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La tercera bomba atómica preparada para Japón

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El 15 de agosto de 1945, la Segunda Guerra Mundial había terminado con la rendición de Japón ante las dos bombas atómicas arrojadas. Quedaba otra bomba en preparación sin terminar, por si Japón demoraba en rendirse. El tercer núcleo de plutonio preparado, ya no se utilizaría como arma, no obstante, provocó dos dolorosas agonías.

Firma de la rendición

Los científicos nucleares del laboratorio pudieron quedarse con el núcleo de la tercera, que se conocería como el núcleo del demonio. Los científicos conocían lo suficiente sobre los materiales radiactivos con los que trabajaban para poder desencadenar reacciones como una bomba, pero querían una mejor comprensión del borde donde el material subcrítico se inclinaba hacia el peligroso estado crítico intensamente radiactivo.

 

Una forma de empujar el núcleo hacia la criticidad era envolviéndolo con un material que provocara el rebote de neutrones de regreso al núcleo.

 

El "Grupo de Ensamblaje Crítico" en Los Álamos, estaba trabajando en una serie de experimentos en los que rodearon el núcleo con materiales que reflejaban neutrones y lo monitoreaban.

 

La noche del 21 de agosto de 1945, el físico Harry Daghlian estaba solo en el laboratorio, construyendo un escudo de ladrillos de carburo de tungsteno. Los ladrillos habían traído el plutonio cerca del umbral de criticidad, cuando a Daghlian se le cayó un ladrillo encima. Al instante, el núcleo reaccionó, volviéndose supercrítico y Daghlian fue rociado con una dosis letal de radiación. Murió 25 días después.

Núcleo del demonio, el núcleo de la tercera bomba para Japón.


Su muerte no disuadió a sus colegas. Nueve meses después, habían desarrollado otra forma de acercar el núcleo a ese borde crítico, al bajar una cúpula de berilio sobre el núcleo.

 

Louis Slotin, un físico canadiense había realizado este movimiento en muchos experimentos anteriores: sostenía la cúpula con una mano y con la otra usaba un destornillador para mantener un pequeño espacio abierto, limitando apenas el flujo de neutrones de regreso a la bomba. Un día de mayo de 1946, su mano se resbaló y la brecha se cerró. Una vez más, el núcleo se volvió supercrítico y dosificó a Slotin, junto con otros siete científicos en la habitación, con la penetrante radiación gamma.

 

Recreación del accidente del "núcleo demoníaco" (Laboratorio. Los Álamos)

Una luz azul brillante iluminó la habitación. Un instante después del resplandor, Louis Slotin sabía que era hombre muerto.

 

El físico estaba instruyendo a su sucesor, Alvin Cushman Graves, en una operación crítica para el desarrollo de armamento nuclear en el laboratorio de Los Álamos, Nevada. Una manipulación tan peligrosa que se conocía como "hacerle cosquillas en la cola al dragón". Slotin la había efectuado ya dos docenas de veces sin problemas. El 21 de mayo de 1946, sin embargo, ocurrió la catástrofe.

 

Los otros científicos sobrevivieron a su baño de radiación, pero Slotin, el más cercano al núcleo, murió de enfermedad por radiación al noveno día desde el ingreso, tras una terrible agonía y acompañado de sus padres que habían sido avisados, Falleció en la misma cama que su antecesor.

 

Los experimentos se detuvieron. Después de un período de enfriamiento, el núcleo del demonio fue refundido en un arma diferente, finalmente destruida en una prueba nuclear.

 

Los ocho hombres presentes durante el incidente fueron puestos en observación de inmediato. No llevaban protección contra la radiación ni las placas de plomo que hubieran permitido diagnosticar a qué nivel se habían expuesto. Ingresados en el Hospital de Los Álamos, las pruebas de sangre y muestras de hueso revelaron que Slotin habían recibido más del doble de la exposición mortal. Los médicos no podían hacer otra cosa que tomar muestras mientras moría.

 

Los dos otros pacientes más graves eran el propio Graves, el sucesor de Slotin y Allan Kline, un físico de 26 años recién licenciado que participaba como asistente en el experimento. El tratamiento consistía en tenerles en observación mientras su cuerpo eliminaba la radiación y tratar de evitar un daño permanente.

 

Sin embargo, los análisis revelaron que todo el metal que llevaban encima cuando ocurrió el accidente había quedado irradiado y ponía en peligro su vida. Eso incluía los empastes de oro de sus dientes.

 

Efectivamente, la radiación que envenenaba sus propios dientes podía provocarles cáncer de mandíbula. Se decidió tratar de contenerla con unas fundas a medida elaboradas con pan de oro. Pero resultó no ser suficiente, con lo que ambos hombres terminaron llevando molduras de oro sólido en la boca durante cinco días.

En la imagen Alvin Graves, un mes después del accidente, junto a las fundas de oro que se usaron para contener la radiación. A Graves se le dio un 50% de posibilidades de sobrevivir. Pero dos semanas después del ingreso recibió el alta, y se reincorporó al trabajo a los pocos meses. La principal secuela visible del accidente era una calva en el pelo que fue remitiendo naturalmente. Su cuenta de espermatozoides había caído a cero, pero no quedó estéril: dos años después concibió su segundo hijo con su esposa, la pionera en física de neutrones Elizabeth Riddle Graves.

 

Alvin C. Graves llegó a ser el director del Laboratorio de Los Álamos, y su legado se enturbia a partir de ese momento: fue un gran detractor de los peligros de la radiación asociados con los experimentos en Nevada. En una comisión del Congreso de EEUU sobre la relación entre radiactividad y cáncer, llegó a declarar: "No es un riesgo de algo que te vaya a ocurrir, sino un riesgo de que algo tiene más probabilidades de ocurrirte. Puede que no muchas más probabilidades". Murió a los 55 años de un infarto mientras esquiaba, algo que se adjudicó en su momento a causas naturales. pero que luego  se relacionó con el accidente.

 

    Kline, por su parte, fue despedido inmediatamente, porque los niveles de radiación que había recibido lo inhabilitaban para trabajar en el laboratorio durante los siguientes 25 años, y abandonado a su suerte.

 

    Cuando reclamó una compensación a la Administración, el caso fue encubierto. No fue hasta los años ochenta cuando una investigación periodística en The Times, destapó el escándalo. Hoy, los protectores dentales de oro que llevó Grave se exponen en solitario en una vitrina del museo de Los Álamos.   

 

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