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Bárbara Curulaf

Nana para una mujer que calma y protege

Por REDACCIÓN CHUBUT

¿Quién no necesita que alguien, en muchas circunstancias, le recuerde el valor de las cosas sólo con un gesto?
¿Quién no quiere que lo cuiden? ¿Cuántos permitimos que nos cuiden? 
Ella es de las que cuidan. Te abraza y quiere que estés cómodo. Está cerca pero no invade. El sigilo en su estar podría llevar a pensar que el lugar está vacío… pero ella está, se siente. Para ella nada es demasiado pero no es inconformista, sino que ama todo lo que está dispuesto para ser descubierto. Quiere conocer el mundo tanto como se conoce a ella misma. 
Durante el tiempo en el que compartimos muchas mañanas, cada uno atendía sus tareas sin descuidar al otro. Y es eso lo que, siento, nos mantuvo y mantiene unidos. La recuerdo en muchas situaciones, pero la imagen que predomina en mi cabeza mientras escribo estas palabras, es la suya sentada cerca de una esquina –accesible pero no en el medio de la escena- avanzando sobre una lectura. Conociendo un poco de su historia (y sin siquiera pensar que es necesario escuchar ese relato para leer su esencia), ese retrato podía dialogar con los otros cuadros que representan su vida y dar fe de su autenticidad, voluntad y sentido del otro. Entre línea y línea me cuidaba y cuidaba todo lo que pasaba a su alrededor. Cuidaba el silencio y su esfuerzo, cuidaba el sonido de cada letra y la maravillosa aventura que lograban contar; cuidaba su lugar y todo lo que pudo crear.    
Su tranquilidad y su andar seguro, le permiten avanzar. Y avanza atenta, sin pausa, considerando a todos aquellos que caminan a su lado, a los que caminaron y me aventuro a decir que, incluso, a los que quisieron aminorar su marcha. Cada paso, vale. Porque el paso es la simbolización de sus valores, el aliento para continuar y permanecer y nunca para dudar o para temer, nunca para resignarse y decir: “Suficiente, hasta acá llego”. (Y esto no niega que lo sucedido está arraigado en ella como su logro vital, ese que jamás la dejará rendirse). 
Es un alma agradecida en su estado puro. Es Bárbara Curulaf. Es la mamá de Silvia, Antonella y Lucas; es la señora que trabaja en el Honorable Concejo Deliberante de Gaiman, aquella mujer que siempre tiene un café esperándote. Es mi amiga. Pero, ante todo, es Barby: una mujer incansable, virtuosa, generosa y llena de coraje; una mujer que confía en que la felicidad está ahí, acompañándola y esperándola en su próximo paso. 
Santiago Palacios Zampini.

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Bárbara Curulaf

Nana para una mujer que calma y protege

¿Quién no necesita que alguien, en muchas circunstancias, le recuerde el valor de las cosas sólo con un gesto?
¿Quién no quiere que lo cuiden? ¿Cuántos permitimos que nos cuiden? 
Ella es de las que cuidan. Te abraza y quiere que estés cómodo. Está cerca pero no invade. El sigilo en su estar podría llevar a pensar que el lugar está vacío… pero ella está, se siente. Para ella nada es demasiado pero no es inconformista, sino que ama todo lo que está dispuesto para ser descubierto. Quiere conocer el mundo tanto como se conoce a ella misma. 
Durante el tiempo en el que compartimos muchas mañanas, cada uno atendía sus tareas sin descuidar al otro. Y es eso lo que, siento, nos mantuvo y mantiene unidos. La recuerdo en muchas situaciones, pero la imagen que predomina en mi cabeza mientras escribo estas palabras, es la suya sentada cerca de una esquina –accesible pero no en el medio de la escena- avanzando sobre una lectura. Conociendo un poco de su historia (y sin siquiera pensar que es necesario escuchar ese relato para leer su esencia), ese retrato podía dialogar con los otros cuadros que representan su vida y dar fe de su autenticidad, voluntad y sentido del otro. Entre línea y línea me cuidaba y cuidaba todo lo que pasaba a su alrededor. Cuidaba el silencio y su esfuerzo, cuidaba el sonido de cada letra y la maravillosa aventura que lograban contar; cuidaba su lugar y todo lo que pudo crear.    
Su tranquilidad y su andar seguro, le permiten avanzar. Y avanza atenta, sin pausa, considerando a todos aquellos que caminan a su lado, a los que caminaron y me aventuro a decir que, incluso, a los que quisieron aminorar su marcha. Cada paso, vale. Porque el paso es la simbolización de sus valores, el aliento para continuar y permanecer y nunca para dudar o para temer, nunca para resignarse y decir: “Suficiente, hasta acá llego”. (Y esto no niega que lo sucedido está arraigado en ella como su logro vital, ese que jamás la dejará rendirse). 
Es un alma agradecida en su estado puro. Es Bárbara Curulaf. Es la mamá de Silvia, Antonella y Lucas; es la señora que trabaja en el Honorable Concejo Deliberante de Gaiman, aquella mujer que siempre tiene un café esperándote. Es mi amiga. Pero, ante todo, es Barby: una mujer incansable, virtuosa, generosa y llena de coraje; una mujer que confía en que la felicidad está ahí, acompañándola y esperándola en su próximo paso. 
Santiago Palacios Zampini.

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