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Por Carlos Dante Ferrari

La mujer galesa 

Un enfoque abarcador acerca de la colonización galesa en el Chubut sería incompleto si no nos detuviéramos a considerar el importantísimo desempeño que cumplieron las mujeres en ese proceso histórico. 

por REDACCIÓN CHUBUT 13/03/2019 - 14.01.hs

Debemos recordar que en la segunda mitad del siglo XIX la mujer ocupaba un lugar preponderante en la vida familiar; sus principales responsabilidades estaban referidas a la atención del hogar y a los roles de madre y esposa. Los hombres, por su parte, tenían a su cargo las tareas de esfuerzo físico, las relaciones sociales y la toma de decisiones vinculadas a la organización del grupo familiar. Pero en los hechos, este esquema aparentemente rígido no funcionaba tan así. Mucho nos equivocaríamos si pensáramos que la mujer galesa se limitó a un rol pasivo, de simple acompañante. Por el contrario, ellas tuvieron un papel fundamental en variados aspectos e importantes tramos de la gesta colonizadora.
Para comenzar, imaginemos las condiciones tan precarias en que debieron afrontar la maternidad, trayendo a sus hijos al mundo sin otro auxilio que el de otras mujeres que oficiaban de parteras. En su obra “Semblanzas de luna”, Arié Lloyd de Lewis ha efectuado una excelente tarea de recopilación acerca del valiosísimo aporte de tantas mujeres que asumieron ese rol a lo largo de la historia de la colonia. Como si fuera un signo, también fue mujer la primera criatura nacida pocos días después del desembarco. Se trataba de María Elizabeth Humphreys, que llegó el 10 de agosto de 1865, hija de Elizabeth Harriet Adams y de Morris Humphreys. María nació en el campamento de Bahía Nueva y su padre recibió la noticia mientras estaba en el campo, camino hacia la ribera chubutense.
También era mujer una de las primeras vidas que se cobró esta tierra, el 20 de agosto de 1865. Se trataba de Catherine Roberts Davies, de Llandrillo; tenía solo 38 años, había perdido un hijo de 11 meses en el viaje del Mimosa y su viudo quedó con dos pequeños hijos varones. Fue sepultada en Punta Cuevas.
Las mujeres fueron las primeras en sufrir las consecuencias de enfrentar a un territorio agreste y desconocido. El mismo día del desembarco, un grupo de ellas tuvo a su cargo la tarea de salir a buscar agua. Un peón les había indicado la existencia de una laguna detrás de una loma, a unos 5 kilómetros de Punta Cuevas. Las mujeres juntaron recipientes y se lanzaron a pie por la meseta desconocida. Lograron llegar a la laguna cuando ya caía el sol. Pronto la oscuridad las envolvió por completo y no encontraron el camino de regreso, de modo que debieron permanecer allí, al amparo de un barranco, ateridas de frío y de miedo, hasta el día siguiente.
Cuando los colonos decidieron trasladarse hacia lo que es hoy Rawson, le encargaron al capitán Woods, a cargo del “Mary Hellen”, una nave contratada por Lewis Jones, que trasladara hasta la boca del río a las mujeres y los niños. La mayoría se embarcó, mientras un pequeño grupo optó en cambio por atreverse a la caminata. Ambos grupos sufrieron distintas vicisitudes. Después de 14 días de haberse embarcado, no había ninguna noticia de las mujeres a bordo del Mary Hellen. Los hombres —hijos y esposos que las aguardaban en Rawson— cayeron en la desesperación. Finalmente, después de más de dos semanas y cuando ya parecían haberse perdido todas las esperanzas, el barco llegó a destino. Según ellas mismas contaron luego, habían pasado hambre y toda clase de peripecias a bordo; entre otras, la de haber permanecido bajo cubierta durante ocho días debido a una tormenta, casi sin poder alimentarse ni contar con agua caliente. Se dice que el capitán Woods habría aprovechado la excusa de la tormenta para ir hasta la zona del Cabo Dos Bahías, interesado en explorar los depósitos de guano. De más está decir que Woods se salvó por muy poco de caer bajo la justificada furia de los colonos. 
