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El zonal del valle

De fierros y otras historias

Desde los nueve años comenzó a conocer muy de cerca todo tipo de herramientas y a pesar de haber sido chofer durante mucho tiempo, su pasión fue y  siguen siendo los fierros. A pesar de haber cumplido 92 años, Juan Carlos tiene un viejo vehículo para “despuntar” el vicio como dice su hija Mónica.

por REDACCIÓN CHUBUT 17/05/2017 - 17.25.hs

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JUAN CARLOS CRESPO
Yo nací en Viedma,  territorio de Río Negro el 29 de Abril de 1925,  “… que es el día de los animales, fortaleza tiene porque soy de tauro…” dice Juan Carlos. 
Mi padre, José María Crespo, era ferroviario y ejercía su trabajo como telegrafista en esa ciudad, después le aumentaron su categoría y lo nombraron jefe de estación, y fue a trabajar a San Antonino Oeste. El, junto a mi madre Herminia, ya tenían parte de la familia; algunos de mis hermanos habían nacido en Viedma y otros en  Patagones . Eramos nueve, mi hermana mayor (fallecida), Marta, Lela, Coca, Alfredo, Rubén Alejandrino, yo, Tila y  Cacho. Mi mamá y mis hermanas fueron amas de casa, en ese tiempo los viejos de antes no querían que la familia trabaje. Mi viejo tenía un sueldito de 70 u 80 pesos y en aquellos años mantenía a toda la familia, gracias a Dios nos ayudó la suerte. Alcanzamos a estudiar, yo hice hasta quinto grado, aprendí a leer bastante bien y hacer cuentas, en eso soy bastante bueno.
Cuando a mi padre lo trasladaron a Bariloche, se encargaba de encomiendas y cargas que llegaban desde Pilcaniyeu lugar donde se hacía el trasbordo de gente y mercadería con coches grandes, de siete asientos, Lincoln, Cadillac coches de lujo.

 

AÑOS DE ESCUELA PRIMARIA Y SU PRIMER “CONTACTO” CON LAS HERRAMIENTAS A LOS NUEVE AÑOS
En la escuela teníamos una maestra en tercer grado; Alicia Alcaraz de Jara, que  era la más bravita que había tenido. 
No recuerdo bien en que año se trasladó la familia a la nueva estación de Bariloche  ya cuando habían hecho las estaciones.   Cada estación de Bariloche  a  la estación nueva  había 16 leguas, de allí fui un año a caballo con uno de mis hermanos  a la escuela Francisco P. Moreno, salíamos siete y media, y a las doce volvíamos. A los nueve años retornamos a Bariloche a vivir a una casa que mi padre había alquilado pero él siguió trabajando en la estación que quedaba a 90 kilómetros de allí.
Mi padre se entrevistó con el jefe de movilidad de parques nacionales, porque ellos tenían una empresa, y consiguió que yo fuera a la tarde al taller, lugar donde tenían todos los camiones, tractores y maquinaria que usaban, para que aprendiera un oficio. Comencé a los 9 años, estuve hasta los 16. Mis primeros años  en parque, era juntar todas la herramientas, limpiarlas y colgarlas en los tableros y limpiar block de motores. Allí aprendí mucha mecánica y  a manejar en esos caminos. Los muchachos me enseñaron a manejar porque yo les limpiaba las camionetas cuando llegaban de viaje, me decían “con cunita,” me daban un peso cada uno cuando cobraban. 
Cuando salí de parques nacionales entré una empresa de YPF  para hacer perforaciones en un paraje que se llama Newbwry. Allí empecé a trabajar como chofer con ellos. Se encargaban de toda la explotación, entre las tres compañías que había, la más chica  era donde trabajaban los geólogos que salían a recorrer el campo para buscar fósiles, y necesitaban un chofer mecánico, en aquellos tiempos tenía 17 años y el trabajo me calzó justo porque era mecánico y buen chofer. Entonces,  me sacaron para la comisión 51, era el geólogo, un caballerizo, un cocinero, dos peones y yo que era el chofer de la unidad que los transportaba cuando los llevaba a la cordillera. Tenía un camioncito parecido al 350 y un acoplado donde cabían dos caballos uno para el geólogo y otro para el caballerizo. Yo los llevaba,  bajábamos los caballos y ellos se iban a recorrer, yo los esperaba hasta el mediodía, que volvían. 

 

SU TIEMPO EN EL EJERCITO
En enero del  año 1945 me incorporé al Ejército y salí casi sobre 1947. Me mandaron a revisación en Bahía Blanca, éramos 2000 soldaditos, de todos lados, La Pampa, Río Negro, dormíamos en la plaza, nos hacían sentar en el piso, espalda con espalda y nos traían un plato con comida. Blaseti, Acuña, Rodrigo, son algunos de los amigos que me acuerdo. 
Luego  me incorporaron en artillería de montaña casi un año y medio, era artillero en Bariloche. Después de los primeros tres meses de instrucción donde lo amansaban a uno, lo hacían ablandar los huesos, cuerpo a tierra, carrera marcha, hacer práctica de tiro con un cañoncito, 7 5 le decían porque la bala era de 7 pulgadas y 5 de diámetros haciendo puntería;  me llevaron como chofer del mayor Noalles del Ejército, no tenía mucho trabajo salvo llevarlo de la casa al regimiento y llevar a su hijo a Bariloche a pasear. 
A la mitad de estar incorporado al ejército llega orden de trasladar el regimiento (AL 7) a Zapala como allí no había nada que hacer, el mayor me decía bueno Crespo se va al taller de Arturo Cruce, a quien le decían el indio rubio, era corredor de autos de carrera en esos años; tenía grandes mecánicos y grandes chapistas en el taller. Yo me incliné por la soldadura y el chaperío. Rogelio era el chapista que me enseñó a trabajar, era carrocero, hacia todo a mano porque en esos años, no se ponían piezas nuevas, había que enderezar, planchar, cortar, hacer un parche nuevo en chapa, todo a martillo.

