Historias y leyendas del básquet local
POR GUSTAVO GÓMEZ
por REDACCIÓN CHUBUT 27/01/2025 - 00.00.hs
Hablar de Carlos Alfredo “Cacho” Gervino es hablar de una leyenda del básquet zonal, un prócer que hizo de Guillermo Brown su casa y de las canchas abiertas su templo. Cacho no solo fue un extraordinario jugador, sino también un referente que dejó una huella imborrable en cada generación que tuvo el privilegio de verlo jugar o aprender de él. Aunque físicamente ya no está entre nosotros, su legado sigue vivo en las historias y recuerdos que resuenan en el deporte chubutense.
Entre todas las etapas gloriosas que vivió, Gervino siempre destacó una en particular: el equipo de Guillermo Brown de 1977, un conjunto que él mismo definía como “el mejor” que le tocó integrar. Eran otros tiempos. Los partidos se jugaban al aire libre, sobre pisos de baldosas y con tableros de madera. Brown e Independiente de Trelew eran los gigantes que marcaban el ritmo del básquet de la Asociación del Este del Chubut (Abech) en esos años.
Ese equipo fue un pedazo de su alma. No era tanto por los títulos, ni siquiera por los partidos ganados. Era algo más: un vínculo entre jugadores que, sin decirlo, sabían exactamente qué hacer y cuándo.
Brown fue pionero, revolucionando el básquet zonal al traer refuerzos de Bahía Blanca, cuna de grandes talentos del básquet argentino. Fue así como llegaron Juan Carlos De la Vega, un escolta elegante y goleador con pasado en Alem, y Roberto Capdeville, un interno con presencia física y oficio que había jugado en San Lorenzo del Sud. Con ellos, el equipo dio un salto de calidad.
Aquel equipo ya tenía una base sólida, formada por jugadores que se conocían casi de memoria y que, junto con los refuerzos, encontraron la química ideal.
Si De la Vega era el pincel y Capdeville el martillo, Cacho era el arquitecto de aquel equipo. Desde su posición de base, diseñaba jugadas con la misma naturalidad con la que respiraba. Veía caminos donde nadie más los veía. Sus pases eran poesía en movimiento, asistencias que parecían dibujar líneas invisibles entre compañeros.
Carlos “Yerry” Vicentela tiraba de lejos, a veces desde tan lejos que daba miedo, pero casi siempre acertaba. Gustavo Mariño era pura garra y marca, pese a la desventaja física era un titán para los rebotes. Miguel Ángel Bona, que debajo del aro parecía un toro, Nelson Abrany y César Araujo, que defendía como si su vida dependiera de ello, Carlos Catalán, Williams, Antón y Casado, aportaban lo suyo.
La táctica del equipo era sencilla pero letal. Rebote y contragolpe. Velocidad y precisión. Y cuando la jugada se armaba en ataque fijo, el balón terminaba, casi inevitablemente, en manos del “negro” De la Vega. “Le dábamos la pelota y él hacía lo suyo”, decía Cacho con una sonrisa que aún guardaba admiración.
Había magia en ese equipo, una conexión que trascendía lo técnico. Cacho siempre decía que jugar con ellos era como bailar un tango: cada uno sabía su lugar, cada movimiento tenía sentido.
Con los años, todo cambió. Llegaron las canchas cerradas, los jugadores extranjeros, la Liga Nacional. Cacho se adaptó, porque así era él, pero en su corazón siempre quedó ese equipo de 1977. “Habrá mejores jugadores ahora”, decía, “pero nunca habrá un equipo como ese”.
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