Cuando Brown volvió a latir en el básquet
Después de un prolongado silencio, casi como esos inviernos largos que parecen no terminar nunca en Puerto Madryn, el básquet volvió a latir en el Club Guillermo Brown en 1974. Fue un regreso humilde, sin estridencias, pero cargado de convicción. De esas decisiones que no ocupan titulares, pero terminan escribiendo historia.
por REDACCIÓN CHUBUT 13/01/2026 - 20.43.hs
Jorge Abrany, Carlos Den Dulk y Roberto “Periquín” Díaz fueron los primeros dirigentes en encender la chispa. Con ellos nació la subcomisión de básquet y, poco tiempo después, se sumaron los hermanos Williams y muchos otros que entendieron que el club necesitaba recuperar una de sus pasiones más profundas. No había recursos, no había certezas. Había ganas. Y eso, en aquellos años, alcanzaba para empezar.
El ritual de entrenamientos se repitió semana tras semana: martes y jueves, desde las 21.30, cuando el viento ya se hacía sentir y la ciudad entraba en su calma nocturna. La rutina se realizaba en la cancha al aire libre que Brown tenía por entonces, en el mismo lugar donde hoy se levanta el gimnasio Benito García. Allí, bajo una iluminación tenue y con el frío como adversario constante, la pelota volvió a tomar impulso.
Los nombres de aquellos jugadores quedaron grabados para siempre en la memoria colectiva: Gustavo Kusnier, Miguel “Manara” González, Marcelo Estévez, Jorge Wolansky, Gustavo Mariño, Carlos Vicentela, Jorge y Carlos Catalán, un juvenil Nelson Abrany, Carlos Eliceche, César Araujo, Ramón Antón y Jorge Casado. Ellos fueron los que le devolvieron el pulso al básquet de Brown. Varios de ellos llegaban desde Argentinos del Sur, trayendo experiencia, y sobre todo un amor profundo por el juego.
Al frente estaba el maestro Carlos “Cacho” Gervino, entrenador y jugador a la vez. Se ponía los cortos, entraba a la cancha y desplegaba su magia como si el tiempo no existiera. Enseñaba con la palabra y con el ejemplo, en una época donde el básquet regional atravesaba uno de sus momentos más delicados. La ABECH llevaba años sin actividad oficial. El torneo Oficial de 1971 había sido suspendido por incidentes y durante cuatro largos años no hubo competencia.
Sin torneos, el básquet sobrevivía en los márgenes: campeonatos comerciales, amistosos con Huracán y Argentinos del Sur, y encuentros esporádicos frente a equipos de la Armada, que llegaban en barco y, en sus ratos libres, encontraban en el deporte una forma de intercambio y camaradería.
La pelota también era un lujo. En toda la ciudad, apenas dos personas tenían un balón oficial. Uno era Julio San Miguel, que vivía frente a la iglesia del centro, junto a la histórica cancha de Pucará, ese escenario de cemento que todavía hoy despierta nostalgia cuando se habla de los orígenes del básquet en Puerto Madryn. El otro era Abrany. Cuidar la pelota era casi tan importante como respirar.
Las canchas eran rústicas. La de Pucará, de cemento. La de Brown, de baldosas rojas. Tableros de madera, gastados por el uso y el tiempo. La luz, escasa. El frío, implacable. Pero nada de eso importaba demasiado cuando la naranja picaba y el club volvía a sentirse vivo.
En 1975 regresó la competencia oficial. Huracán se consagró campeón del torneo Preparación y Brown dio la vuelta olímpica en el segundo certamen del año, marcando el inicio de una etapa inolvidable. Desde allí, la historia grande de la Banda en el básquet regional empezó a escribirse con letras firmes.
Ellos no lo sabían entonces pero cada entrenamiento bajo la luz tenue, cada pelota cuidada como un tesoro y en cada noche de frío compartida estaban sembrando algo mucho más grande. Aquellos pioneros no solo devolvieron el básquet a Guillermo Brown: le dieron vida a una historia. Porque todo lo que vino después empezó ahí, en esas noches silenciosas, cuando unos pocos decidieron que Brown debía volver a jugar.
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