón entre los mineros.

 

Al respecto pregunto ¿Alguien sabe cuántos trabajadores de las minas Los Adobes y Cerro Cóndor y de la planta de tratamiento Pichiñán, desarrollaron cáncer, como producto de las radiaciones recibidas? Seguro que nadie lo sabe, yo tampoco. Nadie lo puede saber porque en nuestro país y, por supuesto en nuestra provincia, la legislación no exige el seguimiento de salud post empleo de los trabajadores sometidos a radiaciones ionizantes.

 

El cáncer puede aparecer hasta 20 años después de haber recibido radiaciones. Un organismo puede resultar dañado incluso si sólo se expone a bajas dosis de radiación.

 

 El Dr. Karl Morgan, padre de la Física de la Salud expresa: “No existe un nivel seguro de exposición y no existe una dosis de radiación ionizante tan baja que el riesgo de una enfermedad maligna sea cero”.

 

Continúa...

 

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