“Donde el agua trabaja”. Los silencios de la explotación.
La novela del escritor peruano David Silva Rojas, publicada por la editorial Almadía y distinguida con el I Premio Internacional de Novela Breve Almadía–Ventosa Arrufat, nos muestra el mundo de la explotación laboral de las mujeres migrantes en los campos agrícolas de Ica, Perú. Con una escritura fragmentaria y despojada, donde lo que no se dice adquiere tanta importancia como las palabras, el autor construye un relato sobre el sometimiento, la pérdida de identidad y las pequeñas formas de solidaridad que sobreviven en medio de la opresión.
En la región peruana de Ica, donde la agricultura intensiva ha transformado el paisaje y demanda una enorme cantidad de mano de obra, transcurre “Donde el agua trabaja”, de David Silva Rojas. Allí, detrás de la producción agrícola y de una economía orientada al rendimiento, se despliega la realidad de los trabajadores migrantes, en su mayoría mujeres, sometidos a condiciones laborales que erosionan progresivamente su dignidad.
La novela, distinguida por un jurado integrado por las escritoras Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda, fue seleccionada entre más de dos mil manuscritos provenientes de distintos países. El reconocimiento destacó especialmente la sutileza de su escritura y la manera en que consigue representar la violencia y las desigualdades laborales sin recurrir a un discurso declamatorio.
La historia sigue a una joven que abandona su comunidad para trabajar temporalmente en una hacienda vinícola. Lo que inicialmente aparece como una oportunidad para mejorar sus condiciones de vida pronto se transforma en una experiencia de sometimiento, vigilancia y deshumanización.
Silva Rojas se interna en ese mundo sin concesiones ni sentimentalismos. En lugar de describir extensamente los mecanismos de explotación, los deja aparecer en los gestos cotidianos, en las relaciones de autoridad, en el cansancio de los cuerpos y en la obediencia que se impone como condición para conservar el trabajo.
El sistema laboral que retrata no se limita a exigir esfuerzo físico. También establece mecanismos de control sobre las personas, disciplina sus movimientos, administra sus tiempos y restringe sus posibilidades de decidir. Las trabajadoras dejan de ser reconocidas por sus historias individuales y pasan a formar parte de una maquinaria productiva que las considera, ante todo, fuerza de trabajo disponible y reemplazable.
La condición migrante, la precariedad económica y las relaciones de poder establecen un escenario donde la individualidad se desvanecerse. Cada mujer lleva consigo una historia, una procedencia y una vida anterior, pero el sistema procura reducirlas a una función productiva.
La opresión no se manifiesta únicamente mediante órdenes o castigos. También se instala en la rutina, en la aceptación forzada de determinadas condiciones y en la imposibilidad de imaginar alternativas. El sometimiento termina por naturalizarse, como si la explotación fuera una circunstancia inevitable de la existencia.
Sin embargo, en medio de ese escenario, Silva Rojas deja espacio para los vínculos humanos. Entre las trabajadoras surgen gestos de acompañamiento, pequeñas solidaridades que permiten resistir el aislamiento y recuperar, aunque sea por momentos, algo de la identidad que el sistema intenta borrar.
La novela está construida mediante una escritura fragmentaria, despojada de ornamentaciones, que renuncia a las explicaciones abundantes y confía en la capacidad del lector para reconstruir aquello que permanece apenas insinuado.
Los silencios tienen una importancia decisiva. Muchas veces lo que no se dice parece adquirir más peso que aquello que efectivamente aparece escrito. Las omisiones, las interrupciones y los espacios que separan los fragmentos producen una sensación de tensión permanente.
Existe entonces una correspondencia entre la escritura y las condiciones de vida de las protagonistas. En un ambiente donde hablar puede tener consecuencias, donde las decisiones individuales están limitadas y donde el miedo forma parte de la experiencia cotidiana, el silencio deja de ser una simple ausencia de palabras.
“Donde el agua trabaja” propone reflexionar sobre aquello que permanece oculto detrás de los productos que circulan en los mercados y de las economías que celebran sus cifras de crecimiento. La producción agrícola, habitualmente asociada a la fertilidad de la tierra y al aprovechamiento de los recursos naturales, aparece aquí vinculada con otra realidad que es la de los cuerpos que trabajan, enferman y se desgastan para sostenerla.
El título adquiere, en ese contexto, una resonancia particular. El agua, indispensable para la producción en una región desértica como Ica, remite también a una organización económica en la que los recursos naturales y la fuerza humana son sometidos a una misma exigencia de productividad.
El reconocimiento literario de la novela se vio acompañado recientemente por una controversia relacionada con la posible utilización de inteligencia artificial generativa en su escritura. A partir de un análisis realizado mediante una herramienta de detección de textos generados por IA, surgieron cuestionamientos sobre su proceso de creación. El autor rechazó esos señalamientos y la editorial Almadía anunció una revisión del caso, además de suspender temporalmente actividades de presentación de la obra.
Es importante señalar que los resultados de estos detectores no constituyen, por sí solos, una demostración concluyente de autoría artificial.
Más allá de la resolución que pueda tener esta controversia, el episodio plantea interrogantes sobre la creación literaria contemporánea, la transparencia de los procesos de escritura y los criterios de evaluación de los premios. También obliga a pensar cómo se relacionan la autoría, las herramientas tecnológicas y el valor literario de una obra.
Una discusión que, inevitablemente, comienza a formar parte del contexto en el que hoy leemos esta novela.
David Silva Rojas nació en Ica, Perú, en 1981. Es abogado, investigador y narrador. Residió durante parte de su juventud en Japón, donde participó en programas de formación en escritura dramática y guion.
Su experiencia en ese país influyó en su concepción de la literatura, particularmente en la economía expresiva del haiku y en el principio estético japonés del ma, que reconoce el valor del vacío y del silencio como elementos capaces de producir sentido.
Su actividad profesional vinculada con el derecho y la investigación social se relaciona con su interés por las situaciones de vulnerabilidad, la justicia y las desigualdades contemporáneas.
En 2026 obtuvo el I Premio Internacional de Novela Breve Almadía–Ventosa Arrufat por Donde el agua trabaja. Ese mismo año recibió una mención honrosa en el Concurso de Novela Corta Julio Ramón Ribeyro por La limpieza.
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