Ricardo Barbudo, el guardián de una época
POR GUSTAVO GOMEZ
por REDACCIÓN CHUBUT 18/06/2026 - 19.40.hs
Ricardo “Toto” Barbudo pertenece a esa rara categoría de hombres cuya vida se confunde con la memoria de un pueblo. Es la historia de un arquero, de un deportista incansable y de un testigo privilegiado de la transformación de Puerto Madryn desde aquel pequeño poblado costero hasta la ciudad que conocemos hoy.
Nació el 29 de septiembre de 1938, en el campo profundo de la meseta chubutense, a unos 120 kilómetros al oeste de Puerto Madryn, camino a Telsen. Hijo de Ricardo y Catalina, pasó sus primeros años entre los paisajes inmensos de la Patagonia, lejos del ruido y cerca del viento. Pero cuando cumplió siete años, la vida lo trajo al mar. Puerto Madryn era entonces un pequeño pueblo de calles de tierra, casas bajas y apenas unos pocos miles de habitantes. Había llegado el momento de comenzar la escuela, y sus primeros pasos en la educación los dio en la querida Escuela Nº 27.
Sin saberlo, aquel niño estaba destinado a convertirse en uno de los nombres más recordados del deporte regional.
Su historia deportiva es tan extensa como admirable. Defendió los colores de Pucará, Ferrocarril Patagónico, Deportivo Madryn y Guillermo Brown en el básquetbol regional, pero fue bajo los tres palos donde escribió sus páginas más memorables. Arquero de Ferro desde los 19 hasta los 33 años, Barbudo fue durante más de una década una referencia ineludible del fútbol local.
En aquellos años, el fútbol era muy distinto. Las canchas eran de tierra, el viento y el frio patagónico era un rival más y el deporte se sostenía gracias al esfuerzo de vecinos, amigos y familias enteras. En ese contexto creció la figura de Toto, inspirada por quien había sido su ídolo de juventud: “Quitito” Gelpi, el extraordinario arquero de Deportivo Madryn que maravillaba a todos con atajadas imposibles en la vieja cancha aurinegra. “Era bajito, pero volaba”, suele recordar Barbudo cuando habla de aquel guardameta que despertó su admiración y le mostró el camino.
Su debut en la primera de Ferro llegó siendo apenas un muchacho. Todavía conserva en la memoria los nombres de aquellos compañeros pioneros: Miguel García, Pepe Montini, Garmendia, Coto, Antonio, Ibarra, Espiacce, Cedrés y Neira, entre tantos otros que ayudaron a construir la identidad de un club humilde y trabajador.
Ferro vivía entonces años de crecimiento. En 1960 logró el ascenso a Primera División y convirtió su pequeña cancha, ubicada frente a Prefectura, en una verdadera fortaleza. Las dimensiones reducidas del campo, el empuje de la gente y el sentido de pertenencia hacían que cada partido de local fuera una batalla difícil para cualquier visitante.
Pero la vida deportiva de Barbudo nunca se limitó al fútbol.
Cuando Ferro decidió impulsar el básquetbol en los primeros años de la década del sesenta, él también estuvo allí. Integró aquel equipo pionero que compitió en los comienzos de la Asociación de Básquet del Este del Chubut, compartiendo plantel con nombres que hoy forman parte de la memoria deportiva de la ciudad: Pinocho González, Remussi, Pepe Montini y Oscar Reynoso.
Sin embargo, entre tantas vivencias, hay recuerdos que brillan con una luz especial. Uno de ellos ocurrió en 1965. Deportivo Madryn se había consagrado campeón provincial y recibió una invitación de Boca Juniors para disputar un torneo reservado a los campeones de cada provincia. Aunque era arquero de Ferro, Barbudo fue convocado para integrar aquel histórico equipo.
Para un joven hincha de Boca, aquello parecía un sueño imposible. Acostumbrado a revolcarse sobre canchas de tierra, llegó a La Bombonera y encontró un escenario que parecía de otro mundo: césped impecable, iluminación artificial y miles de historias respirándose en cada rincón del estadio. Aquella experiencia quedó grabada para siempre en su memoria.
Dos años después volvería a vivir otro momento histórico. El 25 de mayo de 1967 fue parte del partido inaugural del estadio de Guillermo Brown. Han pasado décadas desde entonces, pero aún recuerda aquella tarde de otoño con la emoción que envolvía a toda la comunidad.
La gloria máxima llegaría en 1969. Ese año, Ferro protagonizó una campaña inolvidable en el Torneo Preparación de la Liga del Valle. El equipo construyó su camino al título apoyado en una fortaleza inexpugnable de local y en un grupo de jugadores que supo representar como pocos los valores del club. Los hermanos Carlos, José Luis y Miguel Iglesias, Montero Espiacce, Riquelme, Zárate, Rodas, Retamozo, eran algunos de los jugadores que formaron parte de aquel histórico equipo. Victoria tras victoria, el sueño fue tomando forma. Hasta que llegó la consagración. Cuando Germinal dejó escapar su oportunidad en la penúltima fecha, Ferro se convirtió en campeón de Primera División. Fue el único título de máxima categoría en la historia futbolística del club y uno de los logros más importantes del deporte madrynense.
Nada pudo opacar aquella celebración. Ni siquiera la derrota en la última fecha, en Gaiman. El regreso a Puerto Madryn terminó entre abrazos, recuerdos imborrables y festejos eternos en la cantina del club.
Pero la grandeza de Ricardo Barbudo no se explica únicamente por sus títulos o por los partidos que jugó. También está escrita en la sencillez de su vida. En 1964 se casó con Mirta, a quien conoció gracias a un amigo. Juntos formaron una familia con tres hijas: Patricia, Ivana y Valeria. Con los años llegaron ocho nietos y una bisnieta, el tesoro más grande que hoy lo acompaña. Lejos de las canchas, encontró en la carpintería una nueva pasión. Entre maderas, herramientas y artesanías transcurren muchas de sus horas, con la misma paciencia y dedicación que alguna vez mostró bajo los tres palos.
A sus 87 años, Ricardo “Toto” Barbudo sigue siendo el reflejo de una generación que construyó el deporte regional cuando no había comodidades, cuando los viajes eran largos, las canchas de tierra y el sacrificio una condición indispensable.
Es uno de esos nombres que sobreviven al paso del tiempo porque representan mucho más que resultados.
Representan una época. La época en la que Puerto Madryn era un pueblo pequeño donde todos se conocían; la época en la que el deporte se jugaba por amor a una camiseta; la época en la que hombres como Toto Barbudo ayudaron a escribir, con humildad y grandeza, las páginas más nobles de la historia deportiva de la ciudad.
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