“La hija del rabino”. El difícil oficio de encontrar una voz propia
En su nueva novela, Tali Goldman convierte una historia familiar en un retrato íntimo de la pertenencia, la tradición y la necesidad de escapar de aquello que, paradójicamente, también nos constituye.
Publicada recientemente por Ediciones B, la identidad de la protagonista, determina la manera en que es mirada y que durante años parece definir el lugar que ocupa en el mundo.
La novela comienza con una escena precisa: durante Iom Kipur, el rabino se desploma. A partir de allí, su hija empieza a contar. No lo hace siguiendo necesariamente una línea cronológica, sino recuperando recuerdos, escenas familiares, episodios comunitarios y momentos de una infancia transcurrida prácticamente dentro de la sinagoga. Desde allí reconstruye la figura de su padre y, al mismo tiempo, la historia de sí misma.
“De la sinagoga a la casa, de la casa a la sinagoga”. La niña crece dentro de ese recorrido aparentemente pequeño, pero que contiene todo un mundo. La sinagoga tiene escuela, los conocidos están siempre cerca, los rituales organizan el calendario y la comunidad parece saberlo todo.
Goldman podría haber construido una historia de rebelión contra una familia religiosa o contra una comunidad demasiado cerrada. Sin embargo, elige un camino más elaborado, y orienta su mirada hacia ese mundo atravesada por la ironía, pero también por el afecto. La protagonista no puede sencillamente abandonar ese universo. Lo lleva consigo y con él a su padre.
El rabino es una figura central y también contradictoria, un hombre dedicado a los demás, respetado por su comunidad, magnético y al mismo tiempo capaz de generar en su hija una sensación de asfixia. Hay amor, incomodidad, admiración, distancia y necesidad de reconocimiento.
Este padre no es solamente un padre. Es también “el rabino”. Tiene una función, una autoridad, una imagen pública y una relación con toda una comunidad. Y su hija queda inevitablemente atrapada en esa misma red de miradas. Es “la hija del rabino”.
La comunidad funciona como una especie de personaje colectivo. Los rezos, los chismes, las jerarquías, las celebraciones y las reglas de convivencia forman un escenario permanente en el que cada individuo tiene asignado un lugar. Goldman conoce ese mundo desde adentro y justamente por eso puede observarlo con una mezcla de familiaridad y extrañeza.
La protagonista intenta durante años alejarse de aquello que la define. Estudia, trabaja, construye otros mundos y procura que su identidad no quede reducida a la condición de hija del rabino. Sin embargo, con el tiempo descubre algo que suele ocurrir con las herencias, aquello que rechazamos también puede formar parte de nosotros.
“La hija del rabino” puede leerse también como una novela sobre el nacimiento de una escritora. No solamente porque la protagonista encuentra allí el origen de su voz, sino porque Goldman transforma una experiencia familiar en literatura sin reducirla a una confesión.
Una novela sobre religión, familia, tradición y conflicto generacional podría fácilmente caer en la solemnidad. Goldman, en cambio, mira muchas de esas situaciones con ironía. Esa distancia permite que el mundo narrado no aparezca ni idealizado ni demonizado. Puede ser afectuoso y asfixiante al mismo tiempo.
Tali Goldman, nació en Buenos Aires en 1987, llega a esta novela después de una trayectoria vinculada al periodismo, la crónica y la literatura. Es autora de La marea sindical, Larga distancia y Cómo se puede querer tanto a alguien, y escribe crónicas para la revista mexicana Gatopardo. En 2021 recibió una beca del Fondo Nacional de las Artes para desarrollar La hija del rabino.
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