Las mujeres que optaron por la caminata fueron la Sra. de Davies, Dyffryn Dreiniog, la Sra. de John Jones, la Sra. Evans y sus dos hijos y cinco jovencitas. Todas ellas fueron acompañadas por John Jones, Daniel Evans y Thomas Awstin. Según cuenta Richard Jones, Glyn Du, solo tenían un pequeño cántaro de agua para cruzar los 50 kilómetros de meseta. Iban arreando algunos animales, entre ellos, dos casales de cerdos. Casi sin alimentos, tuvieron la fortuna de encontrar un nidal con 21 huevos de avestruz, que les proporcionaron comida suficiente para ese viaje de casi 5 días.
También se le atribuye a una mujer —Rachel Evans— haberle sugerido a su esposo Aaron Jenkins que abriera un canal desde el río para regar su cuadro de trigo, como ya hemos comentado; un hecho que fue el disparador del sistema de riego por canales en nuestro valle.
Cuando comenzó la Campaña al Desierto y muchos aborígenes fueron apresados y conducidos a Patagones, una delegación de las mujeres más destacadas de la colonia hizo entrega de un petitorio al Gral. Winter, el 20 de julio de 1883.  Esa carta tenía por objeto solicitar al Ejército que tuvieran contemplación con los llamados “hermanos del desierto”. Entre otros párrafos, el pedido expresaba: “como viejos conocidos de los aborígenes de esta zona rogamos vuestra clemencia” (…) Agregaba luego: “expresamos nuestra esperanza de que podáis mostrar hacia ellos toda la benevolencia y amparo que permita vuestro deber (…) aprovechamos la oportunidad de declarar que hemos recibido mucha ayuda de ellos desde que se estableció la Colonia y no sentimos nunca, entre ellos, el menor temor por nuestra seguridad. En realidad los indios fueron un muro de seguridad y amparo para nosotros (…)” decía, entre otros párrafos, esta petición que no fue escuchada.
Una de las mujeres más destacadas de la colonia fue la hija de Lewis Jones, Eluned Morgan. Nació en alta mar a la altura del Golfo de Vizcaya a bordo del Barco “Myfanwy” cuando viajaba desde Gran Bretaña hacia Puerto Madryn. De allí su nombre “Morgan”, que significa «nacida en el mar”. Periodista, escritora y docente, tuvo un notable desempeño en la cultura regional. A ella le dedicaremos un espacio especial más adelante.
Es esta una buena ocasión para recordar algunas mujeres galesas destacadas que pudimos conocer y admirar en vida. Nadie ignora, por ejemplo, el valiosísimo aporte a la literatura regional dejado por Irma Hughes de Jones, probablemente la poeta mayor de nuestra provincia. Irma obtuvo siete sillones bárdicos y realizó tareas de rescate documental y varias traducciones, además de dirigir durante años el periódico Y Drafod. 
También recordamos a nuestra querida Gweneira Davies de González Quevedo por su tarea docente, sus traducciones, su actividad cultural y su destacable participación en los Eisteddfodau locales y de Gales.
Del mismo modo, no podríamos dejar de mencionar a Tegai Roberts por su tarea de rescate cultural al frente del Museo Regional de Gaiman —del que fue promotora y directora durante más de 50 años— y cuya labor es reconocida a nivel internacional.
Muchas otras mujeres tuvieron roles protagónicos, algunas de ellas de manera casi anónima. Por algo el gran escultor Luis Perlotti, cuando fue convocado para esculpir una estatua en homenaje a la gesta galesa en Puerto Madryn, eligió hacerlo, como lo expresa en forma textual el contrato, con “…una figura central de mujer, de 3 m de altura, con sus paños movidos por el viento, que representa el espíritu de la abnegada acción de este grupo de colonizadores…”
Mujeres galesas. Nobles y abnegadas. Todas ellas perduran en nuestra memoria colectiva y de uno u otro modo, ya se han ganado una porción de Eternidad.
(Este artículo integró una serie de notas efectuadas por el autor para un ciclo radial emitido por LU20, Radio Chubut, entre febrero y julio de 2015, con motivo del Sesquicentenario de la llegada al Golfo Nuevo del primer contingente de inmigrantes galeses en el Chubut, en julio de 1865.)

 

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