Bronca, corazón y una joya en la historia del boxeo patagónico - Últimas Noticias: El Chubut

Puerto Madryn

Bronca, corazón y una joya en la historia del boxeo patagónico

POR GUSTAVO GOMEZ

por REDACCIÓN CHUBUT 07/09/2026 - 11.07.hs

El 6 de septiembre de 1991 quedó grabado en la memoria deportiva de Puerto Madryn como una noche mágica, una de esas que el tiempo no borra y que trasciende generaciones. En un gimnasio Municipal repleto hasta los rincones, con el eco de cánticos y aplausos resonando en cada esquina, se llevó a cabo uno de los festivales pugilísticos más importantes de la historia de la ciudad. Sobre el cuadrilátero, el argentino José Ramón “Bronca” Soria y el mexicano Guillermo “Memo” Cruz se enfrentaban por el título Intercontinental de la categoría Welter Jrs, versión CMB.

 

Fue Hernán Santos Nicolini, periodista devenido en promotor, quien imaginó este evento. Conocido por haber narrado el icónico nocaut de Carlos Monzón sobre Nino Benvenuti, Nicolini apostó por Puerto Madryn como escenario de un espectáculo que prometía convocar a multitudes. Y no se equivocó. Aquella noche, más de 2500 almas se dieron cita en el gimnasio, con entradas agotadas y un público tan apasionado que hasta se colgó en las estructuras para presenciar el combate.

 

El duelo prometía emociones desde el inicio. Soria, un patagónico adoptivo, llegaba como campeón sudamericano de los livianos, dispuesto a desafiar a un rival de otra categoría. De carácter tímido e introvertido, “Bronca” suplía con coraje y garra lo que le faltaba en técnica. Cruz, en cambio, era un joven mexicano de 23 años con un récord sólido: 22 peleas, 18 triunfos. La pelea era, además, un cruce de estilos, un choque de mundos.

 

El combate cumplió con creces las expectativas. Durante los primeros cinco asaltos, el trámite fue parejo, una batalla táctica en la que ambos mostraron destellos de su repertorio. Pero en el sexto round, Cruz tomó el control. Ajustó su estrategia, imprimió ritmo y agresividad, y comenzó a conectar golpes con precisión. Aunque no eran devastadores, lograron inclinar la balanza a su favor.

 

Soria, fiel a su apodo, fue pura bronca y entrega. Ni siquiera un profundo corte en el arco superciliar izquierdo en el décimo round pudo detenerlo. Aguantó de pie los 12 asaltos, lanzando golpes hasta el final, mientras el público rugía con cada intercambio. La decisión llegó en fallo dividido, coronando a Cruz como campeón, pero dejando en el corazón de los asistentes la imagen de un Soria indomable, un gladiador que nunca retrocedió.

 

El festival fue una obra maestra de organización. Colectivos especiales llegaron desde Trelew y otras localidades para engrosar la multitud. El gimnasio, convertido en un hervidero, fue testigo de una noche que no solo fue un hito para el boxeo regional, sino también un símbolo de la pasión deportiva de Puerto Madryn.

 

Para quienes estuvimos allí, fue mucho más que una pelea. Fue una celebración del deporte, un espectáculo que encendió la ciudad y dejó una huella imborrable. En mi caso, que apenas daba mis primeros pasos en el periodismo, fue un momento revelador, una de esas experiencias que definen una vocación. Treinta y cinco años después, la memoria de aquella noche sigue viva, resplandeciendo como una joya en el cofre de los recuerdos deportivos de la Patagonia.

 

 

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