 

SU VUELTA AL TRABAJO 
Después que termine el servicio militar, durante el año 1948 me casé con Olga Cejas. Tuvimos seis hijos, Carlos Enrique (Quique), Oscar Daniel (Negro), Hugo Orlando (Tito), José Mario, Alicia y Mónica.  
Ese mismo año, me incorporé nuevamente a YPF, mientras estuve incorporado YPF me pago medio sueldo, todos los meses me giraba $ 70, era un soldado millonario (ríe). Seguí trabajando pero en otra comisión, la 54, que esa era la que estaba en la explotación de los yacimientos carboníferos en Newbery, la misma empresa de YPF se dedicaba a la explotación de carbón en esos años. Llevaba a las 4,00 de la mañana a 100 hombres a los yacimientos, volvía al campamento, y los buscaba a las 12,30 horas.
Después nos trasladaron a Esquel y me instruyeron para manejar un equipo de  perforación. Trabaje haciendo perforaciones en Pico Quemado, las Vallas, Cholila, Rio Mayo.

 

UNA FAMILIA QUE EMPEZABA A FORMARSE Y LA NECESIDAD DE CAMBIAR DE EMPLEO
Después de estar en Esquel, en el año 1950, llegó una orden de trasladar el campamento a Rio Turbio, yo renuncio, porque recién  había nacido mi primer hijo Quique, y allí no había nada, era un desierto porque fue cuando recién comenzaban los yacimientos de explotación del carbón,  lo que se usaba tanto en esos años.
Entonces me incorporé en una empresa de transportes de colectivos llamada “Paredes Hnos.”, hacían viajes de Esquel a Ingeniero  Jacobacci y de Esquel a Gobernador Costa. Allí trabajaba haciendo el mantenimiento de soldadura y chapa en los colectivos. Con el tiempo, me independice, hice una sociedad con un galleguito (Josecito) que era mecánico de la empresa. El se instaló en la mitad de un galpón  que hicimos de 35 por 15 de ancho. Mientras, yo vivía en una parte del galpón grande de la empresa “Paredes  Hnos.”  donde guardaban los colectivos.  
De a poco fui construyendo la casa para mi familia, hacía cambio de trabajo de chapa y pintura por mano de obra de albañilería.
Tiempo después mi  socio murió en un accidente y vendí  el taller y se repartió mitad para la señora de mi socio y mitad para mí. Entonces empecé a trabajar en un galponcito que tenía hecho en casa con mi oficio de chapa y pintura.
Además tenía dos camiones, uno grande con un tanque de 17.000 litros y otro de 10.000, y cuando llegó una empresa de Buenos Aires para hacer el Dique Futaleufú, me contrataron para hacer el acarreo del agua de rio a los campamentos. Ahí fui a trabajar con mis hijos Quique, el Negro y Tito que ya eran adolescentes, hasta que terminó la obra.
A medida que se iba perforando el túnel se hacían arcos de cemento y hierro que teníamos que regarlos a los tres días. Entonces, yo instale una bomba en uno de los camiones  y uno de mis hijos más chicos fue el encargado de  humedecer todos  los arcos y los puentes que se iban haciendo en la ruta nueva de asfalto desde Trevelin hasta Futaleufú donde  se hicieron varios puentes porque había varios arroyitos.  

 

SU TRASLADO AL VALLE
Cuando se terminó el Dique se instalaron muchos muchachos que habían venido del norte con talleres. Como ya había poco trabajo decidimos venir a vivir a Gaiman, en el año 1975 ó 1976.
Cuando llegué, le alquile un galpón a Weise y trabajaba haciendo chapa y pintura. Vivíamos en la casa en la que actualmente estamos, la compramos en  $15,000.
Después instalamos una carpa con el compresor y la soldadora y hacíamos chapa y pintura, a los vecinos no les gustaba nada porque parecíamos gitanos en la calle, pero así empezamos. Con el tiempo construí el galpón junto a Quique y Tito. Fui el primero en Gaiman en hacer esos trabajos; y nos fuimos haciendo conocidos. Quique hacia pintura, y Tito aprendió el trabajo de chapista muy bien, era mi ayudante. Como él, aprendieron varios chicos que teníamos enseñando en esa época. Hasta el día de hoy sigo haciendo trabajos de mecánica en el patio de mi casa, tengo mi equipo de herramientas, aunque últimamente estoy mirando muchas novelas pero no me ayudan a nada (se ríe).

 

EL DESTINO LO LLEVO A CONOCER A JUANA  
Juan Carlos cuenta…”Juana nos repartía leche, manteca y crema, vivía en una chacra, siempre venia al taller a que le arreglara el auto. Conocía a mi mujer hacía mucho tiempo, después que yo enviude, a los dos años, nos arreglamos con Juanita, ella estaba viuda hacia nueve años. Ella me decía el tiempo cura, todo pasa. Ya hace 30 años que estamos juntos. De aguante soy, es brava la alemana (se ríe). Estaremos así hasta que la muerte nos separe.
Pero esa es otra historia.
Andrea Carina Pugh.

 

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