¿Por qué hacemos cábalas? La explicación científica detrás de la necesidad de controlar el azar
Por Dra. Vanina Botta. Médica (MP 2536) Especialista en psiquiatría. Medica especialista en medicina legal. Medica forense. Docente
Maradona primero, Pumpido segundo, Burruchaga último.
El mate siempre a la misma hora.
La misma canción en el micro.
No comer pollo antes del partido.
Y muchas más…
El amo y señor de las cábalas, el que convirtió la superstición en una verdadera ciencia, fue Carlos Salvador Bilardo. Aunque él nunca las llamaba cábalas; prefería decirles "costumbres".
El principal motor de las cábalas es la necesidad de recuperar la sensación de control frente a escenarios completamente inciertos. Son una ilusión de control, un pequeño ritual para intentar domesticar al azar, una forma de convencernos de que nuestro comportamiento puede influir, aunque sea un poco, en aquello que escapa de nuestras manos. En definitiva, un escudo simbólico contra la mala suerte.
Y es que el cerebro humano se lleva muy mal con la incertidumbre. De hecho, es una de las situaciones que peor tolera. Frente a lo imprevisible, busca patrones, explicaciones y cualquier conducta que disminuya la ansiedad. En ese contexto aparecen las cábalas: intentos, quizá ingenuos, pero profundamente humanos, de poner algo de orden donde reina el azar.
Sin embargo, no todas las conductas repetitivas son iguales.
Las cábalas poseen un componente mágico o supersticioso. No suelen ser rígidas, generan una sensación de tranquilidad y alimentan la ilusión de control.
Las rutinas, en cambio, tienen una función diferente. No dependen de la superstición, sino que ayudan a concentrarse y prepararse para una tarea. Muchos deportistas de élite las utilizan antes de competir. Rafael Nadal probablemente sea el ejemplo más estudiado. Antes de cada saque acomoda cuidadosamente las botellas, se seca siempre del mismo modo, acomoda el cabello, la nariz y las orejas siguiendo una secuencia casi idéntica. Él mismo ha explicado que estas conductas le permiten entrar en "modo competencia" y mantener la concentración.
Otro ejemplo es Michael Phelps quien seguía una preparación extremadamente estructurada antes de cada carrera: ejercicios de respiración, movimientos específicos de brazos y visualización mental de la prueba. es uno de los ejemplos más conocidos.
Estas secuencias repetidas ayudan a reducir la activación de la amígdala cerebral (una estructura relacionada con el miedo y el estrés), favorecen la atención y funcionan como verdaderos anclajes mentales. La repetición, en este caso, se convierte en un refugio.
Ni las cábalas ni las rutinas, por sí mismas, constituyen una enfermedad. Mientras no limiten la vida cotidiana ni generen sufrimiento, forman parte del repertorio normal de conductas humanas.
Muy diferente es el caso de las compulsiones, características del trastorno obsesivo-compulsivo (TOC). Aquí los rituales ya no producen tranquilidad sino alivio momentáneo frente a una intensa angustia. La persona siente que debe realizarlos una y otra vez para disminuir un malestar que vuelve rápidamente. Son conductas rígidas, difíciles de controlar, consumen tiempo y terminan afectando la vida familiar, laboral y social.
Quizá la diferencia más importante sea que la cábala nos hace sonreír si un día no la cumplimos; la compulsión, en cambio, nos haría sufrir.
Tal vez nunca sepamos si cambiar de asiento, usar la misma camiseta o escuchar siempre la misma canción modifica realmente el resultado de un partido. Lo que sí sabemos es que esos pequeños rituales dicen mucho sobre nosotros y que no son solamente individuales, se pueden transmitir de generación en generación, forman parte de la vida en general y del folclore del futbol en particular. Compartir cábalas y rituales nos permite sentirnos parte de una comunidad más grande.
Nos recuerdan que el ser humano no solo necesita comprender el mundo: también necesita sentir que, aun frente al azar, conserva un pequeño margen de control. Y, mientras exista incertidumbre, probablemente seguirán existiendo las cábalas.
Las cábalas no cambian la realidad; cambian la manera en que nuestro cerebro enfrenta la incertidumbre.
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