De los desastres nucleares I
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De los desastres nucleares “soviéticos” a los “japoneses” En los meses de marzo y abril se han conmemorado los aniversarios de las dos peores catástrofes nucleares civiles de la historia. El domingo 26 de abril se cumplieron 40 años del desastre de Chernóbil, ocurrido en la antigua Unión Soviética. Y el 11 de marzo, se cumplieron 15 años del desastre nuclear de Fukushima, ocurrido en Japón.
Ambos desastres se recuerdan como excepciones culturales, ya sea por el comunismo soviético o por el "grupismo" japonés, que representa la tendencia a actuar como miembros de un grupo.
Si bien la cultura sin duda desempeñó un papel importante en la gestión del desastre de Fukushima, considerar la catástrofe nuclear como una mera excepción cultural es sumamente engañoso. Al hacerlo, se normalizan las catástrofes nucleares, presentándolas como simples accidentes derivados de malas prácticas de gestión. Además, se impide que estos eventos se enmarquen como amenazas globales que pueden ocurrir en cualquier país nuclear del mundo.
El excepcionalismo cultural en torno a los accidentes nucleares, comenzó con el desastre de Chernóbil en 1986. Si bien los académicos han demostrado que las causas de este desastre son complejas, una narrativa específica que presenta a Chernóbil como un accidente puramente soviético (error humano) sigue influyendo en nuestro imaginario colectivo.
Ya antes de Chernobil, Three Mile Island había significado un importante llamada de atención para el lobby nuclear, alertándolos sobre la posibilidad de un gran desastre nuclear con consecuencias globales.
En respuesta, los miembros del lobby nuclear enfatizaron la noción de una supuesta "cultura de seguridad", afirmando que Chernóbil fue el resultado de una cultura de seguridad deficiente asociada a la ideología soviética sesgada.
En lugar de presentar la tecnología nuclear como problemática, esta noción representaba los accidentes nucleares como un subproducto de la cultura soviética. La contraparte era que un desastre como el de Chernóbil no podría ocurrir en Occidente, que poseía una cultura de seguridad libre de la influencia del comunismo.
En este contexto, Fukushima fue un desastre nuclear que nunca debió haber ocurrido. Surgido de las cenizas radiactivas de los bombardeos atómicos de la Segunda Guerra Mundial, Japón se convirtió en el símbolo del programa Átomos para la Paz, el programa de propaganda estadounidense dedicado a promover los usos pacíficos de la energía nuclear.
Lejos de la cultura gerencial soviética, Japón encarnaba los valores del orden mundial liberal de la posguerra, que supuestamente sustentaba una cultura de seguridad nuclear sin parangón. Fukushima derribó el mito de que grandes accidentes nucleares como Chernóbil no podían ocurrir fuera de la antigua Unión Soviética.
Cuando ocurrió el desastre, Fukushima se vio rápidamente envuelta en otra explicación cultural. Por ejemplo, en el resumen ejecutivo del Informe Oficial de la Comisión creada por la Dieta de Japón para investigar las causas del desastre, el presidente afirmó que Fukushima fue un desastre "Hecho en Japón".
Yuji Onuma ideó el eslogan para la puerta que originalmente colgaba sobre la entrada de su pueblo natal, Futaba, al norte de los reactores de Fukushima. Decía: «Energía atómica: Energía para un futuro brillante». Tras el desastre, volvió con una nueva corrección manuscrita en rojo: «Energía atómica: Energía para un futuro DESTRUCTIVO». Imagen cortesía de Yuji Onuma.
El informe continuó enfatizando que las causas de este desastre se encontraban en las "convenciones arraigadas de la cultura japonesa: nuestra obediencia automática; nuestra reticencia a cuestionar la autoridad; nuestra devoción a 'seguir el programa'; nuestro grupismo; y nuestro aislamiento".
Si bien la versión japonesa del informe no menciona un desastre "Hecho en Japón", la explicación cultural del informe en inglés fue rápidamente adoptada por los defensores de la energía nuclear.
Esta explicación cobró fuerza al culpar a la cultura japonesa en sí misma, en lugar de a la infraestructura nuclear. Al afirmar que los rasgos culturales japoneses habían causado Fukushima, esta narrativa pretendía demostrar que los accidentes nucleares son prevenibles con la cultura de seguridad adecuada.
Lo que antes se consideraba inimaginable pasó rápidamente a percibirse como un desastre evitable.
Al igual que sucedió con los soviéticos, esta narrativa argumenta que no fue ninguna sorpresa que el desastre ocurriera en Japón. Después de todo, ¿acaso los japoneses no eran propensos al pensamiento grupal? ¡Esto sin duda explica su desgracia!
Los miembros del lobby nuclear aceptaron esta narrativa cultural sin cuestionarla, ya que les permitía aliviar la presión sobre su industria. (Fuente Maxime Polleri Bulletin of the Atomic Scientists)
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