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Puerto Madryn

La Antártida, el continente que nos observa en silencio

Por Pascual Antonio Quevedo – Capitán de Fragata (RE.) Presidente Instituto Belgraniano Puerto Madryn.

por REDACCIÓN CHUBUT 21/02/2026 - 19.36.hs

En el extremo sur del planeta existe un territorio donde el viento escribe la historia sobre el hielo y donde la humanidad decidió, por una vez, detener su ambición. La Antártida, es el último continente descubierto por el hombre 

 

La denominación Antártida proviene de la situación geográfica de la zona, por encontrarse  en un lugar opuesto  al ocupado por la constelación denominada Osa Mayor. Ártica significa coincidente con Osa. Antártica, opuesto a la misma. Descubierta y explorada tardíamente, la Antártida fue durante siglos un misterio. Balleneros, científicos y exploradores se aventuraron en sus mares helados buscando riqueza, conocimiento o gloria. Tal el caso del Noruego Roald Amundsen que  en 1911 llego al Polo Sur, semanas después, el británico

 

Robert Falcon  Scott también lo alcanzo. Sin embargo, con el tiempo, el mundo comprendió que este lugar no debía conquistarse, sino protegerse.
La República Argentina es pionera en ese límpido continente con el asentamiento de la  Base  Orcadas, fundada el 22 de febrero de 1904, a partir de ese año es una de las más antiguas en mantener personal de manera permanente realizando actualmente, además de presencia física,  diversas actividades científicas.

 

Posteriormente, en el año  1959, 13 países con injerencia en la Antártida, entre ellos Argentina, firmaron el  Tratado Antártico, un acuerdo histórico que transformó a la Antártida en una reserva natural dedicada a la paz y a la ciencia. Allí se prohibieron las actividades militares, las explosiones nucleares y la apropiación territorial. Más tarde, convenios y protocolos ambientales reforzaron esta visión, protegiendo la fauna, flora y los ecosistemas marinos  también el equilibrio climático global. Hoy, adhieren al tratado 58 naciones los cuales representan más del 75% de la población humana del mundo.

 

El tratado no reconoce la soberanía de ninguna nación reclamante a la misma. Se protege en el mismo, su natural grandiosidad para fines de la paz y la ciencia. La abundancia económica de la Antártida no esta disponible; el petróleo, los minerales y el agua potable resultan inaccesibles debido a la dureza del ambiente y la prohibición regida por el tratado antártico y a travez de sus protocolos adicionales.

 

El texto del compromiso también menciona que ninguna disposición del mismo implica una renuncia a los derechos soberanos de los países reclamantes o renuncia a realizar un reclamo futuro, como también que ningún acto o actividad realizada mientras el tratado está vigente será fundamento para hacer valer apoyar o negar una reclamación soberana.

 

Argentina cuenta en la actualidad con 13 bases en el sector antártico (sector reclamado), divididas en 7 bases permanentes (operativas todo el año) y 6 bases temporarias, (abiertas solo en el verano austral).

 

Rodeando al continente se encuentra el Océano Austral, reconocido recientemente como el cuarto océano independiente y el más joven sobre la tierra. Sus corrientes regulan la temperatura del planeta, absorben grandes cantidades de dióxido de carbono y sostienen una biodiversidad clave para la vida marina mundial. Fue reconocido por la Organización Hidrográfica Internacional (OHI) en el año 2006, con la votación de  77 miembros internacionales.
Pero el hielo habla, y hoy nos advierte. El calentamiento global, la contaminación y la sobreexplotación de recursos amenazan un equilibrio que tardó millones de años en formarse. La Antártida no grita: se derrite.

 

En esa línea; iniciativas educativas innovadoras están llevando la Antártida directamente a las aulas del mundo. La activista alemana Luisa Neubauer, referente del movimiento Fridays for Future, impulsó “El Aula Global”, un proyecto que transmite clases en vivo desde el velero de investigación Malizia Explorer, navegando por el continente blanco. Más de mil escuelas se conectan simultáneamente para observar en tiempo real el estado de los glaciares y comprender el papel crucial que la Antártida cumple en la estabilidad climática del planeta.

 

La propuesta no solo acerca evidencia científica directa, sino que transforma la llamada “fatiga climática” en una “esperanza incómoda”: Una educación que no se paraliza por el miedo, sino que moviliza a las nuevas generaciones hacia la acción colectiva y la toma de conciencia frente a la crisis ambiental.
Preguntas que nos interpelan
* Por qué la Antártida —territorio estratégico, científico y ambientalmente clave para la Argentina— no ocupa un espacio transversal y sostenido en la

 

currícula escolar, más allá de menciones aisladas en geografía o efemérides?
* ¿Estamos formando a las nuevas generaciones con herramientas críticas y actualizadas sobre cambio climático, soberanía científica y compromiso ambiental, o seguimos abordando estos temas de manera fragmentada y sin conexión con la realidad actual?

 

* ¿Cómo afectarán nuestras decisiones actuales a las generaciones que aún no nacen?
Estos interrogantes no solo señalan una ausencia, sino que abren el debate sobre el rol de la escuela como espacio de construcción de conciencia, ciudadanía y responsabilidad intergeneracional frente al desafío antártico y climático.
 La Antártida no pertenece a ningún país, pero su estabilidad afecta a todos, tiene pocos y únicos ciudadanos Argentinos  nacidos en la Base Esperanza. La Antártida es blanca……, pero su mensaje es claro. El Planeta es uno solo y el futuro no se hereda.
Este dependerá  de cuánto valoremos hoy  lo que  nos pertenece. Comprender la importancia del continente blanco y  el Océano Austral es formar ciudadanos conscientes, capaces de defender el ambiente con conocimiento y compromiso.
No heredamos la Antártida de nuestros padres, la tomamos prestada de nuestros hijos.

 

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