La discrepancia en el marco de la convivencia: La inadmisibilidad de la barbarie en la palabra
Por Jorge Chialva
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por REDACCIÓN CHUBUT 29/05/2025 - 00.00.hs
A nadie se le puede escapar que resulta a todas luces impensable e inimaginable la convivencia sin la discrepancia. Es que esta es natural y está en la sustancia misma de aquélla. Pues va de suyo que no todos tenemos una misma visión de las cosas, ni apreciamos del mismo modo las cuestiones que la vida nos va planteando. Y la libertad republicana nos asegura el derecho a tener y mantener posiciones distintas, actitudes diferentes en nuestra convivencia.
Lo que hasta aquí dicho no es por cierto nada novedoso. Por el contrario, es apenas una verdad de Perogrullo, que sin embargo no siempre se acepta, ni se respeta. Por el contrario, no son pocas las ocasiones en que las pasiones llevan a la pretensión que la verdad solo y siempre está de un lado. Que los que piensan o ven los acontecimientos de otra manera están absolutamente equivocados. O dicho en buen romance, que la razón solo asiste a unos pocos, mientras que los demás van por un sendero totalmente equivocado. Siendo así como nacen las antinomias y proliferan los enfrentamientos exentos del debido razonamiento.
Y se entra entonces en el camino equivocado, que en no pocas oportunidades obnubila hasta a los sensatos, llevándolos por el camino del enfrentamiento estéril e inconducente.
E irrumpen en actitudes que no entienden -o no quieren entender- que las discrepancias deben dirimirse civilizadamente en el marco de la convivencia, buscando y privilegiándose las coincidencias superadoras en pro del encuentro de intereses comunes, que a su vez nos hagan superar inteligentemente las disidencias, que son naturales puesto que hacen a la lógica y razonable diversidad de nuestra ideas.
Solo y únicamente entendiendo la imperiosa necesidad de encontrar las convergencias, con el irrestricto respeto por los demás, se puede llegar a los comunes denominadores, que nos marquen e iluminen el camino de la convivencia.
Ahora bien, lo que importa es que siempre estemos prestos al entendimiento. Que renunciemos a la pretensión de imponernos a los demás. Que nuestra actitud marche detrás del convencimiento, pero sin la pretensión de la imposición. Y con respeto por nuestro ocasional rival o contrincante, que no es nuestro enemigo, ni mucho menos. Sino apenas alguien que piensa de otra manera.
Y frente a lo antedicho preocupa sumamente el manejo del vocabulario, la palabra, la gestualidad y los modos. Que con el correr del tiempo parece querer llevarnos por el siempre peligroso camino del enfrentamiento, de la descalificación y la inevitable colisión. En el equivocado entendimiento que el otro no solo nunca tiene razón, sino que además es un enemigo al que lisa y llanamente se lo debe descalificar, utilizando para ello todo y cualquier medio y recurso, lícito o no.
Pareciese que en no pocos casos la intención fuese que las palabras sean una suerte de arma para herir al otro sin misericordia. Tratando así de «ganar terreno» en una lucha feroz para imponerse. Sin advertirse que así se está marchando hacia enfrentamientos harto peligrosos, que atentan contra la República, su Constitución, sus leyes y la sana convivencia entre los conciudadanos.
Muy bien y con la sapiencia que lo caracteriza lo destacó el Profesor Natalio Botana, cuando hace apenas un par de días sostuvo que por ese equivocado camino la palabra -que debe ser el puente natural que nos enlace- se ha convertido en un arma que nos puede terminar disolviendo y destruyendo. Expresando que hoy los argentinos hemos llevado la barbarie a la palabra.
Merced a lo antedicho urge que quienes tienen la responsabilidad de la conducción cesen en los improperios, los ataques solapados y el desprecio por la Democracia, comprometiéndose a convivir en la discrepancia, respetando a quienes piensan distinto. Entendiendo que nadie es dueño de la verdad, sino que a todos nos asiste el derecho de expresarnos y actuar defendiendo con fuerza y vehemencia nuestras ideas, pero siempre con el debido respeto por quienes piensan distinto. Con un lenguaje civilizado, haciendo de la palaba un puente positivo y desechando el insulto descalificador, que siempre es impropio e inconducente, pero que cuando proviene de quienes desempeñan funciones públicas se torna inaceptable. Por cuanto su responsabilidad es mayor que la de quienes estamos en el llano. A mayor abundamiento, desde la función pública y desde el ejercicio de la política se debe dar el ejemplo, para que los argentinos aprendamos a discrepar y disentir en armonía, con mutuo respeto, sin increparnos. Mostrando las coincidencias y superando inteligentemente las discrepancias. Desechando contundentemente y para siempre la barbarie en la palabra. Sin pretender imponer supremacías impropias de una República Democrática y siguiendo los principios de nuestra Constitución, que debe ser la luz que nos guie en esta marcha dura pero necesaria, que debe desembocar en la Argentina que le debemos a nuestros hijos y a las generaciones que nos sucederán.
Expresándolo con mayor claridad, hagamos que la palabra sea la herramienta que nos vincule y acerque, conduciéndonos a la convivencia con discrepancias. Desterrando el propósito de utilizarla para la descalificación del otro. Quitémosle la barbarie a la palabra y rescatemos a esta como el enlace necesario en el diálogo enriquecedor que nos debemos, como bien lo propusiera el profesor Natalio Botana.
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