Los desaforados y los violentos no son bienvenidos en la democracia
Por el Dr. Jorge F. Chialva.
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por REDACCIÓN CHUBUT 27/10/2026 - 20.18.hs
La República, el Estado de Derecho y la Libertad no se defienden con agravios, procacidades o groserías, sino con el acatamiento de la Ley y el irrestricto respeto por quienes piensan distinto. Las réplicas deben estar contenidas en el marco del disenso y la crítica, que bien pueden ser fuertes y decididas, pero respetuosas del contrincante.
Quienes tienen convicciones firmes, deben defenderlas con fuerza, ahínco y tesón. Pero aceptando que otros piensen distinto. Que tengan visiones diferentes y que impulsen políticas contrarias a sus creencias. No es posible ni admisible el agravio fácil y descalificador. Pues este es propio de los que no tienen apego por la Democracia, sino que van siempre detrás del insulto y el golpe, que no son propios de nuestro régimen constitucional.
Es más, la violencia -aun cuando no supere el grito y el insulto- no se compadece con los principios constitucionales que nos legaron nuestros antepasados, cuando pusieron fin a las sangrientas y desgastantes luchas internas, para darnos un régimen constitucional que sembrara la convivencia entre los argentinos.
Debemos entender que frente a la defensa y la firmeza de nuestras ideas está el respeto por la dignidad de quienes piensan diferente.
La intolerancia y el ataque artero y ultrajante no son propias de la República, sino que provienen y reinan en los regímenes autoritarios, donde prevalece la fuerza sobre el disenso, el insulto y los vejámenes sobre la sobriedad del debate inteligente, sagaz y agudo, pero también respetuoso del adversario ocasional.
La República, el Estado de Derecho y la Libertad no se defienden con las groserías y los insultos propios de la ignorancia y la ausencia de instrucción cívica, sino con el acatamiento de la Ley y el respeto por quienes piensan distinto. Las descalificaciones maliciosas, los gritos y las amenazas son propias de los regímenes dictatoriales.
Los argentinos tenemos una suerte de inclinación y facilidad para tropezar siempre con la misma piedra. Pero aún estamos a tiempo. Reflexionemos, abracemos el civismo y marchemos decididos en búsqueda de una convivencia sólida en el marco de las discrepancias, que siempre son positivas en la medida de su razonabilidad. Desechemos para siempre el insulto fácil y la agresividad intolerable. Valoremos el diálogo y el debate en búsqueda de mejores tiempos. Enterrando para siempre la violencia verbal, que es la enemiga de la armonía entre los conciudadanos. Basta de improperios, de insultos y descalificaciones. Al agravio respondamos con la réplica sana y sabia, no exenta de fuerza, pero respetuosa. La Patria nos lo exige y quienes nos sucedan nos lo van a agradecer.