Humanidad arrepentida de grandes inventos
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En la mañana del 2 de noviembre de 1944, Carrie May Reynolds encontró a su esposo Thomas Midgley Jr., muerto en su cama. Aunque hubo sospechas de suicidio, oficialmente el multi inventor fue víctima de uno de sus inventos. Inválido a causa de poliomielitis, fue estrangulado por un arnés que había ideado para moverse entre la cama y la silla de ruedas sin ayuda. Ese arnés no fue su única creación que tuvo consecuencias nefastas.
El historiador ambiental J. R. McNeill para referirse a Midgley dijo "el hombre que ha tenido más impacto en la atmósfera que cualquier otro organismo en la historia de la Tierra".
Midgley fue un científico inventor que casi destruye al mundo. En vida, recibió prestigiosos galardones y cargos, particularmente en el campo de la química, a pesar de que era ingeniero mecánico.
Para ser justos, los inventos por los que hoy se le recuerda con amargura, efectivamente nos hicieron la vida más cómoda y, con el tiempo, nos permitieron comprender mejor el mundo... ¡pero a qué precio!
De los cuatro principales logros en los que Midgley tuvo una parte dominante, dos serían prohibidos en todo el mundo después de causar estragos, tanto en la salud pública como en el medio ambiente.
El primero de los descubrimientos que llegaríamos a deplorar fue la solución a un fenómeno conocido como la detonación del motor naftero a explosión, que se caracterizaba por ruidos molestos, sobrecalentamiento, movimientos espasmódicos y respuesta lenta.
En 1921 un grupo de científicos que integraba Midgley, dio con el antidetonante que parecía ideal: tetraetilo de plomo. Las gasolinas con este antidetonante, habían solucionado el problema, fue todo un éxito. Se comercializaban con las designaciones “ethyl” o “etilo”.
Lo grave es que el plomo es un veneno mortal. Una vez dentro del cuerpo, interfiere con la propagación de señales a través del sistema nervioso central y se infiltra en las enzimas, alterando su función en el procesamiento de los elementos nutritivos zinc, hierro y calcio. Provoca, entre otras cosas, presión arterial alta, problemas renales, anomalías fetales y daño cerebral. Y afecta especialmente a los niños.
La humanidad se arrepintió. Se divulgaron los efectos negativos del plomo y se empezaron a retirar del mercado las naftas con plomo.
Tras su “éxito” con el antidetonante, le propusieron a Midgley que se abocara a resolver otro problema tecnológico de la época: la búsqueda de un mejor gas refrigerante.
En ese entonces, los gases refrigerantes eran tóxicos, muy inflamables y hasta explosivos. La fuga más pequeña podría provocar una enfermedad grave, lesiones o incluso la muerte.
Esta vez, sólo tomó tres días identificar la alternativa perfecta: los clorofluorocarburos, o CFC, una combinación de flúor, carbono y cloro.
Al circular en neveras o aparatos de aire acondicionado, el fluido cambiaba rápidamente de gas a líquido y a la inversa, absorbiendo y liberando grandes cantidades de calor en el proceso.
A diferencia de las opciones existentes, los CFC parecían una alternativa maravillosa. La presentación pública del invento por Midgley, consistió en aspirar "el vapor de uno de los compuestos y luego exhalarlo suavemente para apagar una vela que ardía ante él".
Los llamaron "freón" y los comenzaron a fabricar en masa, lo que llevó a la proliferación de neveras y aire acondicionado en casas, oficinas y automóviles.
Además, durante la Segunda Guerra Mundial, el ejército descubrió que el freón era un vehículo ideal para esparcir insecticidas en los cuarteles de los soldados. Eso llevó a que, después de la guerra, se usaran ampliamente en aerosoles de todo tipo, desde pinturas hasta desodorantes.
La humanidad advirtió el error. En junio de 1974, apareció un artículo en la revista Nature titulado "Disipador estratosférico para clorofluorometanos: destrucción del ozono catalizada por átomos de cloro", escrito por Mario J. Molina y F. S. Rowland de la Universidad de California, Irvine.
Explicaban que cuando los átomos de CFC ingresaban a la estratosfera superior, se descomponían y destruían el escudo protector de ozono de la Tierra, que absorbe la radiación ultravioleta.
En los años siguientes los científicos siguieron investigando y revelaron que, si continuábamos usando CFC, la consecuencia sería la muerte a escala masiva. Y descubrieron un gran agujero en la capa de ozono de la Tierra, sobre la Antártida.
El descubrimiento catalizó un importante acuerdo internacional en 1988, en el que más de 180 países acordaron reducir sustancialmente o eliminar por completo la producción de CFC.