La clasificación de Argentina. El gol de Borges que Borges jamás habría imaginado
El escritor argentino Jorge Luis Borges veía en el fútbol un fenómeno de masas, una liturgia colectiva donde el individuo desaparecía absorbido por la pasión de la multitud. En distintas entrevistas calificó al fútbol como una de las supersticiones de la época y llegó a ironizar sobre la idolatría que despertaba. Su célebre frase según la cual "el fútbol es popular porque la estupidez es popular", aunque discutida en cuanto a su formulación exacta, resume bastante bien la imagen que durante décadas quedó asociada a su pensamiento.
Para Borges, la literatura era una celebración del individuo; el fútbol, en cambio, representaba con frecuencia el entusiasmo gregario. Dos maneras casi opuestas de entender la experiencia humana.
Anoche la selección argentina consiguió en este mundial de triple organizador, la clasificación a los octavos de final gracias, entre otras circunstancias, a un gol en contra convertido por un defensor de Cabo Verde cuyo apellido es Borges.
Y este hecho no asoma como una simple coincidencia ya que Jorge Luis Borges fue, probablemente, el escritor argentino más célebre y al mismo tiempo el más escéptico respecto del fútbol. La realidad suele permitirse libertades que la literatura muchas veces evita por considerarlas inverosímiles.
Uno de sus relatos más curiosos, escrito junto con Adolfo Bioy Casares es "Esse est percipi", incluido en Crónicas de Bustos Domecq, ambos imaginan un mundo en el que el fútbol ha dejado de existir como competencia deportiva para transformarse en una gigantesca representación teatral. Los partidos ya no se juegan si no que se representan.
Los resultados son fabricados por periodistas, dirigentes y actores. Los futbolistas interpretan un papel y el público consume un espectáculo cuyo único sostén es la creencia colectiva. La televisión y los medios terminan sustituyendo completamente a la realidad.
El título del cuento remite al filósofo George Berkeley y a su conocida formulación: "ser es ser percibido". Lo importante ya no es que el partido ocurra, sino que millones crean que ocurrió. Es una sátira feroz del espectáculo deportivo, pero también una reflexión sorprendentemente anticipatoria sobre la construcción mediática de la realidad.
Leído hoy, en tiempos de transmisiones globales, repeticiones infinitas, redes sociales y consumo permanente de imágenes, el cuento parece menos fantástico de lo que podía parecer cuando fue publicado.
¿Qué habría pensado Borges si alguien le hubiera contado que, décadas después, Argentina avanzaría en un Mundial gracias a un gol en contra convertido por un futbolista llamado Borges? El episodio tiene algo profundamente borgeano porque pone en escena uno de los temas favoritos del escritor, las simetrías inesperadas mediante las cuales la realidad parece imitar a la ficción.
Borges escribió sobre los espejos, los dobles, las repeticiones, los laberintos del azar, las identidades cruzadas. Sus cuentos están poblados de acontecimientos cuya improbabilidad termina siendo precisamente el motor del relato.
Y aquí aparece una inversión genial, el Borges que desconfiaba del fútbol termina convertido, por una coincidencia nominal, en protagonista involuntario de una de las historias más emocionantes de este mundial para Argentina.
No es Jorge Luis Borges quien marca el gol es el otro Borges. Un Borges caboverdiano que, sin proponérselo, escribe una página imposible para la imaginación literaria.
Y acaso sea una prueba más de que la literatura no siempre anticipa la realidad; a veces es la realidad la que termina leyendo a los escritores. Quizá Borges nunca habría aceptado esa conclusión. Después de todo, desconfiaba profundamente de las interpretaciones fáciles y de los símbolos demasiado evidentes.
En un Mundial donde millones celebraron un gol que ningún argentino convirtió, la literatura pareció infiltrarse por un instante en la cancha. Y lo hizo con uno de esos guiños que tanto fascinaban al propio Borges, una coincidencia tan improbable que termina pareciendo inevitable.
Como si, por una noche, el universo hubiera decidido escribir un cuento firmado por el único autor que jamás habría querido escribirlo.
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