La velocidad de la guerra y la bestialidad humana
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El potencial de terror de las armas nucleares no reside solo en su mayor capacidad de destrucción, sino también, en la velocidad con la que pueden infligirla.
Unos mil aviones pertenecientes a las fuerzas aéreas estadounidense y británica participaron del bombardeo de la ciudad de Dresde, entre el 13 y el 14 de febrero de 1945, causando entre 20.000 y 45.000 bajas civiles, destruyendo hasta los cimientos, la que había sido considerada una de las ciudades más bellas de Alemania.
El 24 de febrero de 1945, 174 bombarderos B-29 lanzaron una gran cantidad de bombas incendiarias destruyendo aproximadamente 3 kilómetros cuadrados de la ciudad de Tokio.
El 4 de marzo, 159 bombarderos B-29 atacaron de nuevo el área urbana. Tras estos “éxitos”, la noche del 9 al 10 de marzo de 1945, 334 B-29 despegaron hacia Tokio y 279 de ellos consiguieron lanzar 1700 toneladas de bombas incendiarias de napalm sobre la ciudad, desatando un incendio de tal magnitud, que en su epicentro se llegaron a alcanzar los 980 °C. El ataque destruyó 41 kilómetros cuadrados, aproximadamente la cuarta parte de la ciudad, y se calcula que unas 100 000 personas murieron como consecuencia, un número mayor que las muertes inmediatas que causarían las bombas atómicas en Hiroshima o en Nagasaki.
¿Por qué hablamos de la velocidad de la guerra?
Las primeras bombas atómicas lograron, con un solo avión, en un instante, lo que, a cientos de bombarderos cargados con municiones convencionales, les habría llevado muchas horas.
Durante 40 años, Estados Unidos produjo 60.000 bombas nucleares. De 1950 a 1990, el Departamento de Energía de Estados Unidos produjo un promedio de cuatro bombas nucleares al día, en fábricas construidas a toda prisa, y con escasas medidas de protección medioambiental, que dejaron un vasto legado de residuos radiactivos tóxicos, aún hoy sin limpiar completamente.
En menos de diez años, las fuerzas de bombarderos del Comando Aéreo Estratégico habían crecido tanto que era posible imaginar la destrucción total del bloque soviético en cuestión de horas.
Documentos desclasificados revelan que durante los primeros años posteriores a la 2da. G. M. Washington elaboró planes de guerra detallados contra la Unión Soviética, que implicaban el uso masivo de armas atómicas y la destrucción sistemática del Estado soviético.
Las dimensiones son sobrecogedoras, en su primera fase, contemplaba el lanzamiento sobre la Unión Soviética de 300 bombas atómicas y 250.000 toneladas de explosivos convencionales, con el fin de destruir, en un solo golpe, el 85% de la capacidad industrial de la Unión Soviética.
Para la década de 1960, el despliegue de misiles balísticos intercontinentales (ICBM) significaba que las ojivas termonucleares podían ser transportadas a cualquier punto del planeta en aproximadamente media hora.
Sí, toda guerra es un infierno, pero esto es algo nuevo. Desde mediados del siglo XX se puede ordenar la muerte de quinientos millones de personas en menos tiempo del que suele durar una pausa para comer, es verdaderamente algo nuevo.
Y no se trata solo de que sea horrible pensarlo: al incrementar tanto la velocidad de la guerra, se reduce el tiempo en el que se podría evaluar la información, en el que se podría emitir un juicio, en el que se podrían tomar decisiones que podrían determinar el destino de la civilización.
Cuando se arrojó la segunda bomba atómica sobre Japón, en Nagasaki, el gobierno japonés todavía no tenía claro qué artefacto había estallado sobre Hiroshima y, por tanto, no tenía aún decisión sobre rendición.
A diferencia de las centrales nucleares cuyos residuos consisten en pastillas de uranio secas encerradas en tubos metálicos (no por eso menos atroz), las instalaciones de armamento dejan miles de metros cúbicos de un lodo radiactivo que se almacenan en viejos depósitos subterráneos.
La producción de plutonio y bombas se detuvo en 1989. Ahora, con las mejoras tecnológicas implementadas, Estados Unidos planea alcanzar una capacidad de producción de al menos 80 núcleos de plutonio al año para mediados de la década de 2030. Se producirá en dos instalaciones principales: el Laboratorio Nacional de Los Álamos y la planta de Savannah River, con 30 y 50 núcleos anuales, respectivamente.
Las tensiones geopolíticas, especialmente con países como Rusia, China y Corea del Norte, han impulsado esta iniciativa de modernización.
Las armas nucleares no están diseñadas para objetivos militares específicos, sino para causar una destrucción masiva en muy poco tiempo, con la muerte de millones de inocentes civiles.