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Asombrosa inconsciencia de la humanidad (XV)

El 4 de julio de 1961, el mundo estuvo a punto de sufrir la mayor catástrofe nuclear de su historia. El K-19, el primer submarino atómico soviético sufrió una grave avería entre Groenlandia y Noruega. En caso de explosión, el cataclismo hubiera superado al Accidente de Chernóbil sucedido 1986 y al accidente nuclear de Fukushima en 2011.

La irresponsabilidad humana puesta de manifiesto en el transporte aéreo de artefactos nucleares, que vimos en nota anterior (V), se repite en los mares. Una decena de submarinos nucleares o portadores de armamento nuclear, se encuentran hundidos en el fondo de los océanos. Algún día liberarán su nefasto contenido, matando flora y fauna oceánicos.

 

Tiempo después Mijaíl Gorbachov, Jefe de Estado de la Unión Soviética de 1988 a 1991, manifestó que, de haber explotado el K-19, Estados Unidos hubiera interpretado el accidente como una provocación, lo que posiblemente habría desembocado en la tan temida Tercera Guerra Mundial. “Al principio, no sabíamos qué hacer. La temperatura comenzó a subir y la radiación se propagaba por todo el sumergible. No teníamos instrucciones. Todo el mundo pensaba que el reactor era fiable. Una avería, era algo impensable”, relató el sargento electricista del K-19. Como después se supo, la avería fue provocada por un fallo en la construcción del submarino de 114 metros de eslora, capaz de sumergirse a 300 metros de profundidad y que portaba tres misiles balísticos nucleares de 1,4 megatones cada uno (su suma es equivalente a 280 bombas de Hiroshima). Agregó el sargento: “los marineros son auténticos héroes, ya que salvaron a la tripulación y al mundo entero. Imagínese, una explosión atómica en medio del océano”. Ocho marineros que participaron directamente en la reparación de la avería murieron en cuestión de días, afectados por la radiación, y quince, en los dos años siguientes. El submarino sufrió varios accidentes más, hasta que fue desguazado en 2003. La historia del legendario sumergible fue recuperada por el cine de Hollywood: “K-19, the widowmaker” (K-19, el enviudador), película que fue protagonizada por Harrison Ford y Liam Neeson.

 

Siguió la larga serie de sumergibles hundidos, el estadounidense ‘Thresher’ de 85 metros de eslora, 9,8 metros de manga y un desplazamiento de 3.420 toneladas inmerso (E 85; M 9,8; D 3420). Propulsado por un reactor nuclear. Considerado el más silencioso, sigiloso, avanzado, rápido y mejor equipado. El 9 de abril de 1963, con 96 tripulantes, 12 oficiales y 21 técnicos civiles del astillero de Portsmouth, acompañado por el buque de rescate ‘Skylark’, salió al océano Atlántico para realizar algunas pruebas, a unos 320 kilómetros al este de Cape Cod, donde las aguas se vuelven más profundas.  A las 07.47 horas del 10 de abril, el submarino empezó a sumergirse lentamente. La profundidad en el lugar de inmersión era de 2.560 metros. A las 09.13 horas los tripulantes informaron una creciente desviación de la posición horizontal, sin mayor importancia. Comunicó que se sumergiría a 400 metros. Durante los próximos minutos, fue comunicando las profundidades que iba alcanzando, luego silencio. La última supuesta escucha que recibió el oficial encargado, dijo haber oído el silbido y el desgarro del metal. Las causas nunca se han llegado a aclarar. En el accidente perdieron la vida los 129 ocupantes.

 

El 21 de abril de 1964, se iniciaba la más extensa navegación submarina ininterrumpida de una embarcación atómica. El sumergible nuclear soviético K-27, fue el navío que realizó la histórica hazaña (E 109,8; M 8,3; D 4.380). El viaje se extendió hasta el 11 de junio y se convirtió en la navegación submarina ininterrumpida más extensa de una embarcación atómica hasta aquel momento: ¡51 días sin salir a la superficie! Desde el Ártico a aguas ecuatoriales del océano Atlántico, recorriendo un total 22.200 kilómetros. Propulsado por dos reactores nucleares.  Años más tarde, durante una navegación de prueba, tuvo una inexplicable y repentina pérdida de potencia en su reactor. La tripulación no pudo restaurar los niveles de potencia y los gases radioactivos comenzaron a fugarse en el compartimiento del reactor. La tripulación pudo cerrarlo, pero los conjuntos de barras de combustible ya habían sufrido importantes daños. Nueve tripulantes perecieron por efecto de la radiación y el K-27 nunca volvió a entrar en servicio. Remolcado a puerto, sin saber cómo repararlo, el día 10 de Setiembre de 1981 se decidió hundirlo en aguas prohibidas en el archipiélago de Novaya Zembla, en la costa este del Mar de Kara esperando que, en el futuro, la tecnología llegase a una solución para su reflotamiento.

