Una lamentable oportunidad perdida, pero no del todo
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En la cumbre de Reikiavik, celebrada el 11 y 12 de octubre de 1986, el presidente estadounidense Ronald Reagan y el secretario general soviético Mijaíl Gorbachov no llegaron a convenir la eliminación de todas las armas nucleares de ambas superpotencias, como podría haber sido. La discusión sobre cómo defenderse de los misiles impidió avanzar hacia la eliminación de las armas, que esos mismos misiles transportarían.
Aquella cumbre no produjo la abolición nuclear, pero no fue inútil. Las conversaciones facilitaron la negociación de acuerdos posteriores. En Reikiavik el desacuerdo sobre la defensa antimisiles fue el obstáculo inmediato, pero no el único problema.
Primero, persistía la desconfianza. Cada gobierno temía que el otro obtuviera una ventaja estratégica mediante tecnologías, interpretaciones jurídicas o capacidades militares que el acuerdo no controlara adecuadamente.
Segundo, había intereses institucionales y militares. La abolición habría exigido transformar doctrinas militares, estructuras de defensa y compromisos con los aliados. No bastaba con que dos dirigentes estuvieran dispuestos a discutirla.
Tercero, existía un problema de alcance. La propuesta de eliminación se centraba en las dos superpotencias. Francia, China y el Reino Unido, entre otros países, también poseían armas nucleares. Una eliminación mundial habría requerido su participación y un sistema de verificación capaz de detectar arsenales ocultos y evitar la fabricación clandestina.
Cuarto, la verificación habría sido decisiva. Destruir las armas existentes no garantiza por sí solo que un Estado no pueda reconstruirlas. Habría sido necesario controlar materiales fisibles, instalaciones de producción, conocimientos técnicos y posibles actividades clandestinas.
En otras palabras, la abolición era concebible, pero habría requerido un grado de confianza y cooperación internacional que todavía no existía.
Reikiavik consiguió se suscribiera el 8 de diciembre de 1987 el Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF). Eliminó una categoría completa de misiles terrestres estadounidenses y soviéticos con alcances comprendidos entre 500 y 5.500 kilómetros, tanto nucleares como convencionales. Fue un logro extraordinario porque incluía la destrucción de los sistemas existentes y mecanismos de verificación.
El 31 de julio de 1991 George H. W. Bush y Gorbachov, suscribieron el Strategic Arms Reduction Treaty (START I), Tratado de Reducción de Armas Estratégicas que consistió en autolimitar el número de armamento nuclear y de bombarderos estratégicos que poseía cada superpotencia. Fue propuesto por el entonces presidente estadounidense Ronald Reagan, y finalmente firmado por George H. W. Bush. Inicialmente se llamó simplemente START; se le cambió el nombre a START I de forma retrospectiva cuando se aprobó una actualización del mismo, el START II. Entró en vigor en 1994.
Un cambio en la relación entre las superpotencias
Reikiavik demostró que era posible negociar reducciones mucho más profundas de lo que se había considerado políticamente viable. También contribuyó a consolidar el diálogo que acompañó el final de la Guerra Fría.
El Tratado INF tuvo un final lamentable: Estados Unidos se retiró en 2019, durante la presidencia de Donald Trump, alegando incumplimientos rusos que Moscú negó. Fue uno de los acontecimientos más importantes para la seguridad internacional desde el final de la Guerra Fría. No significó solamente la desaparición de un acuerdo bilateral, eliminó una categoría completa de misiles nucleares y convencionales que ambas superpotencias se habían comprometido a no fabricar, poseer ni ensayar.