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Murió Yayoi Kusama: la artista que convirtió sus obsesiones en un universo infinito

La artista japonesa, conocida como la “reina de los lunares”, murió a los 97 años en Tokio. Sus visiones, sus redes infinitas, sus espejos y sus calabazas construyeron uno de los lenguajes más reconocibles del arte contemporáneo.

por REDACCIÓN CHUBUT 27/08/2026 - 08.47.hs

Yayoi Kusama murió el 14 de agosto de 2026, a los 97 años, en un hospital de Tokio. La noticia fue confirmada este jueves por su estudio y por el Museo Yayoi Kusama. Según el comunicado oficial, la artista continuó pintando hasta sus últimos días y mantuvo hasta el final una búsqueda artística ligada al amor y al alma eterna.

Con su partida desaparece una de las figuras más singulares del arte contemporáneo, pero queda un universo difícil de confundir: millones de puntos, redes que parecen no terminar nunca, habitaciones de espejos, calabazas amarillas y superficies en las que los límites entre el cuerpo, el espacio y el infinito parecen desaparecer.



Del miedo a la creación

Kusama comenzó a experimentar visiones desde niña. En una de ellas, las flores comenzaron a hablarle. Aquellas experiencias, que durante años formaron parte de una vida atravesada por el miedo y la ansiedad, terminaron convirtiéndose en materia prima para su obra. Los puntos, las redes y la repetición obsesiva no fueron simplemente una elección estética. Para Kusama eran una forma de representar aquello que veía y, al mismo tiempo, de enfrentarse a sus propios temores.



“Dibujaba para poder documentar todo lo que veía allí”, explicó en su autobiografía La red infinita.

 

Su producción artística se convirtió así en una manera de transformar una experiencia íntima en algo colectivo. Lo que para ella podía resultar perturbador terminó generando fascinación en millones de personas.

De Japón a Nueva York

Nacida en Matsumoto, Japón, en 1929, Kusama creció en una familia que no veía con buenos ojos su vocación artística. Su madre llegó a destruir sus pinturas y durante años intentó impedir que desarrollara su carrera. Pero Kusama insistió. Inspirada por artistas como Georgia O’Keeffe, decidió abandonar Japón y viajar a Estados Unidos. En 1957 llegó a Seattle y poco después se instaló en Nueva York, donde comenzó a construir una obra que rompía con las categorías tradicionales.

Allí creó sus grandes redes monocromáticas, cubrió superficies enteras con patrones repetitivos y comenzó a desarrollar las formas que luego se convertirían en su sello.

En sus obras, la repetición no tenía un final claro. Un punto llevaba a otro punto. Una red se extendía sobre otra. El espacio parecía multiplicarse hasta borrar la presencia individual.

Lunares, cuerpos y provocación

Durante la década de 1960, Kusama llevó sus obsesiones fuera de los lienzos. Organizó performances, happenings y acciones públicas en las que utilizó cuerpos desnudos, pintura y lunares.

También desarrolló las llamadas “esculturas blandas”, objetos cubiertos de formas fálicas que utilizaba para explorar su relación con el miedo y el rechazo hacia la sexualidad.

Su trabajo comenzó a dialogar con artistas como Andy Warhol y Claes Oldenburg. Kusama llegó a considerar que algunas de sus ideas habían sido tomadas por otros artistas de la escena neoyorquina.

La rivalidad con Warhol fue especialmente intensa. “Éramos como los cabecillas de dos bandas rivales”, escribió años después.

El infinito como obra

En la segunda mitad de los años sesenta aparecieron algunas de sus obras más emblemáticas: las Infinity Mirror Rooms, instalaciones en las que espejos y luces multiplicaban el espacio hasta crear la sensación de estar frente a un universo sin límites.

En 1966 presentó también Narcissus Garden en la Bienal de Venecia, una instalación formada por cientos de esferas espejadas que convirtió el reflejo en parte central de la experiencia.

A partir de entonces, la idea del infinito se volvió inseparable de su nombre.

Décadas más tarde, esas instalaciones inmersivas se convertirían en uno de los fenómenos culturales más reconocibles del mundo del arte.



Una artista que siguió creando

En 1973 Kusama regresó a Japón. Dos años después ingresó voluntariamente en un hospital psiquiátrico de Tokio, donde continuó escribiendo y produciendo arte desde un estudio cercano. Su trayectoria no se detuvo. Pintura, escultura, instalaciones, performance, literatura y poesía formaron parte de una producción que atravesó casi un siglo. En 2017, Tokio inauguró el Museo Yayoi Kusama, dedicado a su obra.

Su reconocimiento internacional también creció con los años. Sus obras llegaron a instituciones y museos de todo el mundo, mientras sus instalaciones de espejos comenzaron a atraer largas filas de visitantes.

En Buenos Aires, su exposición Obsesión infinita, presentada en el MALBA en 2013, se convirtió durante años en una de las muestras más visitadas de la institución.

El legado de Yayoi Kusama

Kusama consiguió algo poco frecuente: transformar una experiencia profundamente personal en un lenguaje universal. Sus lunares dejaron de ser solamente lunares. Sus redes dejaron de ser solamente redes. Sus espejos dejaron de reflejar solamente al espectador.

Todo en su obra parece hablar de una misma pregunta: ¿qué ocurre cuando los límites entre nosotros y el mundo comienzan a desaparecer? Durante décadas, Kusama respondió con repetición, color, luz y movimiento.

 

Murió a los 97 años, pero su universo continúa expandiéndose. Como si cada punto fuera apenas el comienzo de otro y cada espejo devolviera una nueva versión de aquello que todavía no termina. Su estudio confirmó que siguió pintando hasta sus últimos días. Y quizás esa sea una de las imágenes más precisas para despedirla: Yayoi Kusama frente a una nueva superficie, todavía creando, todavía buscando el infinito.

 

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