Solo los movimientos sociales pueden evitar el desastre
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Desde que el mundo conoció la existencia de las armas nucleares en 1945, tras la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, la necesidad de abolirlas ha sido ampliamente reconocida. Desde entonces, personas de todo el mundo han trabajado para eliminar la amenaza nuclear.
La capacidad de destrucción masiva se ha multiplicado desde 1945 y muchos más países la poseen.
Entre todos, los Estados poseedores de armas nucleares, disponen cerca de 10.000 y han invertido en esfuerzos para garantizar que estas armas sigan siendo destructivas y utilizables.
Distintos países han amenazado usar armas nucleares con regularidad. El presidente estadounidense, Donald Trump, ha sugerido la reanudación de las pruebas nucleares. Los países expanden el uso civil de la energía nuclear, con ocultos fines bélicos.
Los Estados amplían continuamente su capacidad para ejercer violencia militarizada.
Según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo, el gasto militar mundial en 2024 alcanzó los 2,7 billones de dólares estadounidenses, completando una década de aumentos anuales consecutivos con más de 100 países que incrementaron su gasto militar.
El historiador Thompson hizo un llamado a una "alianza popular" que sirviera como contrapeso a las carreras armamentísticas nucleares y militares de la época. Un llamado similar podría hacerse hoy.
Ningún gobierno ni grupo de gobiernos busca contrarrestar activamente esta creciente ola de militarismo, y no se están gestando propuestas realistas de control de armamentos ni de desarme.
Los movimientos sociales ofrecen la única vía para evitar el desastre.
La importancia de los movimientos sociales se reconoce desde los albores de la era nuclear.
En enero de 1947, escribiendo en nombre del recién constituido Comité de Emergencia de Científicos Atómicos, Albert Einstein argumentó que no había posibilidad de control sobre la energía atómica, salvo mediante la comprensión y la insistencia de los pueblos del mundo. Una ciudadanía informada actuará por la vida, no por la muerte, creía Einstein.
En las décadas posteriores, el movimiento por la paz movilizó a un gran número de personas durante diversos períodos.
La década de 1980 presenció, por ejemplo, la gran manifestación por el desarme nuclear en Nueva York el 12 de junio de 1982 y una gran protesta en Londres el 22 de octubre de 1983.
La década de 2020 no es como la de 1980. Aunque muchas personas piensan que es imprescindible y urgente el desarme nuclear, la amenaza nuclear no tiene el poder de movilizar a la gente.
Este desafío, además de la relación de las armas nucleares con otras formas de opresión exige organización interseccional.
Los movimientos sociales necesitarán aunar el trabajo por la paz y el desarme con las distintas líneas de trabajo contra el deterioro ambiental, la polarización de la riqueza y la injusticia económica, la erosión de la democracia y la persecución de migrantes, minorías nacionales y otras personas vulnerables.
Las conexiones entre estos temas deberán establecerse a nivel de sus causas comunes en una economía global cuya dinámica central, durante siglos, ha sido el crecimiento material incesante, impulsado por una competencia despiadada entre organizaciones autoritarias de tamaño y poder cada vez mayores.
El movimiento necesita recuperar su presencia internacional.
Un requisito final para cualquier movimiento social que busque la abolición de las armas nucleares es su carácter internacional. (Fuente MV Ramana Beyond Nuclear Internacional).
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