Impacto de las exploraciones
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Existe una idea bastante difundida de que "la exploración minera casi no produce impactos". En realidad, eso depende enormemente del mineral de que se trate, de la magnitud de la campaña y de cómo se lleve a cabo. Hay antecedentes bien documentados en varios países donde las tareas exploratorias dejaron problemas ambientales que obligaron a realizar remediaciones o a endurecer la regulación.
Desde un punto de vista ambiental, la exploración de uranio no es equivalente, por supuesto, a la explotación de una mina, pero tampoco puede calificarse como una actividad inocua. Sus efectos pueden ser modestos si las campañas son pequeñas y se ejecutan con buenas prácticas, o llegar a ser importantes cuando implican centenares de perforaciones, apertura extensa de caminos y una restauración deficiente. La experiencia internacional muestra que los problemas más frecuentes no provienen de una elevada liberación de radiactividad, sino de la alteración del terreno, los riesgos para los acuíferos, la dispersión de polvo mineralizado y el abandono de obras exploratorias sin una clausura adecuada.
En Canadá, especialmente en Saskatchewan, las autoridades detectaron que una de las mayores amenazas durante la exploración era la posibilidad de que los sondeos conectaran acuíferos previamente aislados.
Como consecuencia, hoy se exige entubado de las perforaciones, cementación entre niveles acuíferos, sellado permanente de cada sondeo e inspecciones posteriores.
La experiencia canadiense muestra que el riesgo principal no era la radiación, sino la alteración hidrogeológica provocada por miles de perforaciones.
En diversos proyectos del oeste de Estados Unidos se comprobó que la perforación de zonas mineralizadas podía producir dispersión de polvo con uranio y radio, acumulación de lodos de perforación y abandono de pozos sin sellar.
Estos problemas motivaron reglamentaciones mucho más estrictas para la clausura de sondeos y el manejo de residuos exploratorios.
En Argentina, las primeras campañas de exploración y explotación de uranio se realizaron cuando la legislación ambiental era muy limitada.
En numerosos proyectos antiguos quedaron caminos sin restaurar, plataformas abandonadas, perforaciones deficientemente clausuradas y residuos de exploración.
Estas experiencias fueron una de las razones que impulsaron posteriormente programas de remediación como el PRAMU que, podemos decir, no concluyó en Sierra Pintada ni en Los Gigantes.
Normalmente es de imaginar que la exploración consiste en "hacer algunos pozos". En realidad, un gran yacimiento puede requerir cientos de perforaciones, miles de metros perforados, kilómetros de caminos nuevos, numerosas plataformas, depósitos para testigos y campamentos temporarios.
En Cerro Solo la CNEA perforó más de setenta kilómetros.
En algunos proyectos internacionales se han perforado más de 1.000 sondeos antes de decidir si la mina era económicamente viable.
Si finalmente el proyecto se abandona, todos esos sondeos deben sellarse correctamente. Un solo pozo mal clausurado puede convertirse en una vía de comunicación entre acuíferos,
Otro aspecto frecuentemente olvidado es el gas radón.
Cuando los testigos de perforación contienen mineral de uranio el radón puede liberarse al aire, los trabajadores deben manipularlos con controles adecuados y los depósitos de testigos requieren ventilación.
Aunque las cantidades suelen ser pequeñas, es una exposición ocupacional que debe gestionarse.
Las campañas modernas también utilizan magnetometría, radiometría aérea, geofísica terrestre y estudios geoquímicos.
Estas técnicas producen impactos muy reducidos y, por sí solas, rara vez generan contaminación. Los impactos significativos aparecen cuando comienzan las perforaciones y la apertura de infraestructura.
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