Carta del Lector

Tsundoku. El placer secreto de acumular libros por leer

Comprar libros que todavía no leímos y que quizás no leeremos pronto no es un vicio moderno ni una culpa privada, tiene nombre, historia y hasta una filosofía detrás. Tsundoku es la palabra que explica por qué nuestras bibliotecas crecen más rápido que nuestro tiempo de lectura.

En el universo de los lectores empedernidos existe un término japonés que funciona como alivio y espejo: tsundoku. Así se denomina la costumbre de adquirir libros con la intención de leerlos más adelante y dejarlos, mientras tanto, acumularse en mesas de luz, estanterías o rincones de la casa.

 

La palabra surge en Japón a fines del siglo XIX y combina la idea de “apilar cosas” con el acto de leer. Desde entonces, se ha convertido en una forma elegante de nombrar un hábito compartido por lectores de todo el mundo, comprar más libros de los que el tiempo permite abordar.

 

Lejos de ser una simple manía, el tsundoku revela una relación emocional con los libros. Cada volumen no leído funciona como una promesa ya sea de conocimiento, de placer estético, de una versión futura de nosotros mismos con más tiempo, más calma o más disposición para leer. Tener libros cerca, incluso sin abrirlos, ya produce una forma de satisfacción.

 

El fenómeno también invita a reflexionar sobre el ritmo contemporáneo. En una época de sobreoferta editorial y agendas saturadas, la compra de libros aparece como un gesto de deseo intelectual que no siempre puede concretarse en la lectura efectiva. El acto de comprar se vuelve inmediato y el de leer, en cambio, exige tiempo y concentración.

 

Aunque en algunos casos el tsundoku puede derivar en acumulación excesiva, no se lo considera un comportamiento problemático en sí mismo. Para muchos lectores, forma parte del disfrute, poseer una biblioteca personal no es solo un archivo de lecturas pasadas, sino también un mapa de intereses, de curiosidades y de aspiraciones.

 

El tsundoku no habla de libros olvidados, sino de lectores que siguen creyendo en el futuro de la lectura. De pilas de páginas esperando su momento. Y de la íntima certeza de que, tarde o temprano, alguno de esos libros será el próximo.

 

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