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Carta del Lector

Protección de la ciudadanía frente a la energía nuclear I

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La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha sido acusada de minimizar determinados riesgos, de depender excesivamente del marco radiológico dominante de las Naciones Unidas (ONU) y de no haber desarrollado una vigilancia sanitaria independiente y prolongada de las poblaciones afectadas.

¿Quién protege la salud frente a la energía nuclear?

 

La OMS tiene como mandato precisamente proteger la salud pública. Sin embargo, en materia de radiación existe, desde hace décadas, una relación institucional muy estrecha con el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA).

 

La propia OMS reconoce que coopera con el OIEA en radioprotección, seguridad de trabajadores y población y respuesta ante emergencias nucleares.

 

Pero el problema crítico es que el OIEA tiene además el mandato de promover la energía nuclear.

 

De allí salta inmediatamente la necesidad de otra pregunta legítima:

 

¿Puede esperarse una evaluación completamente independiente de los daños sanitarios de la industria nuclear, cuando una de las principales instituciones internacionales que participa en esa evaluación, tiene simultáneamente la misión de promover la tecnología nuclear?

 

Indudablemente existe un conflicto institucional de objetivos que merece ser examinado.

 

Un caso paradigmático es el accidente nuclear de Chernóbil, la divulgada cifra de “4.000 muertes” se convirtió en un problema.

 

En 2005, el Foro de Chernóbil publicó una estimación de hasta unas 4.000 muertes atribuibles eventualmente a la radiación entre los grupos más expuestos.

 

La OMS presentó el resultado con un lenguaje muy tranquilizador: el impacto sanitario sería mucho menor de lo que se había temido.

 

La propia OMS reconocía simultáneamente unos 5 millones de personas viviendo en territorios contaminados, alrededor de 100.000 personas en zonas que habían sido clasificadas como de estricto control, unos 4.000 casos de cáncer de tiroides, principalmente en personas que eran niños o adolescentes en 1986 y que aproximadamente 2.200 muertes por radiación podían esperarse a lo largo de la vida entre los trabajadores de emergencia y recuperación de 1986-1987.

 

Es decir, la famosa cifra de 4.000 no era un recuento de todas las consecuencias sanitarias. Era una estimación estadística para determinados grupos y determinados efectos. Cuando se cita solamente la cifra de 4.000, se está induciendo a error, una velada forma de mentir.

 

La OMS reconoce que la radiación produjo “Síndrome agudo de irradiación”. De unos 600 trabajadores presentes en la planta en las primeras horas, 134 recibieron dosis muy elevadas y desarrollaron síndrome agudo de radiación; 28 murieron durante los primeros tres meses.

 

Además, produjo “Cáncer de tiroides”, “Cataratas” y “afectación a la Salud Mental”.



La exposición de niños y adolescentes al I-131 produjo una elevación muy importante de cáncer de tiroides en Bielorrusia, Ucrania y las regiones más afectadas de Rusia. La OMS reconoce cataratas inducidas por radiación entre supervivientes de la irradiación aguda y señala que estudios posteriores sugieren efectos del cristalino a dosis inferiores a las consideradas anteriormente. Incluso la propia OMS reconoció que el impacto psicológico fue enorme y llegó a calificarlo como el mayor problema de salud pública generado por Chernóbil.



 

Por tanto, la cuestión no es simplemente: “¿Murieron 4.000 o 100.000 personas?” La cuestión científica más seria es:

 

¿Qué enfermedades, mortalidad prematura, discapacidad, alteraciones cardiovasculares, cataratas, cánceres, efectos reproductivos y consecuencias psicológicas produjo la contaminación, y cuánto tiempo se mantuvieron esos efectos?



Y ahí la historia se vuelve mucho más complicada.                                                  



Continúa...

 

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