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Carta del Lector

El impacto psicológico y social en los hibakusha, ochenta y un años después

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Hoy, aniversario de la bomba arrojada sobre Hiroshima. Aunque la genética no muestre transmisión de daño, el sufrimiento psicosocial atravesó generaciones. Durante décadas, los hibakusha (término japonés que significa ‘persona bombardeada’) y sus hijos enfrentaron discriminación en el matrimonio y el empleo por el temor a que transmitieran "defectos genéticos". Este estigma afectó más a las sobrevivientes mujeres que a los hombres. Nadie puede afirmar categóricamente que no hay ningún efecto sobre la segunda generación.

Hijos y nietos de hibakusha crecieron con relatos de pérdida, silencios familiares y, en muchos casos, el miedo constante a desarrollar cáncer o enfermedades "latentes".

 

Ese trauma se canalizó en un compromiso público con la paz. La labor de los propios hibakusha fue reconocida con el Premio Nobel de la Paz 2024 otorgado a Nihon Hidankyo, la confederación japonesa de organizaciones de sobrevivientes de las bombas atómicas y de hidrógeno.

Hoy 5 de agosto, se cumplen 81 años del estallido de la bomba sobre Hiroshima.


Las bombas dejaron una profunda herida emocional que atravesó varias generaciones. Entre los hibakusha fueron frecuentes trastorno por estrés postraumático, depresión, ansiedad crónica, culpa del superviviente, pesadillas durante décadas y miedo permanente a una nueva guerra nuclear.

 

Muchos niños crecieron viendo a sus padres sufrir enfermedades graves, cirugías repetidas y discriminación social.



Durante décadas numerosos hibakusha ocultaron haber estado en Hiroshima o Nagasaki, porque muchas personas creían erróneamente que eran contagiosos, que tendrían hijos con malformaciones y que morirían jóvenes.

 

Ello produjo dificultades para conseguir empleo, problemas para contraer matrimonio, aislamiento social y ocultamiento de su condición durante años. El trauma social fue gravísimo.

 

Transmisión del trauma entre generaciones

 

Aunque no se heredaran mutaciones visibles, se transmitieron experiencias traumáticas.

 

Muchos hijos y nietos describen haber crecido en familias donde predominaban el miedo constante, el silencio sobre la guerra, la ansiedad ante cualquier conflicto internacional y una fuerte educación pacifista.

 

En psicología esto suele denominarse transmisión intergeneracional del trauma. No implica una herencia biológica del daño, sino la influencia de experiencias familiares sobre las siguientes generaciones.

 

Influencia mundial

 

Las imágenes de Hiroshima y Nagasaki transformaron la percepción de la guerra.

 

Desde entonces surgieron movimientos internacionales por el desarme nuclear, la prohibición de ensayos atmosféricos, la asistencia a las víctimas de la radiación, la educación para la paz y la cooperación internacional en materia de protección radiológica.

 

El testimonio de los hibakusha desempeñó un papel decisivo en la creación de una conciencia global sobre las consecuencias humanitarias de las armas nucleares. Conciencia que al día de hoy parece decrecer, al menos entre muchos líderes políticos que enarbolan la posibilidad de su uso para obtener los objetivos que persiguen.

 

Desde una perspectiva de salud pública, Hiroshima y Nagasaki enseñan que una explosión nuclear produce efectos que van mucho más allá de las víctimas inmediatas, destrucción total del sistema sanitario, secuelas médicas durante toda la vida, incremento de determinados cánceres, enormes costos humanos y económicos, trauma psicológico persistente y consecuencias sociales que duran generaciones.

 

Al mismo tiempo, la investigación científica realizada durante más de siete décadas ha permitido una conclusión importante: los efectos hereditarios en los descendientes de los sobrevivientes han resultado mucho menores de lo que inicialmente se temía, mientras que las secuelas psicológicas, sociales y culturales han demostrado ser extraordinariamente intensas, profundas y duraderas.

 

En conjunto, el legado de Hiroshima y Nagasaki no se limita a la historia militar. Constituye también una de las mayores lecciones de la medicina, la epidemiología, la psicología y la salud pública sobre las consecuencias de las armas nucleares y sobre la necesidad de prevenir que un episodio semejante vuelva a repetirse.

 

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