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Hacía fuego bajo un árbol para preparar la leche a los alumnos

Nacenciana Sifuentes nació el 28 de julio de 1930 pero, como ocurría por esos años, la inscribieron en 1935. En sus documentaciones figura que cumplió 85 años en 2020, pero en realidad cumplió 90 años.

 

Es una de las vecinas de mayor edad de Las Plumas, pueblo en el que vive desde 1957 y donde trabajó en todas las instituciones, y se jubiló como portera de la Escuela 77, donde trabajó durante 30 años.

 

Trabajó como cocinera, lavaba. planchaba y limpiaba. Y recuerda la historia de cada lugar en el que estuvo: Hospital, Hotel y hasta en la capilla. “¿Quién no me conoce acá? ¡Todos me conocen!”, dijo con alegría, porque el mayor capital que le ha quedado en tantos años de trabajo es que “la gente me conozca, me quieran y me vengan a visitar, todos me saludan”.

 

La abuela fue entrevistada en el año 2018 por el grupo de alumnos de 6to grado de la Escuela 77, como parte de un proyecto encabezado por la docente Silvina Iren, que incluso fue presentado en una de las Ferias de Ciencias.

 

El proyecto educativo, llamado “Escritores al rescate”, tenía como objetivo recopilar la historia de Las Plumas a través del relato oral, con vecinos y vecinas de la localidad. Se pudo entrevistar a varios adultos mayores para que cuenten la historia del pueblo.

 

También entrevistaron a Bristela Troncoso, Manuela Quidulef, Luis Leonett, a los abuelos del Centro de Jubilados de Las Plumas, y a Manuel Llanquileo, que falleció en 2019. Y el relato de Nanceciana, la portera de la escuela, cuyo testimonio fue compartido con diario EL CHUBUT.

 

 

DE ARCILLA Y CHILCA

 

En el testimonio brindado, Nanceciana evocó al pueblo y a la Escuela 77, “chiquita, construida con arcilla y chilca”, describió. “Yo me casé y de Sarmiento me vine acá a Las Plumas, llegué en el año 1957. Empecé a trabajar por todos lados. Trabajaba en Hotel, en el Hospital, en todos lados. No sé cómo hacía, pero trabajaba en todos lados, hasta que me ocuparon en la Escuela.

 

“La Escuela era de arcilla y de chilca; y el comedor tenía piso de botella, chiquito, todo de adobe.

“Yo me la pasé trabajando. Cocinaba con leña, abajo de los árboles, usaba astillas para hacer fuego y prepararles la leche a los chicos. Cocinaba para un montón” de chicos, recordó.

 

LOS VIAJES A LA CORDILLERA

 

En Las Plumas de la década del ´60, “no había nada. Yo solía juntar de la basura para hacerles comida a los chicos. Yo era portera, estaba sola, cocinaba y limpiaba para los chicos, que a veces venían a comer con sus mamás”, contó sobre aquellos años.

 

Dijo que por un tiempo dejó de trabajar, porque ganaba poco y tenía que hacer mucho esfuerzo. Vivía en la zona donde está actualmente el tanque, y “me venía desde allá arriba con los chicos. A veces cuando helaba, pasábamos por los zanjones llenos de agua.

“Yo vi la escuela cuando empezó a hacerse, cuando se construyeron las aulas y el salón. Siempre me acuerdo de Hugo Ramírez, mi compañero, me ayudaba en todo, no me olvido de él. Me ha ayudado mucho mucho, cómo hacer todas las cosas y que salgan bien”.

 

Recordó con mucha alegría que, como portera de la escuela, los alumnos pedían que Nacenciana viaje con ellos cuando se realizaban viajes de estudio o recreativos a la Cordillera: “Los chicos pedían que yo los acompañara y que fuera con ellos. Bueno, hoy muchos de esos chicos ya son abuelos y pedían que yo fuera en sus viajes de estudio.

“Hasta el día de hoy se acuerdan bien de mi. Y yo también me acuerdo de ellos. Pedían para llevarme y yo viajaba con ellos, feliz y contenta”, narró.

 

BOTELLAS Y TRACTOR

 

Otro de los trabajos que recuerda es cuando se desempeñó en lo que es hoy el Hospital Rural de Las Plumas. Cuando ella llegó al pueblo, “era una Enfermería, todo lleno de botellas. Ahí conocí al papá del enfermero Julio Berwyn y yo siempre me acuerdo de cómo era pobre el Hospital. Había una mesa rústica que cuando la limpiaba me clavaba las espinas.

“He pasado de todo y gracias a Dios estoy bien”, dijo la abuela.

También recordó que cuando crecía el Río Chubut “me iban a buscar en tractor a mi y a mis hijos para llevarme a la escuela. Yo estaba en la loma, donde está el tanque ahora”.

En cuanto al trabajo en “El Viejo Hotel”, edificio que tiene más de cien años, Nacenciana se desempeñó cuando estaba a cargo del mismo la familia Bence: “Me fueron a buscar para trabajar y yo decía ¿No hay otras mujeres que siempre me ocupan a mi?”. Bueno, ahí lavaba y planchaba, era mucama.  Hasta en la iglesia trabajé. Por todos lados he trabajado.

“Por éso soy feliz ahora de que se acuerden de mí, que me visiten y me saluden, porque todos me conocen en Las Plumas”, dijo.

Actualmente vive con ella su nieto Leonardo, hijo de Javier Pintihueque, uno de sus siete hijos. Todos los hijos de Nacenciana viven en Trelew, los otros seis son Dora, Mercedes, Rita, Marta, Amelia y Mario.

