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Puerto Madryn

Eddie Roberson: La leyenda de oro y luto

POR GUSTAVO GOMEZ

por REDACCIÓN CHUBUT 24/02/2025 - 00.00.hs

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La historia de Eddie Roberson parece salida de una novela. Nació el 25 de febrero de 1960 en Brooklyn, creció entre las calles duras de un barrio que no daba tregua. De familia numerosa, de nueve hermanos, y una niñez marcada por la necesidad.

 

La infancia no le regaló privilegios, pero el básquetbol lo adoptó como refugio cuando apenas tenía 10 años. Allí, entre el eco de los tableros y las marcas de la cancha, Eddie encontró un propósito que lo llevaría a recorrer el mundo, construir una profesión y forjar una vida digna de ser contada.

 

De figura imponente, con 2,05 metros de altura, llegó a Puerto Madryn en agosto de 1985. El básquet argentino atravesaba un momento de explosión popular y Deportivo Madryn estaba contagiado por aquel fervor. Roberson, con su carisma y talento, no tardó en convertirse en ídolo. Fue el extranjero más legendario en vestir la camiseta oro y luto, dejando una huella imborrable en el corazón del club y de la ciudad.

 

EL ASCENSO Y LA GLORIA
En Madryn, Eddie vivió su época de esplendor. En 1986, Deportivo Madryn se consagró campeón de la Liga C y logró el ascenso a la segunda división del básquet nacional. Eddie formó una dupla formidable con Ellnes Bolling, un jugador versátil que complementaba su juego interior con habilidad en el perímetro. Junto a ellos, Jorge “Cirilo” García, un base talentoso y explosivo, completaba un tridente que marcó aquella campaña.

 

Los estadios vibraban con los duelos memorables entre Roberson y Michael Young, la estrella del clásico rival, Guillermo Brown. Las gradas repletas y el fervor de la gente convertían cada encuentro en una fiesta del deporte. Dentro de la cancha, Eddie no era un jugador vistoso. No necesitaba volcadas espectaculares ni acrobacias para brillar. Su juego era frío, metódico, terriblemente eficaz. Bajaba rebotes, lanzaba triples aceptables, y dirigía el ritmo del partido con una inteligencia calculadora.

 

Sin embargo, su vida fuera de la cancha contrastaba con su disciplina en el juego. Las ausencias a los entrenamientos y su inclinación por las noches de diversión causaron conflictos con la dirigencia. A pesar de los problemas, su rendimiento hacía que los reproches quedaran en segundo plano. Hasta que, en 1988, la paciencia del club se agotó. Después de tres años de gloria, Eddie dejó Deportivo Madryn para siempre.

 

UNA CARRERA ITINERANTE
Tras su partida de Madryn, Roberson siguió recorriendo el país y el continente. Jugó en Independiente de Neuquén, volvió a la ciudad para jugar en Brown la Liga del 90, tuvo un paso fugaz en Racing de Trelew ese mismo año, en la Liga C. Después, Gimnasia y Esgrima de Comodoro Rivadavia, y otros equipos en Buenos Aires, Santa Fe, Chaco y Bahía Blanca. También dejó su huella en Uruguay y Chile, ampliando los horizontes de su leyenda. 
En Estados Unidos, siendo apenas un adolescente, fue padre de David. En Argentina, tuvo tres hijos más: Daiana, Sheila y Eddie Jr.

 

LA ULTIMA JUGADA
Eddie Roberson decidió radicarse definitivamente en Puerto Madryn hace más de una década. Fue Gustavo Hernández, presidente del Club Ferro en aquel entonces, quien lo invitó a trabajar en la institución. Allí, Eddie comenzó un nuevo capítulo.

 

El tiempo, sin embargo, no fue indulgente. Los excesos dejaron huellas profundas en su cuerpo. Fumador empedernido, hoy camina lento, con un tanque de oxígeno a su lado. Su castellano sigue siendo rudimentario, pero su carisma y las historias que atesora lo convierten en un personaje entrañable. Vive solo, lejos de los reflectores que lo acompañaron en sus años dorados, pero todavía mantiene viva la llama de su leyenda.

 

Eddie Roberson no fue solo un jugador. Fue un capítulo fundamental en la historia del básquet de Puerto Madryn. Su vida, con sus luces y sombras, es un testimonio del poder del deporte como motor de transformación. Aunque los años y los golpes de la vida apagaron algunas luces, su nombre sigue brillando en la memoria de quienes lo vieron jugar y compartieron sus días de gloria. Porque Eddie Roberson no fue solo un basquetbolista: fue y será una leyenda.

 

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