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El ego

 No es de nobles aprovechar esta columna para hablar de uno, pero en este caso me tomo ese atrevimiento porque entiendo que debo agradecer a mucha gente, que inclusive desde distintos puntos del país me han hecho llegar sus felicitaciones y la mención en alguna publicación extranjera y de mi ciudad natal por la presentación de mi libro «Volver a Ushuaia», una obra que anhelé publicar hace varios años y que ahora se dio la oportunidad de editarla. Y agradecer también la tolerancia de los muchachos del diario que me permiten este desliz.

Emilio Balado

 Y el ego, o el yo, como prefieran, es una condición del ser humano que un poco más o un poco menos y en algún momento nos invade y parece responder a la satisfacción de haber hecho algo bueno. Otras no tanto, y entonces el ego se convierte en la estupidez del pavo que cree haber realizado algo importante, cuando no lo es. En el balance de la vida uno puede apreciar (si el entendimiento nos da) que es lo bueno y que es lo malo. Si gusta a los demás o  no, eso es propio de la capacidad de cada uno para asimilar la propuesta del otro.
   También en el balance de la vida -en mi caso con más de ocho décadas encima-, uno aprecia lo que el esfuerzo nos fue dejando y quizá pensar que todo valió la pena, y como dice el refrán: «Tener hijos, plantar un árbol y escribir un libro» se cumplió casi sin quererlo, porque no siempre se dan todas esas condiciones, lo mismo ocurrió con mi pretendida afición a la escritura donde casi sin querer pude manifestarme y quizás no siempre bajo las reglas gramaticales establecidas, pero si con el afán de trasmitir conceptos que entiendo han contribuido al conocimiento de mucha gente y además volcar   opinión sobre cosas que entiendo, también son el interés de las personas que piensan.
 Por eso y por mucho más me siento satisfecho conmigo mismo y me atrevo a trasmitirlo, a pesar de que no siempre todas las personas piensen lo mismo que uno, pero el mundo es así. Si todos pensáramos igual no sería seguramente el mundo que conocemos. Entonces como no sentirnos contentos y poder trasmitir nuestros sentimientos, aunque esto engorde el ego y nos haga más humanos.
  Un agradecimiento enorme a todos aquellos que también se sumaron a mi patriada y como yo se sienten orgullosos de que algo parezca que salió bien. Un abrazo y perdón por hablar de mí.  

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El ego

 No es de nobles aprovechar esta columna para hablar de uno, pero en este caso me tomo ese atrevimiento porque entiendo que debo agradecer a mucha gente, que inclusive desde distintos puntos del país me han hecho llegar sus felicitaciones y la mención en alguna publicación extranjera y de mi ciudad natal por la presentación de mi libro «Volver a Ushuaia», una obra que anhelé publicar hace varios años y que ahora se dio la oportunidad de editarla. Y agradecer también la tolerancia de los muchachos del diario que me permiten este desliz.

 Y el ego, o el yo, como prefieran, es una condición del ser humano que un poco más o un poco menos y en algún momento nos invade y parece responder a la satisfacción de haber hecho algo bueno. Otras no tanto, y entonces el ego se convierte en la estupidez del pavo que cree haber realizado algo importante, cuando no lo es. En el balance de la vida uno puede apreciar (si el entendimiento nos da) que es lo bueno y que es lo malo. Si gusta a los demás o  no, eso es propio de la capacidad de cada uno para asimilar la propuesta del otro.
   También en el balance de la vida -en mi caso con más de ocho décadas encima-, uno aprecia lo que el esfuerzo nos fue dejando y quizá pensar que todo valió la pena, y como dice el refrán: «Tener hijos, plantar un árbol y escribir un libro» se cumplió casi sin quererlo, porque no siempre se dan todas esas condiciones, lo mismo ocurrió con mi pretendida afición a la escritura donde casi sin querer pude manifestarme y quizás no siempre bajo las reglas gramaticales establecidas, pero si con el afán de trasmitir conceptos que entiendo han contribuido al conocimiento de mucha gente y además volcar   opinión sobre cosas que entiendo, también son el interés de las personas que piensan.
 Por eso y por mucho más me siento satisfecho conmigo mismo y me atrevo a trasmitirlo, a pesar de que no siempre todas las personas piensen lo mismo que uno, pero el mundo es así. Si todos pensáramos igual no sería seguramente el mundo que conocemos. Entonces como no sentirnos contentos y poder trasmitir nuestros sentimientos, aunque esto engorde el ego y nos haga más humanos.
  Un agradecimiento enorme a todos aquellos que también se sumaron a mi patriada y como yo se sienten orgullosos de que algo parezca que salió bien. Un abrazo y perdón por hablar de mí.  

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