 

El 24 de febrero de 1968 el K-129 soviético, tras haber realizado con éxito diversas operaciones de combate, comenzó a patrullar y, sorpresivamente, dejó de comunicarse. Tras una semana sin noticias, el cuartel naval soviético declaró al submarino desaparecido y organizó su búsqueda, pero nunca fue localizado, por lo que se dio por perdido junto con toda su tripulación. Contaba con un número desconocido de misiles balísticos intercontinentales con carga nuclear.     

 

Menos de 3 meses después, el 21 de mayo de 1968 el submarino nuclear norteamericano Scorpion, realizó su última transmisión estando a 80 kilómetros al suroeste de las Islas Azores. Había partido el 15 de febrero desde Virginia hacia el mar Mediterráneo, para realizar ejercicios de despliegue y observación en conjunto con fuerzas de la OTAN. El 22 de mayo no hubo señales y se suponen que ese día se perdió en el fondo del mar. Las causas nunca fueron develadas.

 

El K-8, de origen soviético se hundió en el Golfo de Vizcaya, al norte del Océano Atlántico, el 12 de abril de 1970. Contaba con una serie de armas nucleares a bordo, (E 107,4; M 7,9; D 4000 con una altura de 5,7 metros). Mientras se encontraba realizando operaciones en el mar de Barents, se produjo la ruptura de un tubo del generador de vapor, causando la pérdida de refrigerante. La tripulación intentó por todos los medios evitar el colapso y fusión del núcleo del reactor, debido al fuerte incremento de la temperatura, pero grandes cantidades de gas radiactivo se filtraron contaminando todo el submarino. Logró resolverse el problema. Meses después, enfrenta un incendio que alcanza a sus reactores nucleares, que son cerrados; mientras el capitán ordena a su tripulación abandonar el submarino. La tripulación se quedó en el buque, ya que llegó otro que lo remolcaría, pero en la travesía el submarino soviético se hundió con 52 personas a bordo y un total de 24 torpedos nucleares.

 

El K-278 fue botado en 1983 (E 117,5; M 10,7) estaba alimentado por tres reactores nucleares, podía obtener una velocidad de casi 50 km/h. Se hundió tras un incendio en su primera patrulla operativa. Tras el fuego pudo salir a flote y mantenerse en la superficie durante 5 horas aproximadamente antes de hundirse. De los 42 miembros de la tripulación que fallecieron, 4 lo hicieron por el incendio y el resto por hipotermia y ahogamiento en las aguas en las que esperaban el rescate.

 

El gigante nuclear K-141 Kursk ruso, fue botado en 1994. (E 154; M 18,2; D 16.400). El día de la tragedia, sorpresivamente se disparó uno de los torpedos que iban a bordo sin que esto hubiese sido ordenado. La compuerta estanca, que separaba la sala de torpedos del resto del submarino, estaba abierta, la onda expansiva, tras el disparo, se propagó al interior del submarino. Explotaron torpedos y el submarino quedó fuera de control. Minutos después colisionó con el fondo marino, produciéndose la explosión de más torpedos.  Se salvó el reactor nuclear, que quedó desactivado con el descenso de las barras y protegido por una robusta pared. No hubo sobrevivientes. Fue reflotado por un equipo holandés en 2001 bajo el temor de que explotara durante la operación debido a los explosivos que aún se encontraban dentro.

 

El submarino nuclear K 159 ruso de ataque, se hundió bajo pésimas condiciones climáticas, en el ártico. Estaba siendo remolcado sobre pontones desde la base naval Gremikha hacia el astillero Polyarny, donde sería desmantelado. Perecieron nueve miembros de la tripulación, sólo uno sobrevivió al accidente.

 

LA IRRESPONSABILIDAD SEMBRÓ EL FONDO MARINO DE ARTEFACTOS QUE, ALGÚN DÍA, LIBERARAN SU CONTENIDO, MATANDO FLORA Y FAUNA OCEÁNICOS.

 

NO AL DESARROLLO NUCLEAR, NO A LA COMPRA DE NUEVOS REACTORES EN ARGENTINA.

 

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