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Hacía fuego bajo un árbol para preparar la leche a los alumnos

Nacenciana Sifuentes nació el 28 de julio de 1930 pero, como ocurría por esos años, la inscribieron en 1935. En sus documentaciones figura que cumplió 85 años en 2020, pero en realidad cumplió 90 años.

 

Es una de las vecinas de mayor edad de Las Plumas, pueblo en el que vive desde 1957 y donde trabajó en todas las instituciones, y se jubiló como portera de la Escuela 77, donde trabajó durante 30 años.

 

Trabajó como cocinera, lavaba. planchaba y limpiaba. Y recuerda la historia de cada lugar en el que estuvo: Hospital, Hotel y hasta en la capilla. “¿Quién no me conoce acá? ¡Todos me conocen!”, dijo con alegría, porque el mayor capital que le ha quedado en tantos años de trabajo es que “la gente me conozca, me quieran y me vengan a visitar, todos me saludan”.

 

La abuela fue entrevistada en el año 2018 por el grupo de alumnos de 6to grado de la Escuela 77, como parte de un proyecto encabezado por la docente Silvina Iren, que incluso fue presentado en una de las Ferias de Ciencias.

 

El proyecto educativo, llamado “Escritores al rescate”, tenía como objetivo recopilar la historia de Las Plumas a través del relato oral, con vecinos y vecinas de la localidad. Se pudo entrevistar a varios adultos mayores para que cuenten la historia del pueblo.

 

También entrevistaron a Bristela Troncoso, Manuela Quidulef, Luis Leonett, a los abuelos del Centro de Jubilados de Las Plumas, y a Manuel Llanquileo, que falleció en 2019. Y el relato de Nanceciana, la portera de la escuela, cuyo testimonio fue compartido con diario EL CHUBUT.

 

 

DE ARCILLA Y CHILCA

 

En el testimonio brindado, Nanceciana evocó al pueblo y a la Escuela 77, “chiquita, construida con arcilla y chilca”, describió. “Yo me casé y de Sarmiento me vine acá a Las Plumas, llegué en el año 1957. Empecé a trabajar por todos lados. Trabajaba en Hotel, en el Hospital, en todos lados. No sé cómo hacía, pero trabajaba en todos lados, hasta que me ocuparon en la Escuela.

 

“La Escuela era de arcilla y de chilca; y el comedor tenía piso de botella, chiquito, todo de adobe.

“Yo me la pasé trabajando. Cocinaba con leña, abajo de los árboles, usaba astillas para hacer fuego y prepararles la leche a los chicos. Cocinaba para un montón” de chicos, recordó.

 

LOS VIAJES A LA CORDILLERA

 

En Las Plumas de la década del ´60, “no había nada. Yo solía juntar de la basura para hacerles comida a los chicos. Yo era portera, estaba sola, cocinaba y limpiaba para los chicos, que a veces venían a comer con sus mamás”, contó sobre aquellos años.

 

Dijo que por un tiempo dejó de trabajar, porque ganaba poco y tenía que hacer mucho esfuerzo. Vivía en la zona donde está actualmente el tanque, y “me venía desde allá arriba con los chicos. A veces cuando helaba, pasábamos por los zanjones llenos de agua.

“Yo vi la escuela cuando empezó a hacerse, cuando se construyeron las aulas y el salón. Siempre me acuerdo de Hugo Ramírez, mi compañero, me ayudaba en todo, no me olvido de él. Me ha ayudado mucho mucho, cómo hacer todas las cosas y que salgan bien”.

 

Recordó con mucha alegría que, como portera de la escuela, los alumnos pedían que Nacenciana viaje con ellos cuando se realizaban viajes de estudio o recreativos a la Cordillera: “Los chicos pedían que yo los acompañara y que fuera con ellos. Bueno, hoy muchos de esos chicos ya son abuelos y pedían que yo fuera en sus viajes de estudio.

“Hasta el día de hoy se acuerdan bien de mi. Y yo también me acuerdo de ellos. Pedían para llevarme y yo viajaba con ellos, feliz y contenta”, narró.

 

BOTELLAS Y TRACTOR

 

Otro de los trabajos que recuerda es cuando se desempeñó en lo que es hoy el Hospital Rural de Las Plumas. Cuando ella llegó al pueblo, “era una Enfermería, todo lleno de botellas. Ahí conocí al papá del enfermero Julio Berwyn y yo siempre me acuerdo de cómo era pobre el Hospital. Había una mesa rústica que cuando la limpiaba me clavaba las espinas.

“He pasado de todo y gracias a Dios estoy bien”, dijo la abuela.

También recordó que cuando crecía el Río Chubut “me iban a buscar en tractor a mi y a mis hijos para llevarme a la escuela. Yo estaba en la loma, donde está el tanque ahora”.

En cuanto al trabajo en “El Viejo Hotel”, edificio que tiene más de cien años, Nacenciana se desempeñó cuando estaba a cargo del mismo la familia Bence: “Me fueron a buscar para trabajar y yo decía ¿No hay otras mujeres que siempre me ocupan a mi?”. Bueno, ahí lavaba y planchaba, era mucama.  Hasta en la iglesia trabajé. Por todos lados he trabajado.

“Por éso soy feliz ahora de que se acuerden de mí, que me visiten y me saluden, porque todos me conocen en Las Plumas”, dijo.

Actualmente vive con ella su nieto Leonardo, hijo de Javier Pintihueque, uno de sus siete hijos. Todos los hijos de Nacenciana viven en Trelew, los otros seis son Dora, Mercedes, Rita, Marta, Amelia y Mario.

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