Las minas de uranio solo, no existen ni pueden existir
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Cuando se extrae mineral de uranio, en realidad no se está sacando “uranio puro”, sino una roca que contiene una cadena completa de elementos radiactivos que se han formado durante millones de años. La minería de uranio para “extraer un elemento”, desarma un sistema geológico estable y redistribuye una mezcla compleja de materiales radiactivos y tóxicos. Entender esto es clave, porque explica buena parte de los impactos ambientales y sanitarios de la minería.
La cadena de desintegración del uranio
El uranio natural no está solo, se desintegra lentamente en otros elementos, generando lo que se llama una serie o cadena de decaimiento.
La cadena, que se inicia en el uranio 238, sigue con torio 234, luego protactinio 234, uranio 234, torio 230, radio 226, radón 222, polonio 218, plomo 214, bismuto 214, polonio 214, plomo 210, bismuto 210, polonio 210, arribando al estable plomo 206. Catorce elementos radiactivos y el último no radiactivo.
Algunos son de vida muy corta. Entre los más importantes porque subsisten por mucho tiempo están, el torio 230, radio-226, el radón-222 y el plomo-210. Todos estos están dentro del mineral antes de extraerlo. La minería no los “crea”, los libera y redistribuye.
En estado natural, estos materiales están enterrados, relativamente estables y con movilidad limitada. No afectan al ambiente para nada.
Cuando se realiza minería, por cualquier método, ocurre lo siguiente:
La fragmentación del mineral aumenta la superficie expuesta, lo que facilita la liberación de radionúclidos. La exposición al aire y al agua permite oxidación química, la disolución de elementos radiactivos y la migración hacia napas o cursos de agua.
El radón-222 es especialmente crítico. Es un gas invisible, se desprende fácilmente del mineral roto, puede acumularse en galerías o dispersarse al ambiente.
Los residuos: el verdadero problema
Tras extraer el uranio útil, es decir el yellowcake, queda la mayor parte del material original en los relaves o “tailings”, que contienen hasta el 85–90% de la radiactividad original, mantienen elementos como el radio-226 y el torio-230.
Estos residuos siguen generando gas radón tóxico durante miles de años, es decir: el “producto útil”, uranio, se lleva una parte relativamente pequeña de la radiactividad. El resto, una mezcla compleja de materiales radiactivos y tóxicos, queda en el sitio.
Una vez expuestos, estos elementos pueden moverse por distintos medios:
Por el aire el gas radón y sus productos de decaimiento, como polvo contaminado.
Por el agua, uranio y radio disueltos contaminan acuíferos, especialmente crítico en la lixiviación in situ (ISR).
Por el suelo se fija en ellos sedimentos y se incorporan a cadenas biológicas.
Como existen riesgos, el control debe ser muy riguroso. Los perjuicios a la salud llegan a través de las siguientes principales vías:
Inhalación de radón, asociada a cáncer de pulmón; ingestión de agua contaminada, toxicidad química uranio más radiológica y polvo inhalado, exposición interna prolongada.
El histórico ejemplo lo dan las minas subterráneas mal ventiladas de las explotaciones antiguas, donde los trabajadores tuvieron exposiciones elevadas a radón.
Se puede controlar, requiere encapsulado de relaves, cubiertas impermeables, control de drenaje ácido, monitoreo de aguas subterráneas durante décadas, muy buena ventilación en minas subterráneas y restauración de acuíferos. Esto último en el proceso de lixiviación in situ es prácticamente imposible.
Los controles suelen funcionar… pero deben mantenerse durante mucho tiempo. Si fallan o se abandonan, los problemas reaparecen.
No es correcto pensar que en la minería de uranio se “extrae un elemento”. En realidad, se desarma un sistema geológico estable y redistribuye una mezcla compleja de materiales radiactivos y tóxicos.
Ese cambio, de estable a móvil, es el núcleo del problema ambiental.
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