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Carta del Lector

En 1986 el mundo estuvo cerca de abolir las armas nucleares

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La cumbre de Reikiavik, celebrada el 11 y 12 de octubre de 1986, fue uno de los episodios más extraordinarios de la historia de la era nuclear. El presidente estadounidense Ronald Reagan y el secretario general soviético Mijaíl Gorbachov llegaron a discutir una posibilidad que hasta entonces parecía casi inconcebible: eliminar todas las armas nucleares de ambas superpotencias en un plazo de diez años.



No lo consiguieron. No firmaron un tratado de abolición y las armas nucleares no desaparecieron. Sin embargo, estuvieron más cerca que nunca de un acuerdo de desarme total. 

La reunión fracasó, pero contribuyó a abrir el camino hacia uno de los tratados de desarme más importantes de la Guerra Fría.


¿Por qué llegaron a plantearse la abolición nuclear?

Una carrera armamentista gigantesca. Estados Unidos y la Unión Soviética habían acumulado decenas de miles de armas nucleares, junto con misiles balísticos intercontinentales, submarinos estratégicos y bombarderos. La capacidad de destrucción superaba ampliamente cualquier necesidad imaginable de represalia militar.



Reagan había propuesto desarrollar un sistema de defensa antimisiles, conocido popularmente como Guerra de las Galaxias. Moscú temía que Estados Unidos pudiera adquirir una ventaja estratégica y debilitar la capacidad soviética de disuasión.



Gorbachov buscaba reducir la confrontación. Impulsaba reformas internas y pretendía aliviar la carga económica de la competencia militar. También buscaba reducir el peligro de una guerra nuclear, aunque sus objetivos políticos y estratégicos no coincidían en todos los puntos con los de Reagan.



Había, además, una preocupación social creciente. El movimiento antinuclear internacional cuestionaba que la seguridad de la humanidad dependiera de la amenaza de destruir ciudades enteras y matar a millones de personas.



Reagan, expresó en diversas ocasiones su rechazo a la posibilidad de una guerra nuclear. Aunque defendía una poderosa capacidad militar estadounidense, compartía con Gorbachov el objetivo declarado de evitar que se produjera una guerra nuclear.



En su encuentro anterior en Ginebra en noviembre de 1985, los dos líderes habían hecho una declaración conjunta: «Una guerra nuclear no se puede ganar y nunca debe librarse». Ambos defensores de la Guerra Fría compartían la misma convicción sobre el horror de las armas nucleares.



Si bien la reunión de Reikiavik era solo un encuentro exploratorio, las conversaciones avanzaron con una rapidez inesperada.



Gorbachov llegó con una propuesta de desarme por etapas. Ya en enero de 1986 había planteado eliminar las armas nucleares para el año 2000. En Reikiavik impulsó reducciones profundas de las fuerzas estratégicas, la eliminación de los misiles de alcance intermedio y restricciones a la defensa antimisiles estadounidense. 



Reagan, por su parte, aceptó discutir reducciones de una magnitud extraordinaria. Según explicó públicamente el 13 de octubre de 1986, la propuesta estadounidense contemplaba reducir a la mitad las armas estratégicas durante los primeros cinco años y eliminar durante los cinco siguientes los misiles balísticos ofensivos restantes. 



El objetivo era mucho más ambicioso que los acuerdos de limitación de armamentos que habían predominado hasta entonces. 



No se acordó un plan jurídicamente vinculante para eliminar todas las armas nucleares del planeta. Las propuestas más radicales se referían fundamentalmente a Estados Unidos y la Unión Soviética, y quedaron sin firmar. La extensión del desarme al resto de las potencias nucleares habría requerido negociaciones adicionales.



En la última jornada, el 12 de octubre, las conversaciones llegaron a un punto que hoy sigue sorprendiendo.



Los dos dirigentes discutieron la posibilidad de eliminar las armas nucleares. Las transcripciones de la reunión, conservadas en archivos estadounidenses y soviéticos, registran el momento en que la conversación pasó de las reducciones parciales a la abolición nuclear.



Según la transcripción soviética publicada por el National Security Archive, Gorbachov respondió afirmativamente a la idea de eliminarlas y el secretario de Estado estadounidense, George Shultz, también expresó su apoyo. 



No era solamente una declaración retórica: los equipos habían avanzado en propuestas concretas para reducir y suprimir armamentos.



Pero había un obstáculo que ninguno de los dos quiso abandonar. El desacuerdo decisivo fue la Iniciativa de Defensa Estratégica de Reagan.



Se trataba de un programa de investigación para desarrollar sistemas capaces de interceptar misiles balísticos, incluidos posibles sistemas basados en el espacio. No era un escudo operativo, en 1986 seguía siendo un programa de investigación y desarrollo.



La discrepancia era profunda:

Gorbachov temía que un sistema estadounidense de defensa antimisiles alterara el equilibrio estratégico. Si Estados Unidos pudiera defenderse de una represalia soviética, podría adquirir una ventaja militar decisiva. Por eso exigía que las pruebas de la Iniciativa de Defensa Estratégica se limitaran al laboratorio durante el período negociado. 



Reagan se negó a aceptar las condiciones soviéticas sobre las pruebas. Consideraba que renunciar a desarrollar y probar la defensa antimisiles podía privar a Estados Unidos de una futura protección frente a las armas nucleares.



Gorbachov, por su parte, no quiso aceptar que Estados Unidos continuara con las actividades de desarrollo y pruebas fuera del ámbito permitido por su interpretación del tratado. 

Así, dos dirigentes que habían contemplado la eliminación de sus arsenales nucleares terminaron la reunión sin un acuerdo.

 

 

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